(A propósito de Calle Este-Oeste, de Philips Sandy, Barcelona, Anagrama, 2022, 7a. Edic.)

El título original de esta obra es East West Street, que se respeta en la portada de la edición en castellano. Sin embargo, en el paratexto interno nos encontramos con un subtítulo claramente descriptivo: Sobre los orígenes de “genocidio” y “crímenes contra la humanidad”.
¿A qué viene esta necesidad de los editores de añadirlo? ¿Será para avisar al lector de que se halla ante un ensayo? ¿O tal vez un libro sobre historia del Derecho Internacional? Sin embargo, el libro se publica en una colección que se llama “Panorama de narrativas”. Pero el autor, Philips Sands, es profesor de Derecho Internacional y abogado…
En realidad, todas estas alternativas o vaivenes están señalando la excepcionalidad de una obra de difícil catalogación, de gran calidad literaria pero también, añadiría, de un valor casi historiográfico, no solo por la información concreta que aporta, sino también por la capacidad de contextualización que demuestra su autor.
Vayamos por partes.
Estamos pisando un terreno que resulta ya habitual desde que la posmodernidad fue imponiendo la hibridación de los géneros, llegando en muchos casos a romper límites intelectuales y académicos.
Philippe Sands no es ni historiador, ni novelista, ni periodista. Es un profesor de Derecho Internacional, como ya hemos dicho, y abogado en activo en casos de justicia internacional en tribunales como el de Justicia de la Unión Europea o el Internacional de La Haya.
Pero es también alguien próximo a la literatura a través de su amistad y colaboración con Emmanuelle Carrère, quizá uno de los autores actuales que mejor transita por una narrativa entre la realidad y la ficción. Sands ha asesorado en ocasiones a Carrère en aquellos textos que necesitaban de sus conocimientos jurídicos.
En ese cruce de culturas y saberes se sitúa Calle Este-Oeste, un relato de no ficción que, planteado desde la necesidad o el interés de reconstruir una trayectoria familiar directamente relacionada con el autor, deriva en la reconstrucción de una época histórica sumamente trágica como es la de la posguerra europea.
El núcleo desde el que parten y hacia el que van confluyendo las diversas tramas es Lvov, esa ciudad ucraniana que, como otras de su proximidad, hubo de pasar por los vaivenes políticos y administrativos a que fue sometida la frontera oriental de Europa tras la I Guerra Mundial.
Deshecho el imperio austro-húngaro, por aquel territorio de complejo cruce cultural, étnico y religioso, pasaron los reajustes nacionalistas derivados de la doctrina Wilson, los efímeros sueños democráticos y la terrible realidad del despliegue de sendos totalitarismos como el nazismo y el estalinismo.

Añadamos a ello la condición judía de los protagonistas y obtendremos los principales vectores históricos de esta narración.
Son cuatro los protagonistas fundamentales: el abuelo del autor, León Buchholz; Hersch Lauterpacht, catedrático de Derecho Internacional y acuñador del término “crímenes contra la humanidad”; Rafael Lemkin, también jurista y formulador del delito de “genocidio”; y Hans Frank, gobernador de la Galitzia oriental durante la ocupación nazi de ese territorio, responsable, por tanto, de los crímenes perpetrados contra judíos y otras minorías, así como uno de los asesores jurídicos más notables del Estado nazi.
El libro supone una reconstrucción de vidas, pero también, como hemos dicho, un recorrido impagable por el momento histórico de las décadas de los 30 y 40 del siglo XX. Finalizada la II Guerra Mundial, los juicios de Nuremberg, con todas sus limitaciones, fueron un intento de respuesta “civilizada” y legal a las innumerables atrocidades perpetradas por los nazis.
Para ello, la aportación de Lauterpacht y de Lemkin fue decisiva y demostrativa de la necesidad de reacción de los individuos (y de los pueblos, en el caso del genocidio) frente a la omnipotencia de unos Estados que, sobre todo desde la I Guerra Mundial, se convirtieron cada vez más en unos entes con capacidad creciente de disposición sobre la sociedad y la vida de los individuos.
La posibilidad de introducir a la persona como sujeto portador de derechos en el concierto internacional desplazó de manera revolucionaria a la tradicional presencia de los Estados como únicos elementos actuantes en el Derecho Internacional. Todo un cambio todavía pendiente de articularse de manera práctica y efectiva en una auténtica Justicia Internacional.
Sin embargo, desde Nuremberg, algunos pasos se han dado. El propio Philippe Sands podría dar cuenta de ello en su trayectoria profesional.

La trama del libro va combinando alternativa y diacrónicamente la trayectoria de los protagonistas jugando, entre otras situaciones, con la coincidencia de su idéntico origen geográfico: la ciudad de Lvov.
El relato se despliega ante el lector de una manera amena, casi intrigante, y avanza a medida que las preguntas del autor-jurista -historiador obtienen una respuesta adecuada en función de las fuentes disponibles o de los testimonios conseguidos. Sands es tenaz, persistente y riguroso.
Su método, de una capacidad lógica y deductiva extraordinaria, se beneficia de su indudable cultura, de las múltiples relaciones que se derivan de su profesión y del cosmopolitismo inherente a su condición y origen familiar.
Formalmente, el libro no se diferencia gran cosa de un libro de historia: fuentes, notas a pie de página por capítulos o un índice analítico. Pero se resuelve en el cuerpo del texto en forma de un apasionante relato, bien escrito y articulado.
Philippe Sands, además, despliega dos estrategias que contribuyen a tejer complicidades con el lector. Una de ellas, su implicación directa en el relato. El autor no es un observador neutro ni externo al relato: su motivación, sus intereses, sus dudas y sus tropiezos forman parte de la trama. La otra, derivada de la anterior, es la explicación del método y modo de trabajo, una vez más no en forma de apéndice metodológico, sino imbricado en el relato mismo.
Estas estrategias han resultado tradicionalmente muy incómodas para los historiadores. Sin embargo, es cierto que de forma creciente se incorporan a su oficio, posibilitando de esa manera unos relatos historiográficos más cuidados. La distancia siempre es una cuestión relativa que en sí misma no asegura ningún resultado.
Carmen García Monerris
València, febrero de 2023