Memoria e identidad en Almudena Grandes

(A propósito de El corazón helado, Tusquets, 2007)

Almudena Grandes, (Madrid, 1960-2020)

No he sido una lectora habitual de Almudena Grandes. Sin embargo, la sentía como una persona muy próxima.

Ningún lunes dejaba de leer su columna en la contraportada de El País, aquella que sustituía a la de Vázquez Montalván. Para mí, era como un aldabonazo de sentido común crítico, una satisfacción por comprobar que la realidad podía también ser otra, distinta de aquella que nos imponen, y, sobre todo, que había alguien que la miraba desde un ángulo reconocible. Era como si cada lunes Almudena Grandes me librara del peligro del relativismo y del cansancio desencantado de los años.

Y los domingos buscaba siempre con expectación en el PS su página y la de Rosa Montero, está última, afortunadamente, todavía activa. Más que sus narraciones cortas (formato con el que la propia Almudena Grandes confesaba no sentirse muy cómoda), aquello que más me gustaba de sus colaboraciones periódicas eran las que hacían referencia a algún aspecto de su cotidianidad: las vacaciones en el mar de Cádiz, las reuniones con amigos ante una mesa, las ensoñaciones sosegadas de las densas tardes de verano, los ritos, en fin, de una vida tan lejana y tan próxima a la vez, tan distinta y tan igual.

Ella era normal, tan normal que resultaba excepcional. La capacidad de evocación de sus escritos creaba una atmósfera reconocible, tierna a veces, trágica otras.Tan potente era su capacidad narrativa que la fluidez se confundía con la facilidad. Pero sus novelas eran trabajadas, cuidadas, informadas, manejando muy bien los límites entre la veracidad, la ficción y lo histórico.

Hablo fundamentalmente de sus famosos Episodios de una guerra interminable, un proyecto en seis volúmenes que se proponía, desde una finalidad cívico-cultural, dar cuenta de manera novelada de acontecimientos claves de la Guerra Civil, el franquismo y la represión que acompañó al régimen.

Inés y la alegría, El lector de Julio Verne, Las tres bodas de Manolita, Los pacientes del doctor García, La madre de Frankestein.

El volumen póstumo, Mariano en el Bidasoa, completará esta serie.

La búsqueda de identidad -individual y colectiva- a través de la memoria ha sido su gran tema transversal. De ahí la importancia de la historia, de aquello que ocurrió , de nuestro pasado, de lo vivido por nosotros o por nuestros antepasados, de los recuerdos y, por supuesto de la Historia como disciplina.

En un tic que denotaba su formación como historiadora, pero también su respeto por los hechos o procesos históricos, sus libros siempre acababan con lo que para los historiadores, pero no para los novelistas, es inexcusable: las fuentes y la bibliografía. La Historia (bastante más que nuestra memoria) como conocimiento crítico y la novela (distinta del relato histórico) como gran instrumento cultural e informal para una ciudadanía crítica y democrática.

El anhelo y la influencia galdosiana de este proyecto resulta así evidente. Pero el tiempo de Galdos no es el de Almudena Grandes; tampoco, por tanto, el contexto que da sentido a sus obras.

Los Episodios nacionales del gran novelista decimonónico eran una contribución a la nacionalización, a la identificación de la ciudadanía con la historia común de ese nuevo sujeto construido que era la Nación. Era también una forma de saldar cuentas con la Revolución que había hecho emerger esa misma Nación.

En el caso de Grandes, es la denominada Transición la que resulta interrogada y cuestionada. La gran crítica que la autora madrileña lanza al proyecto armado tras la muerte del dictador Franco es la de haber supuesto la implantación de un régimen sin “suelo”.

Se trata de un periodo con finalidad democratizadora, pero que en su afán liquidacionista del pasado se olvidó de asentarse en la memoria y el reconocimiento de sus ancestros (la II República). Se instaló un régimen que prefirió no desenterrar el horror de una represión postbélica en aras de una malentendida “reconciliación nacional”.

Se podrá estar de acuerdo o no con ese punto de partida. Pero nadie puede negar la legitimidad de tal postura y, sobre todo, la coherencia (personal y profesional) que la autora ha mantenido respecto a tal premisa.

Es evidente que la Transición se construyó sobre un gran pacto que dejó incólume lo fundamental de los aparatos de estado. El silencio que, como una losa, se impuso en la sociedad española tras la guerra civil y la subsiguiente represión era la manifestación evidente de un miedo que en ocasiones taponó hasta la memoria y, sobre todo, impidió la transmisión del relato de lo vivido.

Y ese silencio quiso prolongarse como supuesta solución pragmática para una salida pacífica de la Dictadura. La paz, igual que ocurriese antes, se pagó con la impunidad y la libertad llegó sin que se atisbara un proceso de clarificación y de recuperación de la dignidad de las víctimas.

Sobre ese vacío y esa ausencia se construye el proyecto novelístico de Almudena Grandes. Su proyección cívica es indudable. El éxito y difusión de sus obras son una muestra de la necesidad y de la aceptación del mismo.

Es evidente que la Dictadura franquista y, sobre todo, su prolongación a contracorriente en una Europa que se reconstruía sobre las ruinas y la derrota del fascismo, ha sido determinante en nuestro devenir colectivo. También en nuestra manera de entender nuestro pasado. Acabó por imponerse un modelo interpretativo de excepcionalidad de la historia de España (incluido un siglo XIX guerracivilista), así como, por contraposición, un modelo de éxito de la denominada Transición.

Prácticamente desde los años 90, la historiografía más seria y comprometida ha contribuido (y sigue haciéndolo) al conocimiento crítico de la experiencia republicana, del franquismo y de la guerra civil. La historia enseñada, aquella que se comunica y se aprende en las escuelas, dispone desde hace tiempo de un cúmulo de obras suficientes para estos periodos. Si los alumnos y alumnas ( la propia opinión pública) no saben nada del franquismo y de sus consecuencias, no es porque no hayan instrumentos y medios de conocimiento, sino porque desconocen la historia en general.

Es cierto que lo que ha ido en retraso y de manera titubeante ha sido un proyecto político, público y colectivo, de recuperación de la memoria histórica democrática. Ni siquiera la mayor fortaleza y decisión actual está libre de amenazas ante la falta de un consenso básico y de un apoyo por parte de la derecha, de difícil consecución en nuestro caso, a diferencia de parte de la derecha europea.

De la misma manera, el relato impuesto de una excepcionalidad de nuestra historia (como reverso de una peculiar y diferenciadora españolidad) ha ido dejando paso a la percepción de una mayor sincronización de los procesos y tiempo históricos peninsulares con los del resto de la Europa occidental.

No hemos sido -no somos- muy diferentes de nuestros vecinos europeos. Ni siquiera la conflictividad de la II República o el golpe de Estado de 1936 fue algo que no tuviera sus ejemplos también en muchos países en los turbulentos años 30. Lo que sí fue excepcional y trágicamente determinante fue la larga permanencia de la dictadura.

Tal vez lo criticable en Almudena Grandes no fuera su postura hacia la Transición ni, por supuesto, su empeño en una memoria recobrada como inexcusable par la construcción de la identidad cívica democrática. Lo que resulta un tanto anacrónico es la insistencia en una supuesta excepcionalidad de la “historia patria”, acompañada casi siempre de un determinismo trágico, violento y cainita.

El corazón helado, de 2007 (título de influencia machadiana), es un excelente libro para calibrar las características de la novelística de Almudena Grandes. Supone una especie de parteaguas entre dos épocas de la autora y contiene en síntesis el magno proyecto de lo que luego serán los Episodios de una guerra interminable.

La acción de la novela se sitúa en los comienzos de la Transición y principios de los años 2000. Sus protagonistas, sin embargo, dos familias de diferentes ideologías y de experiencias diversas, nos retrotraen a los decisivos momentos de la guerra civil, del exilio republicano y de los años del franquismo.

Como dice la propia autora, “El corazón helado es una novela en el sentido más clásico del término. Es, de principio a fin, una obra de ficción, y sin embargo no quiero ni puedo advertir a sus lectores que cualquier semejanza de su argumento o de sus personajes con la realidad sea una mera coincidencia. Lo que ocurre es más bien lo contrario. Los episodios más novelescos, más dramáticos e inverosímiles de cuantos ha narrado aquí, están inspirados en hechos reales” (p. 924).

Es una declaración explícita de la fidelidad al maridaje entre ficción e historia. Prácticamente todos los personajes son portadores de una suerte de destino trágico al que subordinarán sus vidas. Las dos ramas familiares que estructuran la novela pueden resumirse en los dos protagonistas principales: Álvaro, por parte de la familia franquista; y Raquel, nieta y biznieta de republicanos y comunistas.

La narración en tercera persona sólo da paso a la más introspectiva y subjetiva en primera persona cuando habla Álvaro. Él es el individuo que en sí mismo contiene los defectos, pero también las esperanzas, de la sociedad que despierta un tanto perpleja a una libertad que se siente todavía amenazada.

Álvaro es un personaje relativamente complejo. Es una persona a la que se le ha ocultado su ascendencia y, por tanto,sus orígenes. Se le ha negado el “suelo” que Almudena Grandes notaba a faltar también en la Transición.

Su trayectoria en la novela supondrá una búsqueda y una reconstrucción de su identidad a través de la memoria, de la indagación en otras narraciones y de desvelos de aquello que el silencio (intencionado en su familia) ha supuesto. El punto de encuentro que reconstruirá la identidad perdida será la abuela Teresa, borrada del árbol genealógico familiar por su pasado republicano y socialista.

Mujeres extremeñas rapadas por ser familiares de republicanos

El personaje de Raquel, desde mi punto de vista es más endeble. Ella sí que tiene memoria, sí que es conocedora de sus ascendentes familiares, de sus valores y de su historia. De padres y abuelos exiliados o nacidos en Francia, será la depositaria de la gran tradición regeneracionista, ilustrada y republicana que resultó vencida y humillada tras la guerra civil.

De manera un tanto accidental, pero con gran decisión, llevará a cabo un plan que suponga la restitución del patrimonio hurtado a sus bisabuelos por parte de Julio Otero, padre de Álvaro.

La coincidencia de los dos protagonistas principales, más allá de sus vicisitudes personales, facilitará en el caso de Álvaro el reencuentro necesario con el pasado poco honroso de su familia, pero también el descubrimiento, a través de la abuela Teresa, de una ascendencia común a la de la familia de Raquel.

Es ese punto de origen el que necesitaba ser desvelado. Es el reconocimiento de la realidad depredadora y represora de la dictadura aquello que permitirá la reconstrucción de una identidad personal y colectiva. En la honra y descubrimiento de todas las víctimas y de sus historias olvidadas se dirime, en última instancia, nuestra propia identidad como ciudadanía democrática. Nada puede construirse sin suelo.

A minore ad maius.

Durante un tiempo, aquel que dedicamos a su lectura y al comentario de su libro, en nuestro Club de Lectura en la librería Gaia, Almudena Grandes estuvo en nuestro recuerdo y en nuestro agradecimiento.

In memoriam

Carmen García Monerris

València, enero de 2022

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