(A propósito de Un día llegaré a Sagres, Barcelona, Alfaguara, 2021)

Creo, efectivamente, que con este último libro, Nélida Piñon realizó también su último viaje. Un viaje físico, emotivo, intelectual, ansioso y de final complejo, con tantos claroscuros como la propia vida.
Ha sido un acierto acabar nuestro recorrido por la literatura en lengua portuguesa con una autora cuya trayectoria ha tenido el indudable mérito de unir culturas y pueblos de ambos lados del Atlántico. De ascendencia gallega, ha sido reconocida como una de las mejores voces de la literatura brasileña contemporánea. A ello unió siempre su constante preocupación por aunar, contactar,entrelazar, dialogar, en fin, con los principales escritores y escritoras latinoamericano con la mayoría de los cuales estableció una gran amistad.
Una amistad perseguida y mantenida también a través de sus empeños y éxitos editoriales en la Península, cerrando un círculo geográfico, genealógico y cultural entre la lengua gallega y la portuguesa, entre la portuguesa y la castellana y entre estas dos últimas con los territorio de ultramar,
Tal vez fuera la atracción de la atalaya que simboliza el cabo de San Vicente, ese promontorio que se adentra en el mar como el vértice de una quilla, aquello que empujó a Nélida Piñon hacia esta última aventura trascendente.

A fin de cuentas, también Enrique El Navegante, desde Sagres, quiso trascender la territorialidad de Portugal imaginando mundos lejanos y míticos. Con sus empresas, cantadas después por Camôes en Os Lusíadas, la nacíón encontró un relato, se imaginó y se construyó. Camôes, el poeta cuya inmortalidad “coronaría a la lengua” y al propio Infante, según ese viajero impetuoso que es Mateus, el trasunto y la voz de la autora en todo el relato.

Nélida era hija de emigrantes, procedentes de la aldea gallega de Borela. Ella nació ya en Brasil (1937), pero pudo visitar por primera vez la tierra natal de sus ascendientes a la edad de diez años. Galicia, “la mujer de la otra orilla” del río Miño, se encuentra también muy próxima al lugar de nacimiento de ese hijo bastardo, nieto del campesino Vicente, que es Mateus. De Galicia era también originaria la familia del gran poeta Camôes.
Los orígenes de todos ellos, igual que la propia historia del país, están en el Norte. Desde allí, espoleado por una imaginación histórico-literaria alentada y alimentada por el maestro de la aldea, Vasco de Gama (ese es también el narrador principal de Os Lusiadas), querrá iniciar Mateus un viaje que le lleve hasta Sagres.
“En las clases”, confesará el protagonista, “ aprendí que,si unía las palabras,formaban una sucesiva de pensamientos que encontraba eco en la lengua lusa” (p. 285). La lengua daba forma a sus sueños y los sueños le impulsaban a viajar hasta Sagres.
Es como si toda la vida de la autora, como si toda la pulsión vital del protagonista, como si toda la historia y la territorialidad del propio país…, como si todo confluyera en ese montículo sagrado que es Sagres y, desde allí, prolongar la propia existencia más allá del Atlántico.
A fin de cuentas, la vida de Nélida Piñón ha sido esa admirable fusión de culturas abanderada por la lengua portuguesa. Portugal tampoco se entiende sin la prolongación de sus colonias. La dinámica internacional en el concierto de las naciones marcó el ritmo de su propia historia interna. Y Mateus, el narrador-protagonista de la novela, siente una extraña necesidad de personificar en esa trayectoria suya hacia Sagres las vicisitudes de la propia historia del país.
Lo personal se confunde con lo histórico; lo histórico se hace expresión a través de la cultura, de una lengua que, a través de un poema, el de Os Lusiadas, recrea y crea a la vez las gestas de un pueblo, de
“Las armas, los varones señalados que, de la occidental y lusitana playa, por mares no surcados, pasaron más allá de Trapobana -en peligros y guerras esforzados más de lo que promete la fuerza humana- y entre gente remota edificaron nuevo reino que tanto sublimaron”.

Pero esta novela es mucho más que las vicisitudes de un pobre hombre recorriendo el país hacia Sagres y después viajando por el mundo. Es mucho más que la metáfora de la historia de una cultura y un país. Es una suerte de viaje iniciático, transformador, con unos objetivos que, como en cualquier experiencia humana, no tienen por qué cumplirse en su totalidad.
La frustración, el desengaño, la miseria, la mediocridad… forman parte de los claroscuros de una vida y, por tanto, son la vida misma junto al goce, el placer, la honradez o el cariño. De todo eso Mateu va acumulando experiencias a lo largo de su recorrido.
Al final, Sagres será eso: el sueño a cumplir y el impulso hacia lo infinito. Pero será también el desengaño, la frustración, la mediocridad, la falta de entendimiento. Será como una vida que no puede ver cumplidos todos los sueños, pero que sin ellos no sería vivida.
El descubrimiento de las miserias de la vida es también el descubrimiento de esas otras historias no tan épicas ni dignas que el relato oficial ocultó bajo los oropeles de las gestas heroicas. Como se ve obligado a confesar Mateus, el recuerdo del Infante Enrique descubre también al personaje ambicioso “que lo llevó a ser comerciante de esclavos negros” (p. 282).
Sin embargo, a pesar de todo o precisamente con todo, había que concluir que el cabo Bojador, ese mítico punto de la costa africana, oscura recreación del fin del mundo conocido, había sido superado “y habíamos llegado a la otra parte del mundo”.
El objetivo había sido superado, aunque el tiempo y las experiencias demostraran los claroscuros de la historia y de la propia vida.
El libro deja un regusto poético intenso. Vale la pena hundirse en esa ensoñación de Mateus a través de la que recreamos las grandezas y las contradicciones de una cultura armada gloriosamente (ahora sí) por la lengua de Camôes.
Carmen García Monerris
Benifato, agosto de 2024
PD: Un día llegaré a Sagres fue publicado en castellano en el año 2021. En el 2022 falleció Nélida Piñon.