Mía Couto: las historias que atrapan el pasado

 

Sólo he leído dos novelas de este autor mozambiqueño: Tierra sonámbula y El mapeador de ausencias, su primera y última obra, respectivamente.Tengo poco que decir de él, pero confieso que he quedado prendada de su forma de narrar, de su contenido y de su concepción de la literatura.

​Desconocía a Couto, de la misma manera que desconozco casi la totalidad de la literatura que se produce en el continente africano, sea en la lengua que sea. Resultado de un eurocentrismo tan reduccionista como estéril y de muy difícil corrección.

​El ciclo dedicado a la literatura en lengua portuguesa ha brindado la posibilidad de una aproximación a este autor, uno de los mejores representantes de los esfuerzos por construir una cultura de hibridación entre las tradiciones indígenas y la lengua del colonizador, en este caso Portugal. Tal vez sean estos esfuerzos y sus resultados lo poco que quepa agradecer a un colonialismo tan extenso como depredador.

Mia Couto (Beira, 1955), es hijo de padres portugueses, intelectuales y comunistas exiliados por Salazar y establecidos en la colonia de Mozambique, desde donde siguieron colaborando con los grupos partidarios de la independencia. Su hijo, Antonio Emilio Leite Couto (Mia Couto) siguió la tradición de sus padres y, antes de cumplir los 18 años, se afilió al Frente de Liberación de Mozambique. Ejerció como periodista y actualmente trabaja como biólogo en la gestión y defensa de los inmensos recursos naturales de la excolonia.

Mía Couto en su época de colaboración con el FNLM

​Mía Couto no es un blanco que, por su condición y nacimiento, tienda a mirar con cierto extrañamiento lo que acontece a su alrededor. Es un blanco mozambiqueño que interioriza y asimila como propio lo que, en definitiva, le es propio por haberlo vivido. Vivió desde dentro, en efecto, los muchos años (unos veinte) de lucha por la independencia, sólo conseguida (1975) cuando la metrópoli se independizó a sí misma del oscuro y dictatorial régimen del salazarismo con la Revolución de los Claveles. Vivió también los terribles años (otros veinte) de guerra civil que asoló todavía más a la maltrecha excolonia… 

No debe extrañarnos, pues, que la guerra esté obsesivamente presente, de manera explícita e implícita, en todas sus novelas. A fin de cuentas, el nuevo país, exactamente igual que parece reconstruirse después decada uno de sus frecuentes ciclones, también debe volverse a pensar desde las fracturas y heridas de una guerra sostenida a lo largo de décadas.

Más allá de la temática de fondo, la gran aportación de Couto estriba en haber elevado a la categoría literaria uno de los fenómenos lingüísticos más peculiares de la zona. En un territorio con infinidad de lenguas indígenas y, por tanto, con dificultades grandes de comunicación, la lengua del colonizador, el portugués, acabó por convertirse en una suerte de koine que posibilitó una difusión más transversal de la cultura. Se trata, con todo, de un portugués mucho más peculiar que pudiera llegar a ser el brasileño, totalmente trufado de expresiones y construcciones procedentes de las diversas hablas indígenas.

Ese es el portugués de Couto, el que nos aparece de forma rotunda en Tierra sonámbula y en otras obras; una lengua híbrida, mestiza, utilizada en esta novela por los dos protagonistas, un viejo y un niño milagrosamente salvado de una ejecución, que deambulan por un territorio devastado por la guerra. Parecen sonámbulos, como sonámbula es la tierra y el paisaje que los rodea, en un cíclico, repetitivo y casi onírico estado entre el sueño y la vigilia. 

Los contornos entre realidad y ficción son confusos; como confusos son en la propia tradición indígenas los contornos entre los hombres y la naturaleza. Hay un fundido en gris entre estas dos realidades, ajenas por completo a la construcción racional ilustrada de contraposición entre las dos. Frente al dinamismo social, aquí es la naturaleza la que constantemente está cambiando, mientras los protagonistas parecen dar vueltas en un mismo círculo cuyo sentido acaba siendo el de una guerra constante y omnipresente.

¿Cómo olvidar la guerra y sus heridas, cuando la identidad contemporánea del territorio ha sido construida con la violencia desde siglos? La reconciliación, ese gran objetivo en todo país devastado por la brutalidad, el dominio, la represión y cualquier forma dictatorial, no puede lograrse a partir del silencio o del olvido. Tampoco de la venganza. El pasado puede y debe recuperarse, elaborarse, hacerse presente, en suma, de la misma manera que los indígenas establecen la relación entre ellos y de ellos con la naturaleza: a través de los relatos, de las historias. El mito siempre une, cohesiona, explica; la novela, a fin de cuentas, es un gran mito.

La literatura tiene esa gran función en el caso de Couto: hacer presente un pasado que, de la manera más amable y menos justiciera posible, ayude a los procesos de recuperación de la identidad y de la reconciliación. El de la búsqueda de los orígenes y de la identidad es el contenido, precisamente, de El mapeador de ausencias, un título poético y evocador.

Cuando los personajes de esta última novela emprenden la búsqueda insistente de unos orígenes familiares, a través de la reconstrucción y superposición de varios relatos y de varias voces, están en el fondo intentando completar con recuerdos esos vacíos enormes de las ausencias con las que se han visto obligados a construir sus vidas. “Mapear”, o poner en el mapa, es descubrir, colocar sobre un plano algún accidente o relieve concreto, en este caso de una vida. “Mapear las ausencias” es colocarlas a fin de cuentas en ese plano para, como mínimo, darles visibilidad y racionalizarlas.

La obra de Couto está toda ella atravesada por una sensibilidad especial, nada sentenciosa ni justiciera y sí muy próxima a esa hibridación o mestizaje que defiende y que queda visibilizado en su peculiar portugués y en la constante superposición de relatos y de voces. Todo un descubrimiento.

 Carmen García Monerris

València, abril de 2024

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