Saramago: el Nobel triste

(A propósito de Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago. Barcelona, Debolsillo, 2023)

La 1ª edición de esta novela fue de 1995

José Saramago, pseudónimo de José de Sousa (1922-2010), siempre me ha parecido un hombre triste, un portugués triste, un escritor triste y un Nobel triste.

No pongo en duda su altura literaria, ni me puedo arrogar la pretensión desmedida de su crítica. Pero, a fin de cuentas, la ficción autoriza a una interpretación y a un sentir tan propios e intransferibles como es el propio acto de la lectura. Y en este sentido, digo que Saramago siempre ha dejado en mí un halo de tristeza, mezclada con cierta impotencia.

Entendámonos: la lucidez y la penetración crítica de Saramago es indudable. Es difícil no mostrarse de acuerdo con su cruel y certero diagnóstico de la presente sociedad y del sistema económico que, más que sustentarla, la depreda y la corroe.

Pero, al lado de esta virtud (asociada en su caso a una coherencia ideológica a prueba de cambios), los simples humanos necesitamos ciertos aliviaderos por los que respirar y poder, de esta manera, vislumbrar siquiera sean pequeñas opciones de mejora.

La crítica total (o así pretendida) suele exigir soluciones o utopías también totales y, por su propia naturaleza, totalizadoras. Y resulta que esas soluciones, por su envergadura, son paralizantes. El resultado, en efecto, es el ensimismamiento en el diagnóstico, siempre acerado, siempre punzante, siempre lúcido, pero convertido en una forma en sí misma de estar y ser en el mundo. Una forma, incluso, de poder…

Al igual que Miguel Torga, Saramago procedía también de una modesta familia campesina, en este caso del centro de Portugal, concretamente de Azinhaga. Pero, a diferencia de la del primero, la de Saramago abandonó pronto su lugar de origen para trasladarse a la vecina Lisboa.

Su padre había participado en la I Guerra Mundial, lo que facilitó su posterior trabajo en la capital como policía de seguridad pública, en 1924. Aunque, con apuros, el pequeño José empezó a recibir su formación, aunque tuvo que abandonar el Liceo para inscribirse en la Escuela Industrial de Maestría, en la que consiguió el título de cerrajero a los 17 años.

Carnet de las Juventudes Salazaristas de Saramago. Fundación José Saramago

Era el destino para la mayoría de hijos de las clases populares; como lo era también, para la juventud portuguesa de los años 30-40 del siglo XX, su encuadramiento forzoso en las Mocedades salazaristas, una especie de Frente de Juventudes, típico de cualquier régimen fascista o totalitario.

Saramago fue un autodidacta redimido por la lectura. El Liceo y otras instituciones académicas y profesionales le permitieron el contacto con los libros que faltaron en una casa familiar en la que todos, excepto el padre, eran analfabetos. Sin embargo, además de las narraciones orales, la Biblia fue un libro al que recurrió con frecuencia. Su influencia en el posterior escritor sería muy grande.

A los 22 años se casó con la pintora y mecanógrafa Ilda Reís, con la que tuvo su única hija, Violante. Publicó algunos poemarios y una primera novela, Terra do pecado, en 1947. Pero decidió suspender su actividad como narrador porque, a su parecer, “no tenía nada que decir”. Tardó varias décadas en volver a escribir…

Ilda, Violante y José Saramago. Fundación José Saramago

Mientras tanto, desarrolló su activismo político y su compromiso social, ineludible para una correcta comprensión de su obra posterior. En 1969 ingresó en el Partido Comunista Portugués (PCP), uno de los más rígidos, ortodoxos y estalinistas de la tradición comunista occidental.

No deja de ser significativo que su ingreso se produjera un año después del levantamiento de Praga, Justo cuando otros más críticos abandonaron esta filiación política por desacuerdo con la Unión Soviética.

Durante toda su vida, Saramago se mantuvo fiel al ideario que defendió desde sus años jóvenes. Tal vez por eso, a lo largo de toda su obra podemos observar, no sólo el mantenimiento de un trasfondo de crítica social y política, sino un cierto mesianismo, una cierta utopía civilizadora, un irreductible pensamiento anti burgués y anticapitalista, muy propio de la ideología comunista.

Saramago en un mitin de los años 70. Fundación José Saramago

Se trata de un mesianismo político que, paradójicamente, encuadra muy bien con sus frecuentes alusiones a la Biblia, a muchos de sus personajes y episodios. Dedicó un libro a la figura humana de Jesucristo, El evangelio según Jesucristo (1991). Pero la “contaminación” bíblica y casi mística es muy frecuente en sus novelas.

Sin ir más lejos, la mujer no ciega del médico, protagonista de Ensayo sobre la ceguera, se convierte en una Judit que mata a Olofernes, el ciego cabecilla de los malvados, insertándole unas tijeras en el cuello: “…ojalá alguna de vosotras pudiera ver lo que nosotros no vemos, llevarnos por el camino seguro, guiar la punta de nuestros hierros contra la garganta de los malvados con tanta seguridad como hizo aquélla” (p. 236).

En otro episodio de la misma novela, un ágape improvisado de los ciegos en una casa refugio en la que se ocultan parece reproducir la última cena de Jesús: “Al fin , dijo, Bebamos. Las manos ciegas buscaron y encontraron los vasos, los alzaron temblando, Bebamos, repitió la mujer del médico” (p. 318).

No son sólo las palabras: en Saramago es mucho más importante el ambiente que consigue recrear con esas palabras; una atmósfera, a veces maravillosa, a veces sobrecogedora y casi irreal como la de aquella iglesia en la que está expuesta casi toda la iconografía cristiana, pero con los ojos tapados, ciegos todos los santos y vírgenes (pp. 363 y sgs.).

Después de un viaje a París, en 1970, Saramago se divorció de su mujer y trabajó en el Diario de Lisboa. Publicaba poemas y hacía traducciones, hasta que la Revolución de los Claveles,en abril de 1974, acabó con el salazarismo y el régimen colonial portugués. Fue nombrado director adjunto del Diario de Noticias, pero el cargo le duró muy poco.

Militó en la MUTI o “Movimiento unitario de los trabajadores intelectuales para la defensa de la Revolución”. Su escepticismo fue en aumento. Siempre fue muy crítico respecto a la misma, algo coherente en su caso teniendo en cuenta que su valoración se hacía desde la famosa crítica a la revolución burguesa y desde un comunismo nada permeable a la tan denostada democracia liberal.

Sólo en 1977, con Manual de pintura y caligrafía, una obra muy autobiográfica, Saramago vuelve a la narrativa. Junto a António Lobo Antunes, se convertirá en la segunda gran voz de la literatura portuguesa en libertad. Pero en 1991, después de las críticas que recibiría su novela El evangelio según Jesucristo, decidió “exiliarse” a Lanzarote. Unos años antes se había casado con la periodista española Pilar del Río.

El éxito de Saramago a partir de la década de los 80 fue arrollador, especialmente en España. En 1995 recibió el Premio Camôes y en el 98 el Nobel de Literatura.

Saramago recibiendo el Nobel de Literatura

Es indudable que en su enorme producción (https://www.josesaramago.org/es/) Saramago ha sido capaz a de crear todo un universo propio, original, de un profundo sentido humanista, tolerante y atravesado siempre por una crítica a una sociedad a la que consideró acomodaticia, deshumanizada, consumista, adocenada, injusta y falsamente democrática. Tal vez este último aspecto fue el que le permitió arrastrar durante mucho tiempo su condición de “exiliado” de un país cuya revolución no alcanzó las cotas de utopía por él ansiadas.

Su lectura es fácil, con una prosa de musicalidad casi oral y con unas cadencias torrenciales, pero didácticas, tan propias de los sermones barrocos y de sus formas discursivas sistematizadas desde Trento. La influencia en él del jesuita António Vieira, uno de los fijadores de la lengua portuguesa en el siglo XVII, es notable, como lo es en otros muchos escritores del mismo país.

A través de la alegoría (omnipresente en él), del recurso a la Historia y a lo popular-religioso, a lo fantástico, Saramago se ha convertido en un exponente máximo de lo que él mismo denominó “el real sobrenatural” y que el crítico Joâo de Melo llama “etno-fantástico”; una versión continental del “realismo mágico” latinoamericano.

De la gran cantidad de voces en libertad que propició la Revolución de 1974, la de Saramago, por desgracia, no está ya activa. Sí que lo está la del otro gran novelista, Lobo Antunes: vale la pena su comparativa desde dos vivencias y experiencias tan distintas, pero tan enriquecedoras ambas.

Carmen García Monerris

València, febrero de 2024

Deja un comentario