Trauma, identidad y culpa: el último Lobo Antunes (II)

(A propósito de Hasta que las piedras se vuelvan más ligeras que el agua, de António Lobo Antunes. Barcelona, Randon House, 2023)

“Hay más difuntos debajo de nosotros que granos de arena en la playa y en cuanto al alma qué es eso, ni las piedras más ligeras que el agua seguirán aquí, se desharán con el resto del cuerpo “ (p. 380)

António Lobo Antunes, Lisboa, 1942

Piedras, piedras, piedras… Piedras en los riñones, piedras que silenciosamente circulan por los conductos internos del cuerpo, piedras que no se disuelven, pesadas piedras que duelen como púas arrancando las entrañas, piedras que enferman el cuerpo como la culpa enferma el alma.

Las escenas inquietantes de la matanza de un cerdo, el animal resistiéndose y finalmente degollado, la sangre goteando en el lebrillo, el animal colgado por las patas, presto a ser desollado, un cuchillo matancero…, trazos de un rito tradicional en un pueblo lejano donde una parienta custodia las tumbas de los antepasados. La memoria generacional y la identidad colectiva, el origen.

Personajes con nombre, pero que no se nombran.; no hace falta. Sólo voces, voces que se suceden, se alternan, se interpelan…construyen un tapiz en el que se desarrolla la culpa, el problema de la identidad, y la expiación. Una guerra, las atrocidades cometidas en permanente rememoración ante la incredulidad e impotencia del mismo psiquiatra, el cáncer convertido en piedra avanzando por todo el organismo, disolviendo el cuerpo como la culpa disuelve el alma.

Un soldado en la guerra colonial de Angola, vive totalmente traumatizado por la experiencia, al tiempo que en permanente temor ( y en pleno y necesario convencimiento) de que su hijo, un niño negro que salvó in extremis de las brutalidades por él mismo perpetradas, acabará matándolo aprovechando la matanza del cerdo.

En la guerra, los brazos de los negros se amputaban y las orejas se cortaban, poniéndolas en un tarro con formol, a manera de trofeo. ¿No podía ser un niño un trofeo? Ciertamente. Pero también el instrumento de una profecía autorrealizable, como expiación de la culpa, por remordimiento.

Ya se lo decían sus propios subordinados: “No se lo lleve a Portugal mi alférez que ha visto lo que le ha hecho a sus padres y más tarde o más temprano se vengará es cuestión de tiempo”. “Ya crecerá mi alférez y se vengará de usted”.

El padre vivió en permanente temor de esa venganza y el hijo adoptivo se debatió constantemente entre su nueva identidad y los escasísimos recuerdos de su infancia en África, de su madre amputada de manos, de su padre acribillado y de su choza quemada.

Toda una gran metáfora de ese nuevo Portugal gestado en unas sangrientas guerras coloniales y redimido finalmente por la revolución de 1974, pero sumido durante demasiados años en los graves problemas causados por la nueva situación de metrópoli amputada y por el problema de los “retornados”.

Los recuerdos de los protagonistas se van sucediendo, intercalando. Las voces son retazos de memoria, versiones distintas, parecidas o idénticas de lo ocurrido, constantemente modificadas, en un alarde de reconstrucción de una realidad que no puede ser sino realidad pensada; un pasado que ya no es pero que está obsesivamente presente para los sujetos a través de sus traumas y de la búsqueda de sus identidades.

Un pasado que no existe porque se convierte en presente y un presente golpeado hacia un futuro incierto. El juego entre el pasado y el presente, la historia y la ficción es fundamental para entender a Lobo Antunes. De la misma manera que lo es el juego de los diversos planos de la memoria con la realidad. El narrador desaparece para quedar sustituido por un coro de voces que, al modo de la tragedia griega, va anunciando el inexcusable destino.

La matanza del cerdo se convierte en el acontecimiento sacrificial, reiterativo, obsesivo, no sólo como acto que se escenifica en la casa paterna, sino cómo recreación y anuncio de un trágico destino. “Siempre que vengo al pueblo”, dirá la hija del protagonista, “más allá de la esperanza de que mi hermano mate a mi padre con el cuchillo matancero no me interesa nada…” (p. 208)

Y al final, el destino se cumple, precisamente a manos de aquel instrumento de expiación, de aquel niño negro que el padre eligió para sí y que, con ese acto, parece recobrar la memoria de su identidad.

Adivinó, igual que hiciera su madre blanca enferma de cáncer, “punto por punto lo que pasó en Angola, la ametralladoras, los unimog, las granadas, los chozos ardiendo”. Supo “que en Angola tuve una hermana…, colgada del pecho de mi madre, de la mujer de las manos cortadas…,una hermana no blanca, negra…vi a mi padre corriendo…vi un perro muerto… vi lo que me parecieron perros salvajes huyendo con no sé qué entre los dientes” (p.p. 409-410)

Dudo mucho que Lobo Antunes haya alcanzado su pretensión juvenil de simplicidad y sencillez. Seguramente, tampoco lo pretenda ahora. Su hermetismo y su barroquismo es evidente, pero su capacidad de desplegar ante nuestros ojos un universo literario propio,original y sorprendente es inmensa.

El nivel que exige a sus lectores es grande, pero el esfuerzo merece la pena.

Carmen García Monerris

València, enero de 2024

Deja un comentario