(A propósito de Hasta que las piedras se vuelvan más ligeras que el agua, de António Lobo Antunes. Barcelona, Randon House, 2023)

Conforme avanzaba en la lectura de este libro, me reafirmaba en la idea de que a Lobo Antunes se le adora o se le odia. En el transcurso de la sesión dedicada a este libro, en el Club de Lectura, pude confirmar esta impresión: o nos convertimos en infatigables y ansiosos devoradores de su prosa laberíntica y barroca, o lo desechamos por críptico, hermético y por las mismas razones por las que otros se convierten en fans.
Los que acudimos al Club de Lectura acabamos divididos al cincuenta por ciento por este dilema. Tal vez por eso, nuestra sesión resultó muy productiva y sugestiva. O, al menos, eso deduje…
Al contrario que Torga y Saramago, Lobo Antunes pertenece a la clase alta portuguesa, con raíces en esa hidalguía intelectualizada que tan admirablemente retrató para el siglo XIX Eça de Queirós. Es una impronta de clase difícilmente prescindible de su carácter y de su obra.
“Vamos a ser ricos, guapos, inteligentes y célebres…”, le escribió, medio en broma, medio en serio a su primera mujer desde Angola. Y, al menos, él lo fue.
Lobo Antunes se nos muestra como un personaje soberbio, autoritario, algo tacaño, irritable ante la estupidez y la ignorancia y, sobre todo, muy exigente consigo mismo, con su obra y, en consecuencia, con sus lectores.
Significativamente, confesó en algún momento que pasó su infancia queriendo parecerse físicamente al hombre de Sandeman, ese antiguo anuncio de un vino de Oporto: “El sombrero, la capa hasta los pies, la copa en la mano, representaban para mí (y, en secreto, si quieres que te lo diga, aún hoy representan) lo máximo en el terreno de la elegancia y el misterio”.

Este gentleman portugués ejerció como psiquiatra hasta 1985, fecha a partir de la cual se dedicó en exclusiva a escribir. Su padre había sido también un notable neurólogo, pero el joven Lobo Antunes siempre se debatió entre la tradición familiar y lo que él calificó como “veleidades y orgullos de geniecillo”.
Esas “veleidades”, en cierta manera, fueron las que le sostuvieron anímicamente durante la guerra colonial de Angola. Cuando finalizó la carrera de medicina, fue llamado a filas y destinado como médico a esa colonia, donde permaneció desde enero de 1971 a marzo de 1973.
La brutalidad de las guerras coloniales, donde en realidad se debatía la lucha por la hegemonía mundial entre las dos grandes potencias, en plena Guerra Fría, y los efectos inmediatos sobre Portugal, marcaron a fuego a nuestro autor y nutrieron de manera específica su peculiar cosmogonía literaria.
La situación bélica, el enfrentamiento civil, las condiciones materiales, la degradación física y moral, la constatación de las atrocidades cometidas, la dureza de una climatología adversa, la falta de sentido de la guerra colonial y su sentimiento de aislamiento constituyeron su peculiar travesía hasta “el corazón de las tinieblas”.

Durante esos meses como médico militar, Lobo Antunes se enfrentó también a sus peculiares fantasmas respecto a la escritura y a sus posibilidades reales como artista. Escritor compulsivo (en circunstancias, además, muy poco o nada favorables) dedicaba a sus lecturas y manuscritos en ocasiones cinco o seis horas seguidas.
Sin embargo, las dudas sobre su valía como escritor; la sensación dolorosa de la insuficiencia en ocasiones de las palabras; la búsqueda casi siempre insatisfecha de otras; la consciencia de su excesivo barroquismo y, en consecuencia, la necesidad de simplificar los textos… fueron aspectos que no sólo le acompañaban en sus largas horas ante el papel, sino que acabaron produciéndole un cierto extrañamiento respecto a su propia obra.
Oscilando entre una confianza excesiva y una autoexigencia destructiva, llegó ciertamente, en sus primeros escritos en la guerra, a dudar de su propia capacidad: “Porque no tengo ningún talento, lo veo claramente y lo sé”, decía en una carta a su mujer. Aunque también era capaz de vivir momentos de exaltación: “Creo que ha valido la pena que confiases en mí, porque finalmente me he convertido en un escritor, con una elegancia corrosiva”.
Sus objetivos, ya desde el principio, parecían desmedidos: “Me gustaría que [el libro] fuese una cosa sarcásticamente trágica, un retrato natural de nuestra amarga condición de portugueses, una cosa barroca desbordante de vida…”
Esa “Historia Natural de los Portugueses”, como él la definiera, “corrosiva, sarcástica, llamativa, caricaturesca, cruel y terrible” debía afrontar, no obstante, la dificultad del conservadurismo del género novelístico, anclado, a su parecer, desde Balzac.
Frente a ese diagnóstico de conservadurismo, Lobo Antunes creía que la literatura debía ser “un festival de palabras… y los personajes simples voces que se deslizan por las páginas, cantando o susurrando”. Propósitos ambos de los que dio cumplida cuenta en toda su producción novelística.
Coetáneo en su juventud de los comienzos del boom de la literatura hispanoamericana, no mostró excesivo entusiasmo por el fenómeno y sus autores más representativos. Ya entonces, se consideró superior a ellos.
Sus principales referentes eran Joyce (de manera muy destacada), Celine, Faulkner, el estadounidense John Updike y los grandes nombres de la literatura rusa.
En Angola trabó una fuerte amistad con el capitán Melo Antunes, ideólogo fundamental de la posterior “Revolución de los claveles” y un militar inteligente y culto. Como ministro de Asuntos Exteriores, culminó el proceso de descolonización de las antiguas posesiones portuguesas.

Después de la guerra colonial, la Revolución del 25 de abril de 1974 y la transformación drástica y convulsa que supuso para Portugal y sus antiguas colonias es otro elemento imprescindible para entender la peculiar cosmogonía literaria de Lobo Antunes.
De hecho, la voz de este escritor empezó a oírse sólo en el contexto del Portugal revolucionario y democrático. Fue, de entre las múltiples voces en libertad que se alzaron entonces, sin duda una de las que llegaría a cotas más altas, si prescindimos (tal vez) de José Saramago.
Sus dos primeros títulos como novelista estaban ya más o menos acabados cuando regresó a la metrópoli, pero no se publicaron hasta años después. Se trata de Memoria de elefante y En el culo del mundo, editados en 1979. Unos diez años después, salió a la luz Las naves, una caricatura de la “heroica” gesta de los descubrimientos portugueses en la que jugó admirablemente con el binomio Historia/Ficción, Pasado/ Presente. En opinión de algún crítico, una clara “carnavalización de la historia”. Siguió su “Trilogía de Benfica”, Tratado de las pasiones del alma (1990), El orden natural de las cosas (1992) y La muerte de Carlos Gardel (1994). En Manual de inquisidores (1996) realizó un originalísimo y despiadado retrato de la mediocridad y fría brutalidad de la administración, del régimen salazarista y de las élites que lo sustentaban, echando mano en este caso de su gran capacidad de caricaturización.

Su producción es abundantísima y con una frecuencia que parece desmentir sus impresiones de juventud de las dificultades de la escritura. Es verdad, no obstante, que Lobo Antunes nunca se desdijo del diagnóstico de la insuficiencia de las palabras y, por tanto, de una dolorosa y constante búsqueda para poder expresar con exactitud determinados estados del espíritu. La creación se convierte por ello, en ocasiones, en dolor.
Y dolor, culpa, traumas, búsqueda de la identidad…es lo que encontramos en su impresionante y última obra, cuyo título resume metafóricamente los denodados esfuerzos de una expiación y de una redención, tan difícil de llevar a cabo y de culminar como que las piedras se conviertan en tan ligeras como el agua. Sólo entonces el peso de la culpa, al disolverse, quedará sustituido por una sensación de liviandad reparadora.
Carmen Garcia Monerris
València, enero de 2024

P.D. Todos los entrecomillados de este texto proceden de la correspondencia de Lobo Antunes con su primera mujer, Mª José Xavier de Fonseca e Costa, durante su estancia en Angola, publicada por primera vez en 2005: Cartas de la guerra. Correspondencia desde Angola, Barcelona, Debate, 2022.