Miguel Torga (1907-1995): como un brezo en la roca

A Eduardo, in memoriam

Miguel Torga, pseudónimo de Adolfo Correia da Rocha, fue un médico, escritor y poeta portugués trasmontano, es decir, originario de la región noreste de Portugal, Trás-os Montes, concretamente de Santo Martinho de Anta, en Vila Real.

Se trata de “un reino maravilloso”, como lo definiera literalmente un cineasta, un reino genuino y originario de lo que vendría a ser el medieval reino de Portugal. En gran parte ahora dominado por los increíbles abancalamientos de viñedos en las laderas de la cuenca baja del Duero, contiene, sin embargo, una parte más agreste e indómita en el límite nororiental, en la que el brezo salpica de color sus peladas cumbres. Se trata de la “torga”, término que escogió precisamente el escritor como símbolo de su arraigo a un terreno y a un paisaje indómito, del que siempre fue testigo y al que nunca renunció.

A esta región, en parte a la búsqueda del escritor que acababa de morir, realizó Julio Llamazares un viaje en el verano de 1995, y que luego publicó con el título de Trás-os-Montes. Un viaje portugués. Seguramente, hace falta ser leonés y tener alguna de las experiencias vitales de Llamazares para entender ese territorio de frontera geográfica, histórica y lingüística que es Trás-os-Montes.

Hubo un momento, concretamente en 1934, en que el joven escritor Adolfo Correia quiso ser (y lo sería indefinidamente) Torga y llamarse Miguel, en homenaje a los varios ilustres “migueles” que poblaron la literatura hispánica, concretamente Miguel de Cervantes y Miguel de Unamuno. Su identidad quedó definida como trasmontano y como ibérico.

El escritor Miguel Torga

Desde lo local y desde lo peninsular representó, sin embargo, el arraigo a unos valores universales, coherente y persistentemente defendidos a lo largo de su vida. Pocos como él defendieron con uñas y dientes la independencia del creador y la convicción de la poesía y, en general, de la obra artística, como forma de estar en el mundo y de intervenir en él. Su lucha permanente por la belleza y la libertad hicieron de él un representante tardío del Modernismo, aunque formalmente perteneciera a este movimiento sólo en sus primeros años como creador.

La lucha por la libertad (en un sentido literal y no sólo político) la llevó casi hasta el paroxismo, convirtiéndose en un personaje ajeno a cualquier forma de exhibición, a cualquier promoción gratuita, o a cualquier intento de instrumentalización o de mediación política o mediática. La práctica habitual suya de las autoediciones fue no sólo una forma de huir de la censura, sino una manifestación plena del dominio y del autogobierno del escritor sobre su obra, desde su gestación, hasta el momento final de su publicación.

Los XVI volúmenes auto editados del Diario de Miguel Torga

La pasión por la belleza, posiblemente herencia de un Modernismo del que luego, no obstante, se apartó, lo convirtió en uno de los mejores poetas portugueses del siglo XX. Poesía como expresión de la belleza en libertad a través de una palabra depurada, labrada, pulida; expresión de los sentimientos e instrumento a la vez de transformación y de presencia pública. Sus palabras son tan precisas como debería serlo el bisturí de un cirujano, tanto en sus poemas como en sus obras en prosa. Curiosamente, es en estas últimas donde esta forma de hacer y de escribir es más evidente. Muchas entradas de su Diario recogen reflexiones en este sentido:

“…un escritor honesto y competente lo que tiene que hacer es escribir bien. Por eso cojo la pluma con el mismo cuidado con que cojo el bisturí. Si manejamos este último con torpeza podemos matar al enfermo; si utilizamos mal la primera podemos pervertir el gusto y dañar la conciencia del lector… Yo no ambiciono una buena prosa, sino una claridad expresiva. Me gustaría restituirle a la palabra el alma que le han robado, y que la lengua tuviese en mis manos, además de la mayor gracia posible, una dignidad fuera de toda discusión…” (Diario, Coimbra, 17 de febrero de 1958).

Como poeta, publicó quince libros entre 1928 y 1965. En opinión de una de sus mejores estudiosas, Eloísa Álvarez, intuyó la poesía “como metafísica de la belleza”, como “un acto ontológico que exige ante todo libertad”, cargada de humanismo y de heterodoxia religiosa. Su esencia última acaba siendo la de un Dios y la de un único don como instrumento de salvación.

Poeta notable, dramaturgo de escaso éxito, Torga destacó pronto también por sus relatos cortos, convirtiéndose en uno de los mejores cuentistas de temática rural y alegórica del siglo XX portugués: Bichos (1940), Cuentos de la montaña (1941), Rúa (1942), Nuevos cuentos de montaña (1944), y Piedras labradas (1951) son sus títulos principales.

Tampoco tuvo éxito Torga en sus relatos de ficción o novelas, como Vindima (1945) o El señor ventura (1943), que se encuentran entre los menos valorados por la crítica literaria.

Sin embargo, sería en la literatura autobiográfica donde este portugués se erigiría en uno de los autores más notables, sugestivos e incomparables de la literatura contemporánea. Torga fue un persistente e inagotable escritor de diarios, una práctica que inició en 1932 y que no cesó hasta meses antes de su muerte. Como ya hemos dicho, estos diarios fueron saliendo al público mediante un proceso de autoedición que se concretó en XVI volúmenes (en castellano disponemos de una selección de Eloísa Álvarez en Alfaguara, en dos volúmenes, y de una reciente y más discutible edición y selección de Meritxell Almarza en Plataforma Editorial).

A ello unió, a partir de 1937, un peculiar relato autobiográfico que estructuró a partir de los bíblicos seis días de la creación del mundo. Su publicación respondió también a esta estructura, dando lugar a la autoedición de cinco volúmenes. Todos ellos se abrían con las palabras del Génesis: “Tomou pois o Senhor Deus ao homen, e pô-lo no paraíso das delicias…”

Edición, en un sólo sólo volumen, de La creación del mundo

Tanto en La creación como en el Diario, especialmente en este último, Torga fue desgranando, migaja a migaja, casi día a día, no tanto su cotidianidad, cuanto la percepción de sí mismo, la consciencia explícita de su relación con la naturaleza y con determinadas situaciones vividas o pensadas. Se trata de un extraordinario ejercicio de introspección, sorprendente por su duración y por la pureza y la contención en su forma de expresarse que a veces llegaba a un conceptismo barroco.

Cada volumen de su Diario se abría con una frase del que es considerado como uno de los mejores exponentes del diarismo íntimo contemporáneo, Enrique Federico Amiel: “Chaque jour nous laissons une partie de nous-même en chemin”. Era buen conocedor de Amiel y de Samuel Peppis, otro precursor del diarismo del XVIII inglés al que admiraba, no tanto por su capacidad literaria, cuanto por su extraordinaria sinceridad y naturalidad.

Gran lector, Torga mantuvo siempre la curiosidad abierta por la literatura autobiográfica, como demuestra su admiración por el Diario (1927) o las Cartas (1928) de la neozelandesa Katherine Mansfield, el Diario (1887) de la ucraniana-francesa, María Bashkirtsev o el Diario íntimo de Manuel Laranjeira.

Su cultura y su inmenso placer por la lectura no le apartaron, sin embargo, de aquello que constituyó en y él un rasgo diferencial y definitorio, en su personalidad y en su obra: el amor irrenunciable por la naturaleza y , de manera especial, por el paisaje y la gente de Trás-os-Montes.

Una de sus pasiones era la caza; otra, pasear y charlar con la gente humilde a la que solía atender como médico durante sus frecuentes visitas a San Martinho. “He leído centenares de libros y sigo leyendo”, dirá en una visita a Lisboa. “Pero donde aprendo las cosas que le interesan a mi inquietud es en la cartilla de la naturaleza“ (22 de octubre de 1965).

Nueva selección del Diario de Miguel Torga, en Plataforma Editorial

El escritor transmontano mantuvo una concepción de la vida como continuo desgaste, un fluir de pérdidas y, paradójicamente, una suma de experiencias; una exigencia permanente ante el mundo y ante sí mismo, un unamoniano sentimiento trágico de la vida, una adscripción casi telúrica a la tierra de sus orígenes, al Portugal sentido como parte de la Iberia soñada. El apego a sus orígenes, a la cuna, “no es solamente un misterio de raíces, es más un bálsamo de cicatrices” (S. Martinho de Anta, 22 de septiembre de 1984).

En muchas de las entradas a su Diario, las primeras palabras están dedicadas a constatar la pérdida, la muerte de algún personaje importante. En sus páginas, la vida y los años avanzan y con ellos va dejando constancia de los vacíos: “Ha muerto Gandhi”, “Ha muerto Chaplin”, Jacques Brel, Sartre, Borges, Andropov, Bresnev, Tito, Hergé (el creador de Tintín), Faulkner, Gide… “Ha muerto Salazar. Demasiado tarde para él y para nosotros” (27 de julio de 1970).

El lector tiene la sensación de que es la muerte, insistentemente aludida, aquello que testifica y certifica el devenir humano e histórico, en un inevitable camino hacia la nada, pero también como encuentro telúrico con los orígenes y, por lo tanto, con la esperanza de un nuevo amanecer.

Su carácter hipocondríaco, pero también su sentimiento de arraigo emocional y físico a su tierra de origen, agrandan esa sensación de finitud. En su forma de ser alienta el sentimiento trágico unamuniano, la apuesta por la intrahistoria como instrumento de conocimiento y aprehensión de una totalidad diversa y a la vez unitaria.

Un 28 de noviembre de 1964 escribe desde Monforte do Alentejo: “Tengo hecho el inventario de todos los olivos y alcornoques alentejanos. Mi aprendizaje de la realidad nacional es lento y decreciente. Empecé por los monumentos, seguí por los habitantes, y ahora voy por la vegetación. Después no me faltará más que el suelo, que espero conocer a fondo cuando me entierren en él…”

Paisaje del Alentejo portugués

Torga fue a lo largo de su vida un lector empedernido, no sólo de la literatura peninsular, sino también de los grandes autores de la cultura occidental. Hizo bastantes viajes por España, cuyas tierras y cultura admiraba desde su indestructible iberismo. Cuando la censura y la represión salazarista se lo permitieron, viajó también por algunos países europeos. Volvió al Brasil de su juventud (donde estuvo trabajando en la hacienda de un familiar) y estuvo en Angola y Mozambique, poco antes de la independencia de estas colonias. En ellas percibió y expresó el fracaso de los portugueses como “civilizadores”.

Su retraimiento, en parte natural, en parte auto impuesto, derivó en su caso en un ácido anti elitismo, que descargó con frecuencia sobre la institución universitaria y sus componentes. Sólo los que hemos vivido en ese endogámico ambiente podemos llegar a captar lo que escribió del mismo, desde la relativa impunidad de su escritura: “En una reunión he dicho hoy que el catedrático de universidad es un hombre cuyo ideal es ser catedrático de universidad. Pero nadie me ha entendido. Y eso que había allí muchos catedráticos de universidad…” (11 de abril de 1954).

El Diario no es sólo y especialmente un permanente ejercicio de introspección, sino también una ventana abierta al mundo. Por el trasfondo gris, melancólico y torturado del salazarismo, de una España igualmente oscura pero con grandes potencialidades (en opinión del escritor), van desfilando los principales acontecimientos que jalonan la historia, desde la II Guerra Mundial hasta la entrada de los dos países de la península ibérica en la Unión Europea. Un acontecimiento este último que Torga vivió con cierto escepticismo.

El diario, como género literario permite, en opinión de sus estudiosos, una “inmediatez” en la escritura, una libertad en la estructura y la sensación de tener entre las manos un libro abierto, inacabado. Sin embargo, los tópicos del género distaban de cumplirse el caso de Torga. Aunque muchas de las entradas las escribía a vuela pluma, mientras esperaba a sus pacientes en la consulta de otorrinolaringólogo que poseía en Coimbra,, posteriormente realizaba una y otra vez un concienzudo depurado de las mismas. Su escritura es cualquier cosa menos improvisación,

En otro sentido, ese libro inacabado que iba construyendo tenía en realidad muchos finales. Periódicamente, preparaba una edición de lo escrito que, en cierta manera, “cerraba” un determinado ciclo y acontecer. El final de todos los volúmenes era el final de su vida. Un final que Torga supo y quiso preparar con la misma dedicación que siempre dedicó a su obra. El poema “Requiem por mim” cierra una vida y un inmenso diario.

Aproxima-se o fim.
E tenho pena de acabar assim,
Em vez de natureza consumada,
Ruína humana.
Inválido de corpo
E tolhido da alma. Morto em todos os órgãos e sentidos.
Longo foi o caminho e desmedidos
Os sonhos que nele tive.
Mas ninguém vive
Contra as leis do destino.
E o destino não quis que eu me cumprisse como porfiei,
E caísse de pé, num desafio.
Rio feliz a ir de encontro ao mar
Desaguar,
E, em largo oceano, eternizar
O seu esplendor torrencial de rio».

Carmen García Monerris

València, enero de 2024

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