El burgués viajero

(A propósito de La ciudad futura. Viajes por la Europa burguesa, de Justo Serna y Anaclet Pons, València, Barlin Libros, 2022)

NOTA: Este libro fue presentado por uno de sus autores en el club de lectura “Historia y Cultura”, en octubre de 2022, en la librería Gaia. Lo que sigue es una reseña publicada en el número 67 de la revista Pasajes de la Universitat de València (2023/1), pp.276-280.

Todos los números de esta revista están disponibles on-line:

https://puv.uv.es/col-pasajes.htlm

El tiempo pasa inexorablemente. Depende de nosotros y de nuestras circunstancias, como diría el filósofo, de cómo afrontamos, asimilamos, convivimos o mal llevamos esta realidad. Todos conocemos a personas que al envejecer van mostrando, cual calco depurado, lo peor de su personalidad o de su forma de ser y estar en el mundo. Pero también conocemos a otras en las que el paso del tiempo va decantando en su personalidad las mejores virtudes y cualidades.

El conocimiento depende, en parte, del tiempo. Pero no siempre en un sentido positivo y progresivo. A veces, las ideas se nos anquilosan, a modo de asideras a las que agarrarnos ante los inevitables cambios que nos superan. En otros casos, por el contrario, la flexibilidad, la inquietud, la inquisitiva mirada sobre el presente y el pasado, el interés por los cambios y sus efectos, su disposición ante la vida, en suma, se convierten también en premisas sobre las que construir un pensamiento cada vez más complejo a la vez que depurado.

En el caso que nos ocupa, estamos ante un libro que, pese a su novedad editorial, puede considerarse como el libro de una vida (académica e intelectual). Resulta incomprensible sin la trayectoria larga y fructífera de sus autores, no sólo como historiadores profesionales, sino también como intelectuales siempre inquietos ante el presente y siempre dispuestos a una respuesta pensada y honesta ante las inevitables circunstancias. “Este volumen”, dicen los autores, “es impensable sin los conocimientos adquiridos durante muchos años. Ha sido fruto de una larga elaboración, cuyos primeros pasos empezaron en 1980” (p. 346). Yo citaría, como referentes previos, al menos dos títulos: La ciudad extensa (1992) y Diario de un burgués. La Europa del siglo XIX vista por un valenciano distinguido (2006).

Portada del Diario de un burgués

Justo Serna y Anaclet Pons son ya conocidos, entre otras cosas, por su aportación a la historia cultural y, más concretamente, a la microhistoria. En su haber existen aportaciones historiográficas imprescindibles, así como sugerentes estudios concretos construidos a partir de esta faceta de la historia y de esta metodología. Conjugan a la perfección en sus obras el refinado y arduo oficio del historiador con un bagaje teórico e historiográfico envidiable. La ciudad futura es un buen ejemplo de ello, a la vez que, como he dicho, el testimonio de una larga trayectoria y, tal vez, la última obra de estos autores en colaboración.

​Estamos ante un minucioso y atractivo estudio de microhistoria que relata los viajes de un burgués valenciano del Ochocientos, José Inocencio del Llano y White, por la Europa del momento y cuyos itinerarios, impresiones, valoraciones, incluso silencios, pueden seguirse gracias a un diario personal escrito por el joven viajero entre 1842 y 1895. 

El periodo que abarca el diario es muy significativo desde el punto de vista histórico. Pero tal vez lo sea más el hecho en sí mismo de su escritura. Estamos más o menos acostumbrados a la literatura de viajes de europeos (ingleses, alemanes, franceses…) por una España que en esos momentos centrales de la centuria, a pesar de los evidentes signos de cambio político y de renovación social y económica, cristaliza en un imaginario de exotismo y de orientalismo para sus visitantes. Pero es mucho más raro, por no decir inexistente, tal tipo de literatura de viajeros españoles por Europa. Más todavía cuando se trata de un diario, un tipo de literatura relativamente escasa y, por su carácter privado, de difícil disposición para el historiador como documento.

Café del siglo XIX

Este es uno de los aspectos que dota de un alto valor el presente libro. Construido a partir de una ingente labor archivística, es el diario lo que permite la elaboración del relato desde la privativa mirada de su autor, desde sus valoraciones, dinámica, preferencias, silencios… La realidad viene tamizada por este peculiar protagonista que, por ende, simboliza o encarna a la perfección a una determinada clase social. Como señalan los autores, “escritos como éste no necesariamente han de suponer un intento de crear o transmitir una memoria, sino más bien elaborar o transmitir una identidad” (p. 34). Se trata de un documento excepcional que, trabajado y analizado de manera escrupulosa y crítica, muestra todas las virtualidades de una explicación densa, a la vez que permite la generalización desde un caso concreto.

El microcosmos vital y profesional de José Inocencio y su familia, los Llano White, es la Valencia de las décadas centrales del siglo XIX, una ciudad que, en un dominante entorno rural, asiste a la consolidación de poderosas oligarquías financieras, con diversificados intereses comerciales, industriales y también agrarios. José Inocencio es el heredero de una de las más poderosas. Valencia es una ciudad que, como otras muchas, conjuga en su trazado urbano la herencia histórica con alentadores proyectos de modernización y adecuación de su estructura a la selectiva demanda de una creciente clase media. Como sabemos, la ciudad en el siglo XIX se convierte en lugar de residencia, lugar de exhibición y demostración de los gustos de la nueva clase dominante, y objeto de negocio en sí misma.

En el caso valenciano, las murallas antiguas (que pervivirán hasta 1866) contienen y constriñen en su interior a un diverso mundo de pequeños productores, comerciantes y oligarquías locales. El cinturón amurallado les protege de un entorno próximo, siempre necesario y casi siempre temible: el mundo rural de la huerta. La ciudad pugna también por consolidar su relativamente reciente conexión marítima a través de un activo puerto cuyos inicios datan sólo del siglo anterior. En el comienzo del trazado del camino para conectar la ciudad con el Grao, se construye precisamente uno de los nuevos paseos urbanos en los que se exhibe lo más granado de la burguesía. Muchas de las iniciativas industriales, especialmente a partir de los años 70, deben buscar una ubicación extra-muros.

La Valencia del siglo XIX, antes de la destrucción de las murallas

Valencia, en definitiva, es una ciudad que vive con especial agudeza las tensiones de una modernidad que viene de la mano de nuevos sectores sociales, de sus intereses, sus hábitos y sus nuevos gustos. José Inocencio es un producto de este mundo, un mundo conectado también con una Europa próxima en cuyo espejo se miran y del que añoran no sólo inventos, nuevas técnicas o nuevas formas de producir, sino también y especialmente nuevas formas de vivir, nuevos gustos, nuevas formas de comunicarse, nuevas formas de sociabilidad.

Es la Europa burguesa del siglo XIX; es ese continente de ciudades (a pesar del dominio todavía grande de la economía y del mundo rural) cuya modernidad anhela el viajante para su propia ciudad. “La ciudad futura” para el protagonista es el Londres de la Exposición Universal de 1851, de los trazados ferroviarios, de los selectos hoteles y clubs, del recién inaugurado proyecto del Metropolitan Railway o de los nuevos almacenes acristalados, símbolo de un “consumo ostentoso” que genera placer.

La ciudad futura es también el París del Grand-Hotel, del retratista Mayer, de los grandes bulevares, de las tiendas de lujo. A su vez, losbalnearios, de gran desarrollo durante este siglo, dibujan una geografía tanto más necesaria cuanto el buen gusto y la nueva sociabilidad burguesa se consolidan al compás de la aparición de nuevas neurastenias. El burgués, a fin de cuentas, es un tipo social delicado que, más allá de la figura del avaro y ruin que consagra la literatura de las primeras décadas del siglo, muestra gustos exquisitos, gasta improductivamente por placer y se ve sometido también a las tensiones provocadas por las nuevas formas de vida.

Exposición Universal de Londres, 1851. Crystal Palace

El burgués atiende no sólo a sus negocios familiares, sino también a una reputación que se mide en los nuevos espacios de exhibición social y cultural, y en las nuevas instituciones de representatividad política. Además, su convivencia con las clases populares y los nuevos sectores obreros se desarrolla en espacios urbanos próximos, en esas ciudades asfixiadas por unas murallas en cuyo interior puede estallar tanto la amenaza social de una huelga como el peligro médico de una epidemia.

El burgués, en definitiva, busca curarse de las nuevas neurastenias, airearse, cultivarse, descansar… Y para este objetivo, las ciudades balnearios son el destino óptimo. La Europa del siglo XIX es la Europa de las ciudades y del ferrocarril, pero también la Europa de los balnearios, escenarios privilegiados donde las nuevas clases pudientes y, con frecuencia, los intelectuales, acuden presos de una decadente melancolía, manifestación de un malestar físico, pero también de una determinada situación del alma.

Los viajes por el extranjero cesan en un determinado momento; los años de aprendizaje, de la mano y en compañía de su tío Juan Bautista White, se han cumplido escrupulosamente, cual Telémaco moderno. La emancipación legal, en 1857, viene seguida por un periplo de esparcimiento por Suiza, Alemania y Francia, el último que emprenderá como soltero. Enseguida contraerá matrimonio con una de las hijas de otra poderosa familia valenciana: Elena Trénor. Con ella realizará un último viaje por su amada Europa.

Balneario barroco en Baden-Baden

A partir de un determinado momento el libro pasa a ser un sugestivo análisis del microcosmos familiar y burgués en la Valencia decimonónica. Siempre de la mano del diario, pero también de otros documentos archivísticos e historiográficos, podemos asistir al significado de la muerte prematura de un miembro de la familia Llano White (la hermana del protagonista, Carolina), la vivencia del duelo y la política de conservación de la memoria a través de los ritos y de la arquitectura funeraria; las prácticas notariales inevitables en la racionalidad burguesa; la formación de las compañías comerciales de la familia, su destino y decadencia; las formas de vida en un hábitat burgués; las visitas periódicas de epidemias y el comportamiento ante la muerte; el prudente reflejo en las entradas del diario de acontecimientos políticos como la Revolución de 1868 o la Comuna de París de 1871…

Se trata de unos tiempos convulsos que coinciden significativamente con la quiebra económica y la desgracia de la familia. De un activo burgués, pasamos al lento y plácido discurrir de los días de un rentista que, además, no quiere significarse de ninguna manera ante los acontecimientos políticos. Pero como nos advierten los autores, hay que ser prudentes ante tal actitud: “El burgués detesta el curso de la política, pero parece haber olvidado que sus apellidos son algo, algo en la Europa de aquel tiempo, gracias a la gran transformación. Ya no tendrá que exhibir un linaje aristocrático, ni sangre limpia de muchas generaciones. José Inocencio y las dinastías que en él confluyen son una suma de advenedizos, en el sentido de que es un parvenu. Como son unos recién llegados todos su parientes, incluidos los Trénor” (p. 314). La política les ha permitido llegar a dónde están y desde la política, bien por ellos mismos, bien a través de mediadores a su servicio, ejercerán la necesaria representatividad en unas instituciones de las que dependerán no sólo la buena marcha del sistema en general, sino de los negocios familiares de manera particular.

La ciudad futura, entre otros valores, contiene todas las cualidades que permiten una lectura fácil, fluida y motivadora. He dicho al principio que los autores muestran en su haber las buenas virtudes del oficio de historiador y un bagaje teórico e historiográfico envidiable. Han conseguido, además, un libro que, sin renunciar a los requisitos y exigencias del oficio, se aproxima a la forma ensayística desprovista de cualquier exceso intelectual. Las referencias de autoridad han sido eliminadas del cuerpo del texto principal y ordenadas por capítulo al final del libro, pero no de una manera numérica, como es habitual, sino expuestas y comentadas globalmente. El libro cumple las exigencias de cualquier historiador profesional y escrupuloso, pero también las del lector que puede o quiere aproximarse al relato histórico por placer o inquietud. Todo un éxito que hay que valorar por su rareza a pesar de que, desde hace décadas, el cuidado por la escritura sea uno de los signos dominantes en la producción historiográfica.

 

​​​​​​​​Carmen García Monerris

València, noviembre de 2022

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