Putin: la autocracia que no cesa

(A propósito de El mago del Kremlin, de Giuliano da Empoli. Barcelona, Seix Barral, 2023)

Llevo un verano totalmente ágrafo. Una mezcla de sosiego, ensimismamiento, placeres visuales, estímulos varios y demasiados puntos de fuga… Salvo acabar el inevitable artículo que debe ser entregado inexcusablemente el día 1 de septiembre (y que siempre se retrasa), no he escrito nada.

He leído, eso sí. Puedo pasar sin escribir, pero no sin leer. Este verano le ha tocado el turno a la literatura portuguesa: Eça de Queirós, Pessoa, Torga, Lobo Antúnes… En nuestra última sesión del Club de Lectura decidimos dedicar varias sesiones a lo largo de este curso a esta literatura, tan próxima y tan olvidada las más de las veces.

En esa misma sesión, para concluir el año, comentamos el libro recién publicado de Empoli. Putin, el mago del Kremlin, el Zar (como se le conoce en el relato), estaba de triste actualidad.

La obra de Empoli no decepcionó. No tiene demasiado valor literario; sus recursos son limitados y la propia estructura, bastante simple. Tampoco puede decirse que estamos ante un ensayo, pues el mismo autor avisa que se trata de una ficción o, más bien, una recreación a partir de hechos ciertos.

Es en este último sentido en el que la obra no defrauda. Proporciona al lector una reconstrucción veraz, creíble y próxima de la naturaleza del poder en la Rusia postsoviética y, sobre todo, de una elite irrepetible, a la cabeza de la cual se encuentra Putin, que ha conseguido repartirse el país y sus riquezas superando cualquier parámetro conocido de patrimonialismo. Más bien son piratas del capitalismo.

El libro se escribió antes de la invasión de Ucrania. Cuando lo comentamos, la realidad había superado ya a la ficción. Recuerdo que en ese momento pensé que no valía la pena hacer ningún comentario. Poco después, tuvo lugar esa extraña maniobra del siniestro Yevgueni Prigozhin y su grupo paramilitar Wagner, con la marcha al asalto del Kremlin incluida.

A la sorpresa siguió la estupefacción. El líder golpista había sido recibido por el Zar, quien parecía perdonarle la vida. La diabólica criatura se revolvía contra su creador y daba la impresión que el monstruo tenía recursos para sobrevivir a su osadía.

¿Sería cierto? Evidentemente, no. Putin no perdona traidores. Cuando el avión en el que viajaba la plana mayor de la Wagner sufrió un accidente en el que toda la tripulación y pasaje murió, vimos detrás la mano “justiciera” del zar del Kremlin. La realidad seguía superando a lo imaginado.

¿Qué comentar a partir de estos acontecimientos? Rusia, su historia, seguía mimetizándose en esa fortaleza roja que, sin pudor ninguno, muestra al mundo la estrecha alianza entre Religión y Poder.

Los que tantas veces hemos explicado a nuestros estudiantes el simbolismo del palacio y de la Corte monárquica como expresión del poder absoluto, siempre añadíamos aquello de que las revoluciones liberales, o bien acababan con esos palacios, o bien convertían sus paredes en traslúcidas.

La opacidad es incompatible con la democracia. Como decían los antiguos ilustrados, la luz de la razón debe rasgar las tinieblas que se proyectan desde los castillos, los palacios o las mazmorras para hacer público lo que antes estaba oculto.

La historia de Rusia, sin embargo, parece incidir en la repetición trágica de que cada conmoción, revolucionaria o no, acaba resolviéndose en más poder autocrático. Así ocurrió tras 1917 y tras 1991, con todas las diferencias entre un momento y otro.

El desordenado intento de Yeltsin en Rusia y el trágico (por incumplido) plan de Gorbachov en la antigua Federación Soviética, dieron paso al colapso del imperio y a la emergencia de un estado ruso en poder de las antiguas élites comunistas, administradoras y propietarias voraces de los despojos y riquezas del otrora territorio soviético.

Putin llegó para reordenar y controlar el despojo. El grave problema que supone la sucesión en un estado autocrático fue brillantemente resuelto en la figura de un inane y oscuro burócrata de la FSB (antigua policía secreta de la época comunista).

En palabras de una de las mejores conocedoras de la actualidad rusa, Pilar Bonet, Putin es un personaje “más alambicado y más tamizado por la experiencia de una carrera burocrática en los órganos de seguridad del Estado”. Su contraste con Yeltsin no puede ser mayor, física y moralmente. Sin embargo, la fidelidad mútua que se profesaron indicaba que estaba en juego algo más que la sucesión en la cúspide del Estado.

Y, sin embargo, hubo un momento en que Putin pareció simbolizar al “nuevo hombre” que podía conducir a Rusia por los caminos de una integración ( o al menos una relación cordial) con Occidente.

Los que aparecieron como los “ganadores de la guerra fría” (OTAN y UE) materializaron sus éxitos con lo que parecía una irrefrenable expansión hacia el Este (República Checa, Hungría, Polonia, Bulgaria, Rumanía, Letonia, Lituania, Estonia…) La intervención unilateral de la OTAN en Kosovo, a favor de los albano kosovares y contra los serbios, marcó un punto de no retorno en cuanto a la credibilidad de este organismo ante la opinión pública rusa.

Rusia, por su parte, empezó su ofensiva para recuperar el viejo Imperio desmoronado. Su identidad política volvió a asimilarse con la idea imperial (si es que alguna vez la perdió). El “mundo ruso” resucitó como algo mucho más amplio que lo referido al territorio de ese nombre: incluía a otros muchos pueblos que reconocían el origen mítico en el Rus de Kiev. Historia, Nación y Mito volvían a encadenarse con fuerza.

Viejos y nuevos paneslavistas (como Danielski, Iván Ilyin o Alexandre Duguin) seguían reforzando la peculiaridad rusa como contrapuesta a Occidente y la misión del Imperio ruso como una cruzada contra sus valores.

El realineamiento progresivo de la derecha mundial hacia posiciones reaccionarias y populistas, y los efectos de la globalización están conduciendo hacia una nueva geopolítica de la que el grupo Wagner y el propio Putin se han convertido en paradigma: subversión política, utilización de la cibermética junto a la fuerza militar, recursos naturales como armas de guerra, reconstrucción imperial, terrorismo…

Los cambios ocurridos desde 1989 son casi cósmicos y de una dimensión geopolítica inigualable. El desequilibrio del mundo tal como estaba concebido desde 1945 ha sido un hecho. Sin embargo, dos aspectos parecen inmutables en Rusia: la permanencia del Estado autocrático, sin una sociedad civil capaz de liderar y permeabilizar cambios democráticos; y la identidad política rusa como Imperio, en la época de los zares, durante la Unión Soviética y ahora con Putin. La autocracia no cesa.

Carmen García Monerris

València, septiembre de 2023

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