A vueltas con la Gran Guerra y la “generación pérdida”

Hace algunos meses, la plataforma Netflix estrenó una nueva versión de Sin novedad en el frente, la tercera de las películas basadas en la novela del mismo título del alemán Eric M. Remarque. Es una prueba de hasta qué punto la escritura (y la propia vida) del novelista estuvieron unidas a la experiencia del cinematógrafo como nuevo lenguaje expresivo y narrativo.

Aprovecho para incluir en este blog parte de un trabajo que publiqué en 2015, basado en parte (aunque no solo) en esta obra. Las referencias a pie de página se han eliminado.

Fragmentos de:

Carmen García Monerris, “¿Por qué nos conmueve tanto la Gran Guerra”, en Pedro Ruiz Torres (ed.), Volver a pensar el mundo de laGran Guerra, Zaragoza, Institución Fernando el Católico, 2015.

 

(…)

Más allá de su valor histórico e historiográfico, el de la Gran Guerra es un tema que casi siempre consigue conmover y emocionar a cuantos se acercan a él. Sin duda, la razón puede encontrarse en ese cruce espectacular que representa, entre una arraigada tradición y una violenta modernidad que anuncia un no menos desgarrador porvenir. Su carácter matricial, como crisol de muchos de nuestros más recientes y ambivalentes valores y referentes, la convierten en un proceso reconocible y al mismo tiempo inquietante. La Gran Guerra fue capaz de conmover a sus contemporáneos y sigue siendo un depósito de experiencias del que surgieron, en palabras de Paul Fussell, “mitos que forman parte de la fibra de nuestras propias vidas”. Fue un acontecimiento de unas dimensiones humanas, tecnológicas, políticas, económicas y culturales hasta ese momento desconocidas y señaló, como ningún otro, muchas de las directrices por las que discurriría el mundo occidental en las primeras décadas del siglo XX.

​(…)

Para los coetáneos, no olvidemos que esta fue la Gran Guerra, pero para generaciones posteriores e, incluso, para muchos de los combatientes en ella, los acontecimientos que vinieron después y, sobre todo, el estallido de la Guerra de Hitler y su posterior desarrollo, empedrado de horrores indecibles, convirtió aquel episodio desencadenado en el verano de 1914 en el primer acto de lo que alguien denominaría una larga y nueva Guerra de los Treinta Años en Europa.

La Gran Guerra pasó a ser la Primera cuando estalló la Segunda y gran parte de la historiografía, y en cierta manera también de la memoria colectiva, permanecieron mucho más atentos a ésta y a sus consecuencias evidentes en la construcción y reconstrucción de la Europa de los años 50.

Existían fenómenos y procesos en la última conflagración mundial, como el Holocausto que, por sus dimensiones y dramatismo, oscurecían cualquier otra perspectiva o consideración. Quiero pensar que, de alguna manera, es ahora, cuando los efectos más diferidos del resultado de la II Guerra Mundial han desaparecido ya (caída del orden mundial de la Guerra Fría, caída del socialismo realmente existente, caída del muro de Berlín…), cuando la historiografía ha sido capaz de pensar de otra forma la I Guerra Mundial.

Ésta aparece así, no estrictamente como el inicio de un largo y continuado período bélico y de conflictividad, sino como el punto final de las grandes tensiones y contradicciones del final de siglo europeo, al tiempo que como crisol en el que se batirán muchos de los nuevos valores y actitudes ya presentes en la conciencia europea desde los años 90 del siglo XIX.

La I Guerra Mundial es, por tanto, un gozne privilegiado, crisol de una trágica modernidad que, si bien no creó, sí que ayudó sobremanera a configurar con perfiles muy peculiares. Descubrir así algo nuevo nos conmueve. Su sola presencia tiene la suficiente capacidad expresiva y narrativa como para suscitar sentimientos muy específicos. Pero es evidente, que el sólo descubrimiento, sea historiográfico, individual o colectivo, no conduce a la conmoción, salvo que el proceso en sí tenga unas características que lo provoquen o susciten. La I Guerra Mundial no crea la modernidad, pero sí que la alumbra y la proyecta con gran fuerza sobre la inmediata postguerra.

Se ha dicho hasta la saciedad que la I Guerra Mundial fue la primera guerra total. A este término le podemos dar muchos significados, desde los geográficos hasta los instrumentales. Pero lo que me interesa destacar aquí es el significado que yo considero más preciso y sustantivo: aquel que remite a la capacidad del Estado de subordinar a su lógica y a sus intereses al conjunto de la sociedad. Se produce entonces una confusión entre los términos Estado y Sociedad y, teniendo en cuenta que el impulso que mueve al primero es la Guerra, hay una subordinación a su lógica de todos los aspectos de la vida civil: económicos, culturales, sociales, políticos y materiales.

Las dimensiones sobrecogedoras de la I Guerra Mundial se pueden entender mejor a partir de esta realidad holística. La criatura del Estado-Nación, que acabó de configurarse y de mostrar todas sus virtualidades en la época del imperialismo y del desarrollismo tecnológico de la II Revolución Industrial, emergió, como consecuencia del conflicto, con unas capacidades como no se habían conocido hasta el momento. De alguna manera, la relación de dependencia y equilibrio que había mantenido durante la época liberal a los dos polos, Estado-Sociedad, en una relación subordinada del primero a la segunda, se invirtió radicalmente, en un giro que determinó a su vez el de otros muchos y múltiples aspectos concretos de la vida civil.

La movilización general de la sociedad y de sus recursos al servicio de la guerra fue, sin duda, una de las manifestaciones más evidentes de esta inversión. Para ello fue preciso, como ya hemos dicho, una capacidad logística de dimensiones gigantescas: desde el ferrocarril hasta los taxis de París para la batalla del Marne, pasando por la intendencia necesaria para el sostenimiento de los soldados, motocicletas, bicicletas y caballos o barcos mercantes. El caballo, con su trágica presencia, en multitud de escenarios se convirtió en ese símbolo paradójico de una situación en la que convivía lo tradicional con la más rabiosa modernidad tecnológica.

Hubo dos episodios anteriores, la Guerra Franco-Prusiana y la Guerra de Secesión Norteamericana, que habían demostrado ya, aunque en menor escala, la importancia de la logística para la guerra moderna. Pero nada comparable a lo que ocurrió en estos cuatro años. Sabemos, por ejemplo, de la importancia de la vía de comunicación para el abastecimiento y los pertrechos del ejército francés en la batalla de Verdún. La famosa Voie Sacre o Vía del Sacrificio, una línea de 70 Km que se convirtió en la arteria vital para los franceses, veía pasar en muchas ocasiones un camión cada 10 o cada 5 segundos durante los 300 días y 300 noches que duró la batalla. Los proyectiles y municiones que emplearon los alemanes en los comienzos del ataque requirieron de 1.300 trenes. En sentido contrario, muchas de las ofensivas triunfantes de Brusilov, como sabemos, no pudieron consolidarse y fracasaron por el fallo desde Rusia de la infraestructura logística.

Sin embargo, de todo lo movilizado, seguramente sean los contingentes humanos lo más paradójico, al tiempo que dramático. En el caso de la Entente o Aliados se calcula una movilización total de algo más de 42.000.000 millones de personas y cerca de 23.000.000 por parte de los Imperios Centrales. Algo más de 65 millones en conjunto, con un porcentaje de bajas de cerca del 60 por ciento sobre los movilizados, contando heridos, muertos y prisioneros. El número de muertos se calcula entre 9 y 10 millones.

Las repercusiones fueron enormes, tanto social como económica, laboral o culturalmente. La producción masiva de municiones, por ejemplo, en muchos países quedó en manos de las mujeres; en otros, la declaración prioritaria de la producción armamentística convirtió a los obreros y empleados de los núcleos y fábricas de producción, como en Rusia, en la clave del mantenimiento de una situación cada vez más explosiva.

Pero, ¿por qué paradójico? Pienso en la paradoja porque seguramente no hay imagen que represente de manera más cruda el cruce entre la tradición y la modernidad que los miles y miles de soldados lanzados hacia la muerte en medio de un mar dominado por la tecnología más mortífera hasta ese momento ensayada. La desproporción entre el factor humano y el tecnológico, la inadecuación de uno respecto al otro constituye, sin lugar a dudas, uno de los aspectos que más conmueven de esta contienda.

A lo largo de ella hubo que ir improvisando medios de protección y de defensa del soldado: desde eliminar del uniforme francés el rojo chillón de los pantalones y el azul eléctrico de las chaquetas, reminiscencias del ejército napoleónico, hasta cascos de acero que protegieran la cabeza y que sustituyeran esos llamativos penachos, los temibles cascos acabados en lanza puntiaguda de los alemanes, o los peculiares gorros en forma de cuadrilátero de los húsares austríacos; o máscaras que fueran efectivas ante los gases y no ahogaran por ellas mismas. La bayoneta con la que la mayoría de los soldados iban provistos simbolizaba también el anacronismo de una guerra de cuerpo a cuerpo de antaño, cuando la realidad era que, en la mayoría de las ocasiones, al enemigo ni se le veía.

Como declaran muchos testimonios, la guerra no sólo se convirtió en una guerra inmóvil, sino en una guerra de enemigos invisibles. Resultaba mucho más útil una pala, incluso para rematar al enemigo cuando ya se le tenía medio muerto, que una bayoneta. Para un hombre que prácticamente estuvo presente en el frente occidental durante toda la guerra, Ernst Jünger, la experiencia de cuerpo a cuerpo sólo se produjo en una ocasión, a raíz de la gran ofensiva alemana desencadenada en marzo de 1918: “Aquella fue la primera vez en loa guerra que vi chocar masas humanas contra masas humanas”.

La guerra de trincheras no fue, como sabemos, un invento de la I Guerra Mundial. Existían precedentes claros en la Guerra de Secesión norteamericana. Pero no cabe duda de que acabó siendo la expresión más destilada y metafórica de lo que fue esta contienda. La gran cantidad de imágenes, bien directas, bien cinematográficas o la imaginación a través de los relatos y de los libros de memorias hace muy difícil decir algo que no haya sido ya visualizado, sentido o imaginado sobre ellas. Intentaré, con todo, sintetizar algunos aspectos que considero que ejemplifican la inversión total de valores que tuvo como escenario este peculiar espacio.

En primer lugar, la trinchera, como manifestación de una guerra defensiva e inmóvil, produjo la inquietante alteración de la normal relación entre la táctica (los medios y su disposición para alcanzar un objetivo) y los objetivos.  Paradójicamente, el propio frente pasó de ser un medio a convertirse él mismo en objetivo; era el frente, su estructura interna, su fisonomía, su disposición, el que marcaba los objetivos. Fue un deslizamiento estructural hacia la sinrazón, hacia la falta de sentido.

En segundo lugar, y muy en relación con lo anterior, se invirtió el sentido de la relación ofensivo-defensivo y, de rebote, se invirtió el sentido tradicional de héroe. El soldado prototípico no fue el soldado atacante, sino el resistente. El héroe es el resistente (llamo simplemente la atención respecto al significado político y cultural de este término en la Europa de entreguerras y de la inmediata postguerra). Por otra parte, el héroe carecía ya de nombres y apellidos, no era un individuo concreto, irreemplazable: era un héroe anónimo y, en este sentido, colectivo.

En tercer lugar, y como ya se ha dicho, la trinchera fue el escenario de la trágica desproporcionalidad entre los medios humanos y técnicos y armamentísticos utilizados. La única proporcionalidad trágica que se contempló en este escenario fue la de la gran movilización de recursos humanos y el número de muertes, heridas o bajas. 

La trinchera, en sí misma, es un infierno que puede resultar caótico y, desde luego, mortífero. Pero es también, como pone de manifiesto Ernst Jünger, una especie de “fragua subterránea del futuro”, organizada con criterios de orden, racionalidad, división de tareas y efectividad. Acaba siendo un perfecto hormiguero en cuyo interior, como sonámbulos, los soldados se mueven mecánicamente e interpretan una sinfonía que, sin embargo, son incapaces de hacer suya.

Porque, en efecto, esa es otra de las consecuencias de esta guerra: la imposibilidad del soldado de “hacerse cargo” de manera global de la situación de la guerra. Los referentes generales se pierden. El enemigo, además, no se ve, simplemente se escucha o se intuye. En este sentido, la I Guerra Mundial supone, como muy bien ha indicado Enzo Traverso, el traslado a este ámbito de las técnicas tayloristas ensayadas en la producción. No se trata sólo de la primera guerra industrializada, sino de la primera taylorista.

Ese “hormiguero” racionalmente construido es capaz de contener y forjar en sí mismo una racionalidad por venir, fraguar al hombre trabajador y soldado del futuro, aunque paradójicamente acabe configurando al buen soldado a partir de la emergencia de valores irracionales, instintivos y primarios. El perfecto soldado, de hecho el único soldado posible, fue aquel que no sólo se confundía con el barro, el agua y el color gris de la tierra de la trinchera, sino el que dejaba de pensar y se movía a impulsos instintivos.

​Ese ser instintivo, por otra parte, implica la pérdida progresiva de cualquier referente abstracto y general y su sustitución por lo concreto e inmediato. Es la sustitución del sentido de Nación por el de Comunidad, el de Honor por el de Sobrevivencia, el de Héroe por el de Resistente, o, simplemente, la pérdida de todo sentido relacional o identitario más amplio y su sustitución por el de camarada.“Estamos unidos”   -dirá E. Jünger-  “por los lances vividos, por los trabajos realizados, por la sangre derramada. Ninguna otra cosa podría unirnos más”.

La camaradería es esa comunidad de experiencia que sustituye lo general por lo concreto, lo abstracto por lo sustantivo y que, al trasladarse a la vida civil o política posterior, de la época de entreguerras, cambia el sentido simbólico y jurídico de la política por el volitivo y sustantivo y voluntarista de una concepción totalitaria.

El sujeto o individuo político no es ya el portador de unos derechos y de unos deberes en un ámbito de defensa de aquellos y de ejercicio de éstos, sino un miembro que pertenece a una comunidad concreta y orgánica, que se relaciona con sus homónimos porque los siente camaradas y que forman parte individual y colectivamente de una única expresión de voluntad que se encarna en un jefe. El sentido de la política y de lo política ha cambiado extraordinariamente y ha adquirido nuevas dimensiones y significados desde el interior mismo de la guerra.

Hay, derivado de todo esto, más consecuencias a analizar. La vida como lucha y ésta como manifestación de voluntad, tendrá su corolario en la pérdida de cualquier mediación en la acción política, ni jurídica ni institucional. La calle puede sustituir al parlamento; el enfrentamiento violento al dialéctico de la palabra o de la discusión jurídica; la Constitución en sentido normativo y jurídico a la constitución como forma de expresión cultural y organizativa de un pueblo, como manifestación de su voluntad. Su guardián, en consecuencia, parafraseando un gran debate jurídico habido en los años 30, no sería ya la propia norma establecida o un tribunal dotado de legitimidad porque así lo reconoce la propia norma suprema: sería aquel individuo o persona que mejor sepa encarnar las esencias y las tradiciones de ese pueblo en un momento excepcional.

Más allá de los totalitarismo   -que en el fondo de eso estamos hablando-   hay un cambio profundísimo de los valores del positivismo jurídico de la sociedad liberal y burguesa anterior, una crisis de los mismos que la guerra contribuyó sobremanera a deteriorar, incluso a cuestionar en algunos países que, como Francia o Inglaterra, mejor habían resistido los embates de la modernidad. En la nueva sociedad de masas, lo colectivo sustituye a lo individual y lo sustantivo a lo abstracto, la voluntad a la expresión jurídica de la política.

La I Guerra Mundial implicó, tal vez de una manera drástica y por primera vez en la historia, el establecimiento de una línea de continuidad y, por tanto, de no diferenciación, entre el frente militar y la vida civil. Como ya hemos visto, una guerra total significa, en efecto, la subordinación de todos los aspectos de ésta a la lógica de aquel y a las necesidades de la guerra. A ello, además, podemos añadir, el efecto que sobre esa misma población civil tuvo el criterio de una guerra de aniquilación o destrucción, así como la utilización de métodos y técnicas de combate que, simplemente, ampliaban extraordinariamente el ámbito físico del frente (pensemos en la aviación, o los tanques, en sí mismas armas y elementos capaces de borrar o no reconocer ninguna línea ni división)

Pero hubo algo, desde mi punto de vista, más profundo, que implicó “la militarización”, por así decirlo, de la sociedad civil, su contagio cuando menos de aquellos valores que se habían forjado en el seno de la guerra y de las trincheras: fue la proyección sobre esa misma sociedad, por parte de eso que se llama “la generación perdida”, de los valores y realidades forjados durante los cuatro años de conflicto. La tensión del enfrentamiento en la guerra definirá esa misma realidad y tensión en el escenario civil y político, llevándose por delante a muchas de las élites dirigentes y de los partidos tradicionales, de la misma manera que la guerra se había llevado por delante a una gran mayoría de la vieja casta militar, incapaz de afrontar con éxito e inteligencia los retos de una guerra nueva. 

La novela de Eric Mª Remarque, Sin novedad en el frente, se sitúa en el centro mismo de aquello que se ha denominado la “generación perdida”, de cuyos perfiles y expectativas, además,  se convierte en expresión  Es la generación que, al igual que Paul Bäumer, su protagonista, es arrancada a los 19 año de su medio geográfico y social, y escolar en el que estaba siendo formada; que es lanzada a una guerra que no tenía paragón hasta ese momento en la historia; que se encontrará totalmente distante de la vieja casta militar que, por otra parte, parece estar dando palos de ciego a lo largo de toda la contienda; que reconstruye todo un horizonte de sociabilidad inmediata, concreta, igualitaria y solidaria con los camaradas y militares de media y baja graduación; que, posteriormente, al final de la guerra, con terribles secuelas, es devuelto a un sociedad civil en sí misma desarticulada, desecha y con graves problemas, y a la que, inevitablemente, traslada sus nuevos valores y su nueva moral de transgresión, su “otra realidad”; una generación con múltiples casos de neurastenia, de impotencia sexual, de mutilaciones múltiples, de secuelas físicas y psíquicas desconocidas hasta el momento; y una generación, en fin, desarraigada: en Alemania, a finales de los años 20, el 80 por ciento de los parados entre 30 y 40 años eran antiguos soldados combatientes, es decir, esa generación que era consciente que la guerra había sido no “el eje trémulo de toda la historia”, sino de su propia e irrepetible historia.

Fijémonos que, a fin de cuentas, cuando el duelo de la muerte y del trauma empieza a ser realizado, de una manera colectiva e individual, y ocurre allá a mitad de los años 20, la forma de expresarlo no es a través de la reflexión o del análisis histórico o del relato historiográfico, sino de un relato del yo, personal, bien sea a través del memorialismo, bien sea a través del recuerdo novelado, o de una mezcla de ambos. Es el yo, la experiencia personal que sustituye al relator omnisciente o pensante de la narrativa anterior.

​Es una generación que, además, exige y clama por las responsabilidades de aquellos que consideran responsables del suicidio, frente a los cuales proclaman una superioridad moral: “Mientras ellos seguían escribiendo y discurseando, nosotros veíamos ambulancias y moribundos; mientras ellos proclamaban como sublime el servicio al Estado, nosotros sabíamos ya que el miedo a la muerte es mucho más intenso. Por eso no nos convertimos en rebeldes, ni en desertores, ni en cobardes   -ellos se servían de esas expresiones con gran facilidad; amábamos a nuestra patria tanto como ellos, y nos aprestábamos al combate con coraje; pero ahora teníamos capacidad de discernimiento, de improviso habíamos aprendido a ver y vimos que no quedaba ni rastro de su mundo. De pronto nos sentimos solos, terriblemente solos; y solos deberíamos enfrentarnos a ellos”.

El anuncio del enfrentamiento dibujaba negros presagios: “… (…) todo lo que ahora, mientras combatimos, se hunde en nuestro interior como una piedra, emergerá de nuevo cuando la guerra termina y entonces será cuando empiece el conflicto a vida o muerte. Los días, las semanas, los años vividos aquí volverán, nuestros camaradas muertos resucitarán y marcharán con nosotros, nuestras mentes recuperarán la lucidez, tendremos un objetivo. Y así marcharemos, a nuestro lado los compañeros muertos, los años del frente a nuestra espalda”. La gran pregunta, sin embargo, aquella que definiría en sí misma opciones políticas distintas, sería la expresada por el propio autor-protagonista de la novela: “¿Contra quién marcharemos”?

La I Guerra Mundial no “inventó” las trincheras, pero nunca como en esta ocasión, este sistema de defensa se convirtió en lugar tan dramáticamente expresivo de la aceleración de un cambio de valores que habría de marcar con señales indelebles el futuro porvenir. Nadie como Ernst Jünger, que vivió la guerra con indecible expectación e incluso aquiescencia, pudo describirlo mejor: “Tal vez no haya ningún otro lugar en que se perciba mejor que aquí en la trinchera la manera en que el espíritu de una época se cae a pedazos, cual un desastroso vestido. Hay algo de siniestro en el modo en que se tornan hueros e indiferentes pensamientos que hasta hace poco tomaba uno en serio; es como si, en medio de una enorme escombrera, uno se encontrase con los espíritus de unos conocidos ya fallecidos y mantuviese con ellos una conversación fantasmal”. Espectros fantasmales, pero también un camino plagado de horror que no conducía sino al Horror mismo.

Era un horror que, lejos de quedarse estancado en el frente o afectar exclusivamente a la población militar, traspasaba las ya de por sí tenues líneas divisorias entre la retaguardia y ese mismo frente. Una colegiala adolescente alemana, que no participó directamente en la guerra era capaz de anotar en su diario aspectos tan concretos como los siguientes: “Esta guerra es un harapiento fantasma gris, una calavera de la que salen gusano. Desde hace varios meses se están librando nuevos combates en el frente occidental. Tenemos batallas en Le Chemin des Dames, en Aisne y en la Champaña. Toda la región no es más que un campo de ruinas, hay sangre y barro por todas partes. Los ingleses han introducido un arma nueva y terrible, un vehículo acorazado sobre rodillos que puede aplastar cualquier tipo de obstáculo…les llaman “tanques”. Nadie está a salvo de ellos, ruedan por encima de cualquier batería de artillería, de cualquier trinchera, de cualquier posición, y las allanan, por no decir lo que hace con los soldados. Todo aquel que intenta salvarse en el embudo de una granada, ahora lo tiene muy negro. Después está el endemoniado gas tóxico. Los ingleses y los gabachos todavía no han desarrollado (a diferencia de los soldados alemanes) máscaras antigás seguras, con provisión de oxígeno. También hay un gas venenoso que traspasa la ropa. ¡Qué manera de morir!”.

Sin lugar a dudas, es desde la experiencia irrepetible de los protagonistas de esta guerra desde donde más se puede calibrar y sentir todo el horror y conmoción de esta guerra. Es una forma de sentir la guerra casi a “ras de trinchera”.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

Blomm, Philipp, Años de vértigo. Cultura y cambio en Occidente, 1900-1914, Barcelona, Anagrama, 2010.

Cobb, Humphrey, Senderos de gloria, Madrid, Capitán Swing, 2001

Díaz Pérez, Eva, El sonámbulo de Verdún, Barcelona, Destino, 2011.

Eksteins, Modris, La consagración de la primavera: la Gran Guerra y el nacimiento de los tiempos modernos, Valencia, Pre-Textos, 2014.

Englund, Peter, La belleza yel dolor de la batalla. La Primera Guerra Mundial en 27 fragmentos, Madrid, Roca editorial, 2011.

Fussell, Paul, La Gran Guerra y la memoria moderna, Madrid, Turner, 2006.

Gaziel, De París a Monastir, 1915,Barcelona, Libros del Asteroide, 2014.

Hemingway, Ernest, Adiós a las armas, Barcelona, Debolsillo, 2014.

Jünger, Ernst, Tempestades de acero, Barcelona, Tusquets, 2013.

Lozano, Álvaro, Breve Historia de la I Guerra Mundial, Madrid, Nowtilus, 2011.

———— La Gran Guerra, Madrid, Marcial-Pons, 2014.

Mac Millan , Margaret, París, 1919. Seis meses que cambiaron el mundo, Barcelona, Tusquets, 2005.

———— 1914. De La Paz a la guerra, 1914. Madrid, Turner, 2013.

George L. Mosse, Soldados caídos. La transformación de la memoria de las guerras mundiales, Zaragoza, P.U.Z, 2016.

Remarque, Eric Mª, Sin novedad en el frente, Barcelona, EDHASA, 2007.

Stuparich, Giani, Guerra del 15, Barcelona, Minúscula, 2012.

Traverso, Enzo, A sangre y fuego. De la guerra civil europea (1914-1945),Valencia, Servei de Publicacions de la Universitat, 2009.

———— La violencia nazi. Una genealogía europea, México, F.C.E., 2002.

Tuchman, Bárbara W., Los cañones de agosto. Treinta y un días de 1914 que cambiaron la faz del mundo, Barcelona, Península, 2004.

Deja un comentario