Desbordante Elisabet Gaskell

(A propósito de Norte y Sur, de E. Gaskell. Barcelona, Alba, 2020)

En poco tiempo he leído dos obras sobre el mismo tema. Una, a la que ya me he referido, es un extraordinario libro de Sven Beckert, El Imperio del algodón; una historia global, no sólo del algodón, sino del capitalismo industrial que contribuyó a crear y de la revolución industrial que impulsó.

La otra, Norte y Sur (1854-55), de Elizabet Gaskell, una victoriana, de formación y cultura unitarista, amiga y colaboradora de Dickens, y una de las impulsoras mejores del género biográfico en el siglo XIX en su Vida de Charlotte Bronte (1857). Es una novela que se adentra también en el tema de la revolución industrial, pero desde el punto de vista de la disrupción de las costumbres, hábitos y culturas del mundo rural inglés.

Con ella hemos inaugurado este curso el Club de Lectura “Historia y Cultura” en la librería Gaia. Una sesión finalmente presencial cuya continuidad esperamos no interrumpa ninguna contingencia.

Según G.K. Chesterton (La Época Victoriana en la literatura) ninguna otra novela supo excavar tan hondo en “el prometedor cauce de la domesticidad” como Cranford, de Elizabet Gaskell.

El término “excavar” puede ser excesivo referido a una narración y a una escritora. Pero la impresión que se tiene con Gaskell es que sus ficciones no narran, no explican, no cuentan, sino que penetran, excavan y ahondan hasta lo más profundo de ambientes, psicologías, comportamientos, hábitos, atmósferas, léxicos… 

El juego y la lucha por las palabras, las disputas por su significado es posiblemente uno de los instrumentos más precisos y preciosos para penetrar en los límites de las culturas. Y lo que tenemos en Norte y Sur es, en efecto, el choque entre dos culturas que se encuentran, que pugnan por reconocerse, que se disputan las palabras y los símbolos, que confrontan comportamientos y rituales.

​La revolución industrial en determinados condados del noroeste de Inglaterra comportó, en efecto, más allá de otras consecuencias materiales y sociales, la emergencia de una potente cultura que confrontó con el tradicional ruralismo de los condados del sur. 

En Gaskell no encontramos una postura nostálgica ante eso que se ha venido en llamar “los pasados perfectos”. No hay bucolismo ni lirismo. Se trata de dos ecosistemas, con sus virtudes y sus defectos, confrontados entre sí a través de los dos protagonistas personales, la señorita Margaret Hale, hija de una pastor disidente y crítico con su Iglesia, y el industrial Thornton.

Elizabeth Gaskell en 1832, por William John Thomson (1773-1845).

Gaskell ha podido utilizar la anterior y tradicional oposición entre la Cour and Country, pero sustituyéndola por la oposición entre una localidad rural y una ciudad industrial, para convertir su narración prácticamente en una novela de tesis.

En ningún momento se trata de una contraposición entre lujo/simplicidad rural, o entre corrupción/virtud, sino entre tradición/novedad. Una novedad que queda reflejada en el ambiente brumoso, denso, sucio e insano de una reciente ciudad industrial, Milton; y se personifica admirablemente en el orgullo, disposición, utilitarismo y austeridad de ese “tendero” convertido en fabricante, el señor Thornton.

No es el viejo y todavía criticado mundo del “comerciante”. Es la nueva figura de alguien que, más allá de limitarse a comprar y vender, invierte su capital en producir. En Milton sólo se vislumbra “trabajo para vender y capital para comprar” (p. 159). Toda una revolución.

La tradición, centrada en Helstone, en el Sur de Inglaterra, es percibida casi como “una burbuja de caballeros”, dominio de la antigua clase aristocrática pero, sobre todo, habitada por la pequeña nobleza y clérigos anglicanos o puritanos. Campesinos y oficios tradicionales, alguno de ellos al servicio de los nobles, soldados, marineros… pueblan ese universo. Del mismo resulta expulsado incluso el “comerciante”, una figura y un oficio que, no obstante, hacía mucho tiempo que había sido protagonista de una profunda transformación en la economía inglesa y que, integrado en la gentry, había superado ya los peyorativos límites en los que lo había recluido la cultura caballeresca.

​Pero Gaskell prefiere mantener ese significado antiguo y peyorativo, precisamente como contrapunto potente y contundente al de fabricante. “No llames comerciantes a los industriales de Milton… Son muy diferentes” (p. 87), le recrimina el pastor Hale a su hija. 

​Toda la novela es una sucesión de dualidades en pugna: campo/ciudad, cultura libresca y caballerosa/cultura utilitarista, hábitos aristocráticos con cierta indolencia/austeridad y dureza de los hábitos burgueses, casas rurales/casas burguesas y proletarias, obrero/patrón, ocio/trabajo… 

​Un nuevo mundo estaba emergiendo y es la rapidez de su irrupción y su contundencia y novedad lo que confronta radicalmente con la vieja cultura de la Inglaterra rural que, no obstante, acabaría demostrando a lo largo de todo el siglo su fortaleza y su capacidad de referente cultural e, incluso, político.

Sorprende en la novela la penetración psicológica de la autora, su amplísima cultura y la capacidad de indagación y descubrimiento de las nuevas realidades sociales y culturales. Toda ella está llena de detalles simbólicos que, como mojones luminosos, van definiendo a la largo de la narración el contraste entre los dos mundos. De la misma manera, las palabras, su significado, se convierten en las armas precisas de un combate que alumbrará un nuevo mundo.

Podríamos definir la narración de Gaskell como el discurrir permanente de un rio de voces que entrechocan, arrastrando consigo sus experiencias, sus vivencias y sus formas de nombrar aquello que ven. La lucha por las palabras es una lucha por apropiarse de la realidad y, en definitiva, por el poder. Una nueva realidad, necesita de nuevas palabras. Algunas antiguas necesitan una redefinición. Todo un tratado de historia cultural. Una novela imprescindible e inagotable.

​València, octubre de 2020

Carmen García Monerris

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