El doloroso laberinto de Rafael Chirbes

(A propósito de La larga marcha [1996], Barcelona, Anagrama, 2021)

Se han escrito bastantes novelas sobre la posguerra y el franquismo. Sin lugar a dudas, desde mi punto de vista totalmente subjetivo, la mejor de todas ellas sigue siendo Tiempo de silencio. Algunas páginas de La larga marcha de Chirbes me han recordado, salvando estilos, la magna obra de Martín-Santos.

En ella, el autor valenciano cumple a la perfección aquello de que el pasado es el lugar donde poder materializar las historias de la Historia. Historias de gente muy común, de vidas y contingencias que se desenvuelven en diversos puntos geográficos de esa España negra de la posguerra y el primer franquismo. Que se adaptan a las circunstancias, mimetizándose con el páramo moral reinante o que pugnan por recuperar una dignidad que se les niega.

No hay espacio para heroísmos, como no sea que el propio instinto de la supervivencia conlleve ya en sí actos de valentía. Tampoco lo hay para demasiadas esperanzas. Recuerdo que, en medio de la desolación y el desgarro que dibujaba la novela de Martín-Santos, sentías en ella, sin embargo, el grito poderosísimo de recuperación de un gran tradición cultural ahogada por la represión franquista.

En Chirbes no hay nada de eso: es la pura y dura historia de miembros de la generación que hizo o vivió la guerra y de los hijos que lograron ser engendrados en aquellos oscuros años, “la joven guardia” como es calificada un tanto irónicamente por el autor. Una nueva generación que, al filo del Plan de Estabilización y de los inicios del desarrollismo, coincidirá en las primeras algaradas universitarias contra el régimen.

Rafael Chirbes se hizo pocas concesiones a sí mismo a lo largo de su vida. Tampoco se las hizo a los personajes de sus novelas. Se ha dicho de La larga marcha que era la novela que una generación necesitaba. En cualquier caso, los resquicios para la esperanza son mínimos

Los protagonistas de la primera parte, los más directos perdedores y supervivientes de la guerra civil, capean como pueden sus misarías o, los más afortunados, intentan sacar partido de las necesidades de la inmensa mayoría.

La metáfora que los resume a todos y con la que el autor cierra las vicisitudes de este “ejército del Ebro” es casi surrealista: la de un perro vagabundo que tiene un encuentro con un mastín en un corral, del que sale malherido. Con paso vacilante, sangrando, con hambre y frío, “las fatigadas patas del perro dejaban imperceptibles huellas de sangre” (p. 180).

Era el reguero dejado por la dictadura: sobrevivir como se podía en un ambiente de miedo, represión, silencios, frío material y moral. Un Madrid, resumen de otras capitales, donde abundaban los soplones, estraperlistas, juerguistas y señoritos que a mediodía tomaban “su vermut con mejillones… con el ABC entre las manos” (p. 122).

La muerte podía tener un halo de heroísmo, pero sobrevivir se convertía en un acto de indignidad. La impresionante figura de médico republicano, D. Vicente Tabarca, es una muestra fehaciente de ello.

Desde los orfanatos o desde otras situaciones familiares poco halagüeñas, la nueva generación que antes del 68 acababa sus estudios de bachillerato y accedía a la Universidad iniciaba su peculiar, voluntarioso e intelectualizado proceso de oposición al régimen.

Como una suerte de torrente, en ese proceso se mezclaban y confluían los sectores sociales más diversos: desde el hijo de los dueños de una pensión, algo escépticos con las posibilidades que pudiera ofrecer la gran ciudad; las hijas de un médico republicano que se ha salvado de la pena de muerte y que convierte su supervivencia en una mezcla de rencor y cobardía; hijos de ricos navieros y conserveros del Norte; un peón agrícola que encuentra en el inicio del boom de la especulación y de la construcción las posibilidades de prosperar…

Cachorros que empiezan su juventud a mediados de los 60 y que entienden y viven la cultura como instrumento de regeneración de la adormecida y podrida sociedad del momento. Su lucha tampoco tiene nada de viril ni de heroico. A veces es sentida con una resignada inevitabilidad, casi mecánica.

Tras la entrega a la organización clandestina, muchas actividades “habían pasado a convertirse en piezas del rompecabezas que se construía sigilosamente en todo el país y que iban dibujando un paralelo país en la sombra, cuya secreta geografía sustituiría, cuando menos se esperase, la sórdida geografía de descampados y misarías, y de policíacos jeeps y uniformes militares, las desconchadas aulas del colegio de curas obreros en el que se habían colado como profesores, las informes extensiones de chabolas que emergían del barro como un rebaño de animales enfermos…” (pp. 347-348)

Algunos bienestantes burgueses descubren con estupor que sus cachorros celebran reuniones secretas en sus propias casas. “¿Qué estaba pasando en la universidad?” ¿Qué pasaba, en general en el país?

El porvenir sabemos que tampoco vislumbraría cambios en el sentido anhelado por Chirbes. Si la generación de la guerra se metamorfosea en un perro herido y hambriento, la “joven guardia” concluirá su oposición al régimen en los siniestros calabozos de la Social. En medio de gritos, torturas y sangre, lo que llegaba parecía una eternidad en la que también unos perros se disputaban entre gruñidos los desperdicios de la basura.

Se trata de una atormentada novela de un autor original y también atormentado. En alguno de los relatos de La larga marcha encontramos ecos de la biografía de Chirbes. Al escritor valenciano, como a muchos de los protagonistas de esta novela, la niñez se les rompió en un determinado momento.

Su padre, un peón ferroviario, murió cuando Rafael contaba cuatro años. Su madre, otra pobre guarda vías, no tiene más remedio que enviar a su hijo a diversos orfanatos en Ávila, León o Salamanca. La pérdida del padre y el alejamiento de la madre supone, asimismo, el de la lengua materna, las costumbres y el paisaje de su tierra natal.

Una de las calas de la Marina Alta

Fue otra notable ausencia, que Chirbes intentó paliar con su regreso a un pueblo de la Marina Alta, Beniarbeig, que le permitiría, además, cierta proximidad a su hermana y a su familia.

Sin embargo, aquello que había sido, ya no era. La brutal colonización de esa comarca por parte del desafuero del ladrillo convirtió a Chirbes en un resentido y justiciero testigo que se cobró su venganza con la estremecedora novela Crematorio.

Vista del litoral desde la marjal de Pego
Una de las múltiples aberraciones urbanísticas en el litoral y prelitoral valenciano

Nunca llegó a perdonar la conversión de su país en una “piel de zapa”. En sus impresionantes Diarios (seguramente su mejor obra), describió el efecto que le causó un viaje por la costa, desde Elche: “en los más de cien kilómetros del recorrido, apenas quedan zonas que no estén ocupadas por chalets, carreteras, vertederos, edificios de apartamentos o polígonos industriales. Ayer, aquí mismo, al pie de casa, una máquina arrancaba los almendros, imagino que preparando el terreno para una próxima construcción. Al mirar en dirección al mar, compruebo que las cercanas colinas están prácticamente cubiertas de casas…” (p. 245)

Su denuncia contiene una profunda carga moral. “¿Qué respeto puede merecer un pueblo que ha convertido el paraíso que le regalaron… en un albañal infecto?” (p. 339).

A la pobreza de su origen y de su niñez, al alejamiento físico y emocional de su tierra, se uniría su nunca bien aceptada ni asimilada homosexualidad. De la misma quedó constancia sólo en dos de sus obras póstumas, Paris/Austerlitz, y en algunas de las entradas de sus Diarios, también editados después de su fallecimiento. Lo suficiente como para dejar en evidencia el sentimiento de culpa que le acompañó tras el fallecimiento a causa del VIH de su compañero parisino, François, y la realidad de unas atormentadas y tortuosas relaciones atravesadas en ocasiones por cierto grado de homofobia.

Chirbes no debió ser una persona fácil. Atormentado, escéptico, autodestructivo…, se negó casi hasta el final su condición de gran escritor. Nada mejor que su relación con la escritura para comprender el grado de tensión permanente y de infelicidad en el que parecía instalado.

Su imaginación era potente. Durante mucho tiempo (demasiado para lo que hubiera sido su gusto), se debatió con dolor entre la idea imaginada del novelista que quería ser y la realidad de un escritor que se desenvolvía profesionalmente en el ámbito del periodismo cultural -gastronómico.

La potencia de la idea, de lo imaginado, le proporcionaba la tranquilidad de poder transitar por infinidad de posibilidades, todas ellas abiertas, pero ninguna realizada. Al mismo tiempo, eso le negaba la acción, es decir, la escritura. Era una manera de no madurar, porque, como él mismo confesara, “No es fácil atravesar la frontera de la madurez cuando la orfandad te ha dejado sin modelo” (p. 382).

La parálisis que le sobreviene a menudo (“no escribo, no escribo, no escribo”) no es más que la manifestación extrema de la dolorosa lucha entre la omnipotencia de lo imaginado y la versatilidad de la realidad. Una realidad que comporta la crítica y redimensiona inevitablemente tu obra o tu acción.

Por eso, también el mundo de fuera es un barrizal a veces intransitable: “Creo que el que la gente me diga que la novela está bien me asusta y me paraliza” (p. 170)

A fuerza de incredulidad propia, de momentos de autodestrucción, otros de efímera y culpable felicidad, y entre máquinas que iban arrancando naranjos y almendros, Chirbes, desde que publicara su primera novela, Mimoun (1988), acabó por construir (y construirse) un universo literario impresionante, nada complaciente ni con su generación ni con el país que se empezó a dibujar tras el triunfo de la socialdemocracia y la integración en Europa.

Leerlo no es un ejercicio fácil, pero supone un claro revulsivo para nuestra acomodaticia memoria. No en vano, el gran escritor portugués, Miguel Torga, escéptico en general y euroescéptico en particular, fue uno de sus autores admirados. También él, como Chirbes, se asomó con vértigo a un mundo que sólo en apariencia decía caminar por la senda del progreso y de ciertos valores recobrados.

Carmen García Monerris

València, mayo de 2022

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