
Haber leído a Siri Hustvedt ha sido un placer y una experiencia difícil de olvidar. Nos reunimos en el club de lectura para comentar El verano sin hombres. Yo había leído, además, La mujer temblorosa y su última recopilación de trabajos Madres, padres y demás. Apuntes sobre mi familia real y literaria.
A su familia real dedica los primeros capítulos de este último libro. Sus bisabuelos paternos fueron emigrantes noruegos que se instalaron en las llanuras de Minessota a finales del siglo XIX. Allí continuó la familia, en una granja de tamaño medio que se vio sacudida, como la mayoría, por la profunda crisis de los años 30 del siglo XX, y que redujo a la pobreza a una inmensa capa de campesinos estadounidenses. La finca familiar, aunque más reducida, pervivió, bajo el dominio de la poderosa figura de la abuela de Siri.
Su padre hizo carrera universitaria tras su servicio en el ejército y se convirtió en un especialista en la literatura y la cultura noruegas. En Oslo conoció a la que sería su esposa, una mujer educada en la tradición y en el pietismo, culta, amante de la naturaleza y todo un referente intelectual y amoroso para sus hijas.

Campesinos de Minessota a finales del siglo XIX
Su ascendencia noruega es, por tanto, evidente. El físico de la escritora así lo atestigua. Alta, algo desgarbada, muy blanca y con un pelo rubio de apariencia indomable, su cara deja entrever con cierta frecuencia las huellas de un dolor a la fuerza crónico, inevitablemente persistente.
Y es que Siri Hustved ha hecho de la indagación de sus dolencias y del comportamiento de su cuerpo su campo de investigación intelectual preferente. Como confesaría en La mujer temblorosa, “seguir la pista de mi patología se ha convertido en una aventura dentro de la historia de la experiencia y la percepción”.
Feminista irreductible, está casada con el también escritor, de origen judio, Paul Auster. Esta situación le ha obligado en repetidas ocasiones a reafirmar su independencia respecto al que determinada crítica considera “su mentor”.

Su personalidad y su inteligencia, sin embargo, convierten esta suposición en una fortaleza: “Una peculiaridad de mi historia personal”, dirá, “es que se me asignó desde la distancia un mentor que no es, no fue y no ha sido nunca mi mentor. Yo soy la humilde alumna de esa fantasía”.
Sus auténticos y fructíferos mentores son otros muchos y distintos: desde Jane Austen hasta el filósofo Kierkegaard, pasando por Freud, Lacan, Emily Brönte o la artista Louise Bourgeois. Su cultura es inmensa y tanto sus novelas como sus ensayos se ven continuamente tachonados de referencias a infinidad de autores.
Pero si algo distingue a esta escritora es su empeño en mantener una postura holística e interrelacionada respecto a todo lo que tiene que ver con el ser humano. En ella, el término “humanidades” adquiere su pleno sentido y alcanza todo su potencial. El Premio Princesa de Asturias, otorgado en 2019, fue un reconocimiento merecido a su valor.
Intelectual feminista, ha hecho de la interdisciplinariedad entre ciencias y letras uno de sus signos de identidad. Es poeta, narradora, ensayista, periodista, conferenciante… Imparte, además, clases de posgrado en psiquiatría narrativa a futuros médicos, psiquiatras o escritores; participa igualmente de determinadas prácticas clínicas orientadas a la curación mediante la palabra y la escritura.
A su cultura literaria y artística une sus conocimientos en neurobiología, psiquiatría, física, antropología, psicoanálisis o sociología. Un interés como vemos plural, que tiene en el conocimiento del “yo” individual y social, en la complejidad del ser humano y en su realidad física y psíquica, en su entorno social y en su vertiente temporal, un poderoso leitmotiv que atraviesa toda su producción, tanto la de ficción como la ensayística o la de divulgación.
Tal como refiere en La mujer temblorosa, fueron sus propias dolencias las que alimentaron su curiosidad. Mujer dotada de una hipersensibilidad infrecuente, paciente de recurrentes migrañas con aura, tras la muerte de su padre en 2019 empezó a sufrir de unos ataques temblorosos cuando actuaba en público que, no obstante, no mermaban ni su capacidad intelectual ni la del habla.

El aparente “desdoblamiento” que ello le producía y, sobre todo, el calvario de especialidades y especialistas a que se vio sometida, canalizaron su ya predispuesta inteligencia hacia estos campos científicos.
En Siri Hustvedt se observan una serie de problemas o temas recurrentes, siempre atravesados por su punto de mira feminista y por su compromiso social y político. El primero de ellos, tal vez por su carácter prioritario y matricial, es el de la necesidad de superar las enquistadas dicotomías por las que transcurre el pensamiento occidental desde sus orígenes.
Dentro/ fuera, físico/psíquico, cuerpo/mente, natural/artificial, cuerpo/alma, ciencias/letras… son binomios que impiden comprender y aprehender la complejidad del ser humano y los efectos interrelacionados de elementos sólo en apariencia irreductibles.
La realidad se nos construye y se nos muestra a través de una percepción (otro de sus grandes temas) necesariamente determinada por la herencia del pasado y por la experiencia del individuo en su entorno. “La percepción “, dirá, “no puede separarse ni del pasado ni del contexto actual de la experiencia”. El sujeto pensante y perceptor, por otra parte, difícilmente puede desligarse de sus expectativas o proyectos de futuro. El presente nos viene condicionado no sólo por lo que ha sido, sino también por lo que proyectamos ser.
Pero el sujeto, más allá de ser pensante, es también emocional. Los sentimientos son la otra batería para el conocimiento y para nuestra construcción como seres sociales. La emotividad, además, contribuye de manera notable a fijar en la memoria determinados elementos de nuestra experiencia. Aquello que nos “conmueve” es lo que al final no se olvida. “Las emociones consolidan los recuerdos”, sentenciará.
El individuo es un ser racional, pensante y emotivo, pero intrínsecamente social. Las coordenadas que se trazan entre el “yo” y el “tú” definen no sólo la subjetividad, sino también lo corpóreo, no sólo lo individual, sino también “lo nuestro”. Son las mismas interferencias, los mismos límites que se trazan entre lo biológico y lo psíquico, entre lo material y lo espiritual.
De hecho, y tal como afirma, “ningún sistema de clasificación con sus límites estrictos ni ninguna enciclopedia de cualquier disciplina pueden contener los límites cambiantes de la experiencia humana dinámica”.
Siri Hustvedt es una mujer llena de preguntas, llena de voces que “no se ponen de acuerdo entre sí”. Las mismas preguntas y las mismas voces que nos asaltan y nos conmueven cuando la leemos o la escuchamos. No hay solución sin pregunta, no hay vida sin inquietud. La vida misma es una cadena de cuestiones que se van desarrollando y desplegando a lo largo del tiempo.
Hustvedt ha hecho de la curiosidad y de la inquietud su vida. Nada más esencial ni nada más complejo a la vez. Podemos comprobarlo en su emotivo e inteligente discurso en la Fundación Princesa de Asturias. https://fb.watch/cFsMA30X_P/
La novela El verano sin hombres (2011), viene a ser una síntesis de lo fundamental de sus preocupaciones. Aunque algunas situaciones y experiencias de la protagonista tienen un referente autobiográfico, Siri Hustvedt niega este carácter a sus obras de ficción: “Aunque… algunos críticos han dado por descontado que mis novelas son autobiografías ligeramente veladas, no es cierto. Mis libros a menudo me sorprenden a mí misma mientras los escribo. Los personajes surgen de regiones desconocidas y empiezan a hablar. Las escenas se desarrollan a medida que escribo”.

No es un argumento demasiado convincente, aunque sólo sea porque esconde la verdad genérica del proceso dinámico implícito en la escritura y autónomo respecto al propio sujeto.
En síntesis, el argumento trata del duelo y del proceso de reconstrucción personal de una mujer, poetisa, después de una abrupta e inesperada separación matrimonial. Como consecuencia, la protagonista sufre un episodio de “psicosis reactiva transitoria” que la obliga a un internamiento hospitalario.
Para su convalecencia, se traslada a su lugar de nacimiento, en un condado de Minessota. La novela es el resultado de la interacción entre una protagonista herida y grupos diversos de mujeres con los que entra en contacto.
Se trata, por tanto, de un recorrido complejo y diverso sobre la relación entre un “yo” y los “otros”. Otros que pertenecen en su totalidad al universo femenino, desde situaciones sociales diversas y desde distintos momentos de la vida. La protagonista se reconstruye desde la imagen proyectada en y por grupos de personas pertenecientes a distintas edades.
En el fondo, la dificultad de reconstrucción del “yo” es también la dificultad del relato, de la necesidad que sentimos de una ordenación secuenciada a través de las palabras de hechos y experiencias. Pero muchas veces, esa ordenación es una pura construcción.
Tanto la realidad como a nuestro propio “yo” lo aprehendemos y reconocemos de manera fragmentada, a través de un conjunto de fragmentos que nosotros ordenamos. Necesitamos la palabra y el relato para explicar y explicarnos. Y necesitamos el reflejo de y en los otros para nuestra propia identidad y reconocimiento.
Mía, la protagonista, necesita de muchos fragmentos y de muchas voces, de muchos trozos de un único espejo ( la realidad- mujer a lo largo de la vida) en el que verse reflejada y a partir de cuyo reflejo reconstruirse.
Como dije al principio, una experiencia de lectura inolvidable.
Carmen García Monerris
València, abril de 2022