(A propósito de El adversario, Barcelona, Anagrama, 2021)

El tópico dice que la realidad a veces supera a la ficción. Pero no estamos ante una dicotomía irreductible. No, al menos, cuando de literatura hablamos.
Hace unos días tuvimos ocasión de conversar en la Librería Gaia sobre el escritor francés, Emmanuel Carrère (1958), a propósito de su relato, El adversario. Aunque resulte paradójico, la discusión fue muy animada y refrescante.
¿Por qué paradójico? Porque el tema de esta obra es cualquier cosa excepto alegre o distendido. A comienzos de 1993, un supuesto médico e investigador de la OMS, Jean- Claude Romand, asesinaba a su mujer, a sus dos hijos y a sus padres. El hecho tenía lugar en las llanuras que conectan las montañas de Jura con el lago suizo de Lemán.
Más allá de la brutalidad, lo que convirtió el caso en realmente inquietante fue el que pronto se descubrió que todo lo que rodeaba al asesino, su vida personal y profesional, era una total impostura. En sí mismo, Jean- Claude Romand era un auténtico enigma.
Emmanuel Carrère tuvo la habilidad no sólo de convertir el asesinato y al propio asesino en un trepidante relato, sino también de narrar de qué forma tuvo que enfrentarse a la gestación y realización del libro. Ambos aspectos dieron como resultado El adversario, publicado por primera vez en francés en el año 2000.
En la actualidad, el escritor y cineasta francés está siguiendo las sesiones del juicio contra los terroristas de París que atentaron, entre otros sitios, en la sala Bataclán. Sus entregas se publican en varios diarios, entre ellos Le Nouvel Observateur y El País.
En la primavera de 1996, Carrère asistió también al juicio contra el asesino e impostor del Jura. Pero para entonces llevaba ya algún tiempo dando vueltas a este caso. Había intentado, incluso, un contacto epistolar con Romand, que no tuvo respuesta hasta 1995.
Había visitado y recorrido puntualmente los ambientes y lugares de la familia asesinada y del asesino; había hablado con sus conmocionados amigos y vecinos; intentaba encontrar algo de luz en una sinrazón sin paliativos… Pero el libro se le resistía.
Se le resistía la simple narración de los hechos y su repercusión en las pequeñas y bien estantes comunidades católicas de las llanuras de Gex. Adivinó que, a pesar de la enormidad de la tragedia, era la personalidad del asesino y su impostura lo interesante y aquello que podía esclarecer algo de lo sucedido.
Como afirma el propio Carrère, de observador supuestamente imparcial pasó, no sin vergüenza ni remordimientos, “al otro bando”. Cambió el punto de mira. Su implicación iba más allá de lo personal: de alguna manera, se la jugaba ante una opinión pública y unos medios de comunicación consternados por los sucesos y sin respuestas ante el enigma del gran impostor.
La correspondencia con el asesino preso, las sesiones del juicio y el sumario correspondiente constituyeron el material con el que se construyó El adversario, un título que remite al “otro”, al contrario de Dios, Satán, al mal como reverso del bien.
“Entendí”, confiesa Carrère, que Jean-Claude Romand “contaba más conmigo que con los psiquiatras para hacerle inteligible su propia historia, y más que con los abogados para hacerla comprensible al mundo” (pp. 33-34).
Pero, ¿es posible comprender el mal, la mentira, la impostura continuada, la estafa? Inevitablemente, muchos de estos dilemas, las vicisitudes personales del autor y el proceso de construcción del libro remiten a la obra de Truman Capote, A sangre fría (1966).

Edición de A sangre fría, con un fotograma de la película del mismo nombre, de Richard Brooks (1967)
Al tiempo que leía El adversario, refresqué mis noticias sobre aquella obra maestra del americano, creador de eso que se llamó con más o menos fortuna la nonfiction novel.
Las similitudes, más allá de la adscripción a ese subgénero de “novela de no ficción”, parecen evidentes. El crimen que relató Capote ocurrió en noviembre de 1959 y los dos asesinos (Dickens y Perry) fueron ajusticiados en abril de 1965. Fueron siete años en que el libro se apoderó, de manera agobiante, del escritor. Casi los mismos que transcurrieron entre que Carrère se enteró de la noticia y terminó el libro.
También él, al igual que Capote, siguió el juicio (y ejecución en el caso del americano) del asesino. Carrère siente una atracción especial, confesada por él mismo, por los grandes juicios, como demuestra su seguimiento actual del juicio de París, cuyas entregas se convertirán seguramente en otro libro, tal como ocurriera con El adversario.
Capote pensó inicialmente en una descripción detallada del crimen y de su repercusión en una pequeña comunidad de Kansas. Sin embargo, como sabemos, acabó con una implicación personal y emocional con los asesinos, especialmente con Perry. El largo calvario que supuso la redacción del libro se prolongó hasta el ajusticiamiento. No sin resistencias, Capote asistió al macabro acto a petición de un compungido y reconvertido Perry.
Carrère intentó también al comienzo narrar con cierto distanciamiento y frialdad lo ocurrido, pero acabó concluyendo que lo que le interesaba era la mente y la personalidad del asesino. Hubo, tanto en un caso como en otro, un grado de implicación del yo del autor bastante notable.
Es verdad que esta implicación parece más intensa en Carrère que en Capote que, al final, lo que quiso fue crear un relato absolutamente fiel a la realidad. El terreno que pisa el francés es más proclive a la autoficción y al autoanálisis, tal como se demuestra en su siguiente obra, Una novela rusa. La presencia además, en el caso de Jean-Claude Romand, de la impostura y de las mentiras continuadas, le convertía en una atracción irresistible para el análisis y las conjeturas sobre este atractivo e indescifrable fenómeno.
En opinión de Javier Cercas, Carrère es un hombre que hacía literatura fantástica y encontró lo fantástico en la realidad. También Capote sostuvo que “el relato no imaginario podía ser tan ingenioso como la pura ficción”. Un buen escritor puede elevarlo a la categoría de arte, sin quedarse en las anécdotas superficiales y “horizontales” de los periodistas (Gerald Clarke, Truman Capote, 1989, p. 370).
El subgénero que inauguró A sangre fría y Truman Capote no sólo es comprensible en el contexto de una cultura creada y alentada por el periodismo de masas, sino también por el cine. Ambos lenguajes, el del periodismo y el del cine, se apropiaron de una realidad en neta disputa y competencia con la novela.
No olvidemos que Capote, como guionista, tuvo una estrechísima relación con ese arte y supo desplegar el entramado de sus novelas y de sus personajes con un auténtico sentido dramático.
También Carrère, además de periodista, es director de cine. De hecho, la composición y estructura de sus obras parece responder más a la técnica cinematográfica del montaje que a la de un relato o una novela típica. Recoge información, acumula testimonios y luego compone, monta, yuxtapone, altera secuencias…
Tanto el cine como el periodismo son dos fenómenos culturales de masas sin los que es difícil entender la nonfiction novel, sea cual sea el nombre que deba asignársele a este subgénero.
En el caso de El adversario, como hemos dicho, el elemento de la impostura añade un plus de interés a la penetración psicológica del personaje. No se trata de algo circunstancial o contingente, sino de la construcción, prácticamente desde la infancia, de un “yo” armado a base de grandes mentiras.
El buen padre de familia, el respetuoso y enamorado esposo, el hijo ocupado y preocupado por sus padres, el profesional envidiable y el vecino y amigo entrañable acabó siendo todo él una falsedad.
El angustiado hijo único, pronto aprendió que para no disgustar a sus padres, especialmente a su madre, era mejor o no hacer las cosas o, si se hacían, no comentarlas. La culpa y el silencio alimentaron “la bifurcación”. Las mentiras no sólo construyeron aspectos parciales de su personalidad, sino la totalidad de su “yo”.
La relación con la realidad se distorsionó radicalmente. Ni siquiera después de la catarsis de sus crímenes, Jean-Claude Romand fue capaz de entrar en contacto con ella, lo que hubiera supuesto su suicidio, en lugar de los sinuosos recovecos que ideó para el mismo. Cuando el círculo de sus mentiras fue acorralándolo, sólo le quedó la opción de asesinar a aquellos más próximos a su vida impostada.
¿Existe la verdad? Para este individuo, la única verdad era la muerte, lo único real en su vida, pero también aquello que le permitiría seguir con otro desdoblamiento: la del buen prisionero, primero y la del buen cristiano, finalmente.
Los momentos de lucidez, sin embargo, no eran infrecuentes en este individuo. Intuía la dificultad extrema de entrar en contacto con su auténtico “yo”. “Es cruel pensar” le escribía a Carrère en diciembre de 1996, “que si hubiese tenido, a tiempo, acceso a ese yo y, en consecuencia, al tú y al nosotros, habría podido decirles todo lo que tenía que decirles sin que la violencia hiciera imposible la continuación del diálogo”.
Carmen García Monerris
València, abril de 2022