La voz de Svetlana Alexiévich

(A propósito de La guerra no tiene rostro de mujer, 3ª. edic., Barcelona, Debate, 2019)

Portada de la 3ª. Edic.en Debate

Empezamos a oír la voz de esta periodista bielorrusa cuando le concedieron el Nobel de Literatura en 2015.

Su voz, en realidad, era la de todos los que, de una u otra manera, tuvieron que ver o sufrieron las múltiples desgracias de ese desgarrado siglo XX. Y lo hicieron mayoritariamente en uno de los “agujeros negros” de la geografía de la Europa central y oriental que engulló durante muchos decenios cualquier signo de civilización y de humanidad.

Ucrania y Bielorrusia (juntamente con Polonia) fueron la línea de choque de dos de los regímenes más brutales de la historia: el nazismo y el estalinismo.

Alexiévich nació y creció en esa línea. Su generación fue la de la Gran Victoria, aquella que vió la luz en plena guerra o inmediatamente después , acunada por los relatos de guerra, pero también con los silencios, deseados o impuestos, y por la propaganda estalinista de la gran victoria en la Gran guerra patria.

En aquellos momentos todo era grande, incluidas las masacres, las violaciones, las purgas, las deportaciones, los movimientos masivos de población para lograr la sovietización de las repúblicas, las construcciones monumentales, o las colectivizaciones.

Alguien, creo que ya fue Lenin, había confundido el socialismo con la electrificación y la dictadura del pueblo con la de su líder y el partido al que se debían.

Las consecuencias ya las sabemos, aunque durante mucho tiempo no se vieron o no se quisieron conocer, tan agradecidos como estábamos a esa URSS vencedora de la barbarie nazi.

Una URSS, es cierto, que pagó con 25.000.000 de muertos la lucha contra el ejército nazi, lanzado a la conquista de un espacio vital en la “Operación Barbarroja” ( junio de 1941) y rompiendo aquel “Pacto del diablo”, nombre con el que Sebastián Haffner bautizó el incomprensible pacto Molotov- Robentrop entre la Rusia estalinista y la Alemania nazi (agosto de 1939).

A toda esa supuesta grandeza, Svetlana Alexiévich siempre opuso el testimonio de lo pequeño; al meta relato, el discurso propio de los protagonistas; a la coherencia construida, la incoherencia del recuerdo; a los grandes procesos anónimos, la densidad de las experiencias de los individuos.

A Alexiévich le interesa la historia, pero ella no quiere escribir historia, aunque su metodología a veces se aproxime a esta disciplina. Ella es periodista de investigación, en la línea de los grandes maestros como Ryszard Kapuściński. Ella, sin embargo, no necesitó irse a otro continente para mostrar los desgarros de un mundo que el polaco narró con indudable acierto.

Tampoco quiere narrar, en ese género del periodismo que algunos llaman “narrativa de no ficción “. La realidad y las experiencias vividas son tan extraordinarias que basta con ser testigo y hacer hablar a las víctimas. Eso es lo que hizo Alexiévich en libros tan incalificables como Voces de Chernobil, El fin del “homo sovieticus”, Los muchachos de zinc o Últimos testigos.

Su modelo, aquel a quien ella dijo que quería parecerse, fue su compatriota, Alés Adamovich, intelectual, periodista y político que, tras la invasión nazi de Bielorrusia se alistó en una de las guerrillas de resistencia, experiencia que luego plasmaría en su obra, La historia de Yastyn, sobre la que se basaría el guión de la película rusa conmemorativa del final de la II Guerra Mundial, Masacre: ven y mira.

Más allá de las influencias formales, si algo une a Alexiévich y Adamovich es su fuerte compromiso moral y cívico con su entorno y con el momento vivido. De ahí proviene el extraordinario aliento trágico y el gran componente de denuncia de sus obras.

Ambos estuvieron comprometidos con la glásnost y con la política de apertura del dirigente soviético Gorbachov y ambos lucharon por el restablecimiento nacional y democrático de su país de origen. De momento, Bielorrusia sigue como un comodín de las ensoñaciones imperialistas de Putin, gobernada por el dictador Lukashenko, para quien Alexiévich se ha convertido en un mal sueño.

El libro que comentamos tiene su propia historia. Gestado y desarrollado en su primera fase en los años de la todavía Unión Soviéticaj, y concluido tras la desaparición de ésta, muestra las diferencias lógicas de las opiniones y las actitudes de aquellas mujeres que quisieron participar en una experiencia totalmente novedosa y que rompía con una invisibilidad muchas veces autoimpuesta y con unos silencios agobiantes.

Las mujeres en guerra (algo más de un millón participaron en la II Guerra Mundial en las filas del Ejército Rojo y en las guerrillas de partisanos) tuvieron su voz y mostraron su rostro, para llegar a la conclusión de que la guerra no tenía rostro de mujer.

No tenía rostro de mujer porque nunca había sido pensada para ellas ni -lo que es más importante- por ellas. Más allá de los reclutamientos y de las necesidades oficiales, resalta en todas ellas el empuje casi telúrico de defensa de la tierra y de la familia (más que de la nación) ante un enemigo que practica una política de tierra quemada en su avance.

En todas ellas, el mismo pensamiento de muerte inundándolo todo, y el mismo retraimiento ante la obligación de matar. La misma extrañeza ante un ejército que no previó cosas tan elementales como que las mujeres usaban una ropa interior distinta a la de los hombres o que tenían la menstruación.

Lucharon de todos modos y en todas las armas. Pero no acabaron de resolver la violencia ejercida sobre sus cuerpos en un contexto de dominio absoluto de los hombres y con actividades muy masculinizadas. El silencio en este aspecto (salvo casos excepcionales) demuestra hasta qué punto a la humillación seguía la vergüenza. Es algo que se echa a faltar en este libro, debido, seguramente, como afirmó un tertuliano, al tiempo de censura en que fueron emitidas muchas de las opiniones.

Igualmente, y aunque es verdad que ellas participaron en mucho menor grado, hay un silencio absoluto sobre los desmanes pertrechados por el ejército liberador en su avance hacia Berlín. Nada, tampoco sobre el descubrimiento de los horrores de los campos de concentración y muerte.

Salvada la madre patria y vencido el fascismo, poco podía ensombrecer el halo heroico y el gran servicio prestado a la civilización. Todos, incluídas ellas, podían permitirse sentimientos de compasión hacia un enemigo que aprendieron a odiar desde niños.

Cuando se reintegraban a la vida civil, tenían que sortear las dificultades comunes a todo licenciamiento, más las específicas de su condición de mujeres, que vaya usted a saber qué habrían hecho en el frente rodeadas de tantos hombres. Humillación, vergüenza y silencio, sólo roto por las heroínas especialmente distinguidas como francotiradoras, tanquistas o aviadoras, y no siempre todas ellas.

El reintegro a la vida normal hubo de asumir en muchos lugares la falta de hombres o la vorágine y el salvajismo con el que se acometieron las colectivizaciones y el desarrollo de los planes quinquenales en general. Eran otras heroicidades, eran otras épicas. Las enormes dificultades sufridas en esos momentos produjeron una idealización del recuerdo de los tiempos pasados en el frente o en la retaguardia. Sin embargo, la voz seguía siendo la de ellos. Nadie ponía un rostro de mujer en una francotiradora o en una responsable de una escuadrilla de aviones.

Aviadoras rusas conocidas como “Las brujas de la noche“

Alexiévich se basa en el recuerdo de estas mujeres como materia prima de sus libros. Pero no estamos ante un simple recopilatorio de testimonios. Como afirma la autora, el propio hecho de recordar implica una selección. Después se ordena, se elimina, se relacionan los textos, de tal manera que parte de su significado se lo otorga el contexto…

Nada más; ni siquiera un intento de glosa de aquello que se transcribe, al estilo, por ejemplo de lo hecho en otro libro también admirable: La belleza y el dolor. La Primera Guerra Mundial en 212 fragmentos, de Edmund Englund.

Es una opción. Se trata de un periodismo llevado al límite y de una historia finalmente negada como narración, como meta relato. Como dijo algún crítico, unos libros de género inclasificable.

En la librería Gaia, sesión dedicada a Svetlana Alexiévich (25 de octubre de 2021). Primera reunión presencial después de un año de pandemia y pantallas

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