(A propósito de Entre visillos [1957], de Carmen Martín Gaite, Austral, 2020)

En noviembre de 1994, la escritora Carmen Martín Gaite fue invitada por la Fundación “Juan March” a pronunciar un ciclo de conferencias conmemorativas de los 25 años de la muerte de Ignacio de Aldecoa.
Aldecoa había sido uno de los mejores cuentistas de la literatura española del siglo XX, gran amigo de la escritora y de otros compañeros de su misma generación.
Estas conferencias fueron recopiladas y publicadas más tarde en un delicioso libro que lleva por título Esperando el porvenir (Siruela, 1994).
En ellas, Carmen Martín Gaite hacía una disección admirable de los cuentos de Aldecoa y rememoraba de manera precisa el ambiente de los años cincuenta en Madrid, ciudad a la que la autora se había trasladado desde Salamanca, en 1949, para proseguir sus estudios de Doctorado.
El contexto en el que se había movido Aldecoa era, desde luego, el mismo que había vivido ella y sus compañeros de generación. Hablamos de nombres tan ilustres como los de Rafael Sánchez Ferlosio, Alfonso Sastre, el mismo Aldecoa, Josefina Rodríguez (después Aldecoa), José Vidal Beneyto, Juan Benet, Luis Martín Santos, Eva Forest, Jesús Fernández Santos, Agustín García Calvo o Carlos Edmundo de Ory.
Era la denominada “Generación de los cincuenta” o “Generación de los niños de la guerra”, acontecimiento que vivieron todos ellos siendo niños o adolescentes. A ella pertenecieron también catalanes como Juan Marsé, Gil de Biedma, el editor Barral o José Agustín Goytisolo, entre otros.
No resulta difícil hacerse una idea del ambiente cultural, político y económico dominante en esos momentos y que, como una densa niebla, se posaba sobre las cabezas y las expectativas de unos jóvenes que, de manera casi impulsiva, se debatían en los márgenes del sistema, pero sin saber exactamente a dónde se podía ir o a qué se podía aspirar.
La falta de referentes en esa España que acababa de salir de la terrible autarquía de la posguerra y que estaba a punto de iniciar el Plan de Estabilización hacía casi imposible pensar o soñar un futuro mínimamente posible o alcanzable.
Tanto Martín Gaite como el resto de sus compañeros se limitaban, en expresión suya, a “esperar el porvenir”; un porvenir que no se vislumbraba porque, también en palabras suyas, “ Franco había paralizado el tiempo”. En ese momento, ninguno podía ser consciente de que lo estaban construyendo ellos mismos a través de su actividad como jóvenes escritores.
En su búsqueda constante de sí misma, en su afán de construcción de un “yo” específico o, parafraseando a Virginia Wolf, de “un lugar propio”, la actitud ante el porvenir era expectante, viniéndose como se venía de un pasado doloroso y menesteroso y de un presente con escasos alicientes.
A esta actitud vital, pronto añadió Martín Gaite una percepción particular de la Historia “compuesta de pequeñas historias”, propias o heredadas, que es necesario enmarcar en el espacio y en el tiempo en que tuvieron lugar, es decir, en la gran Historia.
Fue la muerte de su compañero y amigo, Ignacio Aldecoa, lo que le hizo adquirir consciencia plena de este hecho; de hasta qué punto lo pequeño, anecdótico, lo aparentemente insignificante, las mismas “historias heredadas” o a veces un hecho traumático (como la muerte), obliga a tomar consciencia de que lo vivido hasta ese momento es historia, pero que conviene rememorar en una perfecta enmarcación, en una adecuada contextualización.
Aunque escritora y literata, Carmen Martín Gaite parecía conocer y dominar bien los fundamentos de una historiadora. Entre visillos, de hecho, puede ser contemplada como un gran anecdotario de un tiempo pasado, que adquiere fuerza y expresividad en su capacidad narrativa y en la de recrear el ambiente del que forma parte, en una secuencia perfecta y coordinada de tiempo y espacio.
En otros momentos, esta facultad de Martín Gaite cobrará cuerpo de manera admirable en ensayos históricos como Usos amorosos del dieciocho en España (1972) o el excelente El proceso de Macanaz: historia de un empápelamiento (1970), obra de la que la misma autora dijo que era lo mejor que había escrito.
Carmen Martín Gaite (1925-2000) nació en Salamanca, en el seno de una familia tibiamente liberal y con un anticlericalismo contenido. Eso propició que su primera formación la recibiera en casa y que sólo después se incorporase al Instituto Femenino de Salamanca (1939-43), uno de esos todavía escasos centros de enseñanza media que pugnaban por abrirse paso en un ambiente dominado por la clerecía y el catolicismo oficial.

En octubre de 1943 entró en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Salamanca, entonces ubicada en el palacio de Anaya. Era una facultad y una universidad en general que, como la mayoría, bostezaba entre el doctrinarismo fascista e imperial de la mayorÍa de sus profesores y el silencio obligado de aquellos pocos con altura intelectual. Era todavía una universidad bastante elitista y minoritaria, llena de muchachos y muchachas venidos de las provincias circundantes, y cuyas aulas difícilmente sobrepasaban la cuarentena o la cincuentena de personas.
Al acabar la carrera que entonces se llamaba de “Románicas”, consiguió irse a Madrid a concluir su Doctorado. Fue uno de sus primeros actos de voluntad propia en lo que constituyó una decisión nada común entre las muchachas de su tiempo.
En Madrid empezaría su verdadera formación como escritora, entre los círculos literarios de la capital y las abundantes tertulias de café como las del Gijón, el Comercial, el Lyon o el Varela. Los primeros frutos del pequeño grupo del que formaba parte Carmen Martín Gaite se plasmaron en una efímera revista titulada Revista de España, que sólo consiguió editar seis números por cuestiones económicas, pero que sirvió como carta de presentación de lo que estos jóvenes querían representar en la cultura de los años cincuenta.
En ellos influyeron de manera especial dos corrientes culturales : el existencialismo de Jean Paul Sastre y el neorrealismo cinematográfico proveniente de Italia. Era el momento de El ladrón de bicicletas, El limpiabotas, Roma città aperta o Milagro en Milán. En España, está corriente proporcionó un producto temprano y singular como Surcos, de José Antonio Nieves Conde, estrenada en 1951.
Posteriormente, todo este grupo y Carmen Martín Gaite en particular empezó a leer, conocer y traducir a autores americanos como Truman Capote, Faulkner, Tennessee Williams, Hemingway, Scott Fitzgerald; o europeos como Kafka, Pessoa, Saint -Exupéry, Italo Svevo… Eran influencias y experiencias demoledoras a en medio del franquismo recalcitrante y de un ambiente cultural realmente empobrecido y pazguato.
Carmen Martín Gaite recordaría en otro momento cómo un inefable Alfonso Paso tildó al filósofo Sastre de “pesimista, anarquista y ateo”, y a su tocayo español, el también escritor de teatro Alfonso Sastre, de “preguntista”, por su irrefrenable tendencia a cuestionar todo lo contemplado y oído, es decir, la propia realidad.
Aquellos jóvenes quisieron desde ese momento reconocerse en lo que ellos mismos denominaron como el “preguntismo” (Esperando el porvenir, p. 48).
Su boda con el también escritor Rafael Sánchez Ferlosio en 1953 marcaría una parte importante de su vida. El primer hijo del matrimonio, Miguel, murió de meningitis a los seis meses de nacer, en 1955, justamente el año en que Ferlosio conseguía el premio Nadal con El Jarama.
Esta novela fue un hito en la narrativa española, manifestación de un objetivismo y de un realismo social que en este caso se traducía en un alarde de reproducción del habla coloquial de los personajes. Carmen Martín Gaite tenía ya en esos momentos entre sus manos la que sería su novela Entre visillos.
En 1956 nacería su hija Marta, con la que la escritora mantendría una relación muy especial, hasta que la muerte trágica de la adolescente volvió a cruzarse de forma abrupta en su vida.
Al año siguiente, en 1957, bajo la presión de la muerte de su hijo, el embarazo de su segunda hija y el premio concedido al marido, Entre visillos consiguió también el Nadal. De nuevo una mujer, como había sido Carmen Laforet en 1944, se alzaba con el premio; y de nuevo, el tema de los relatos ganadores tenía que ver con las esperanzas y los esfuerzos de dos jóvenes mujeres por salir del ambiente opresor, pesado y sombrío de dos ciudades españolas en la posguerra: Barcelona y Salamanca.
Martín Gaite fue una escritora prolífica y polifacética: novelas, cuentos, crítica literaria, guiones, libros de historia , traducciones, etc. Poco a poco fue perfilando su identidad como narradora desde una peculiar voz femenina y feminista, desde su gusto por los detalles y lo cotidiano (Retahílas, 1974), desde su apelación a la fantasía y al cuento como trampolín de huida de la realidad, pero siempre con caminos de vuelta; desde su confianza plena en la palabra como terapia contra las adversidades de la vida y desde su especial preocupación por la comunicación y por la entidad del oyente-lector de los relatos (La búsqueda del interlocutor y otras búsquedas, 1973).
Se trata esta última de una preocupación heredada de la tradición oral de los cuentos, un género que, lejos de renegar, hizo suyo de manera admirable. Entre sus obras podemos destacar, aparte de las ya mencionadas, Fragmentos de interior (1976), El cuarto de atrás (1978), títulos que recuerdan a Virginia Wolf, aunque Carmen no la leyó hasta 1980; Desde la ventana (1987), donde reivindica la forma especial de mirar y ver de la mujer; Caperucita en Manhattan (1990) o Nubosidad variable (1995).
Carmen Martí Gaite se separó de su marido en 1970. Volvió a su Doctorado que había quedado pendiente y publicó con gran éxito Usos amorosos del dieciocho en España. Estuvo como profesora invitada en varias universidades norteamericanas y los últimos años de su vida los pasó con su hermana pequeña, albacea de su enorme herencia cultural.
Entre visillos es una pequeña gran obra. Una obra de narración aparentemente simple, sosegada, calmada, con una captación admirable del lenguaje coloquial ( sobre todo de las mujeres)) y con un título que transmite y refleja perfectamente aquello que va a ser el tema principal: una ciudad de provincias en la que un pequeño grupo de mujeres jóvenes despliegan sus angustias, sus incertidumbres, sus anhelos y sus rutinas.
El ambiente es atrozmente machista, un machismo que se transmite no sólo ni exclusivamente en las actitudes de los hombres, sino, sobre todo y especialmente, por la aceptación acrítica y humilde por parte de las propias víctimas, las mujeres.
Al comienzo de la novela se expone, con una capacidad de síntesis admirable, una situación que reflejará perfectamente el ambiente que acompañará a la novela. El lector tropezará, nada más empezar la misma, con una jovencitas totalmente sumisa ante el novio, que abandona los estudios porque se va a casar con un buen partido y porque a él no le gusta que siga estudiando, que le cuenta con orgullo a su amiga la polvera que le ha regalado la familia de su prometido y cuya mayor expectativa, además de la boda, es la puesta de largo en el casino de la ciudad. Toda una declaración de principios de época.
La ciudad tiene un aire gélido, cargado a la vez, rutinario, escrutador, censuradora, conservador, con un clasismo provinciano, muy del estilo castellano. Sólo parece haber en su peculiar geografía tres puntos de fuga: el río, el casino y la plaza mayor.

El río, circunvalando la ciudad, ofrece en sus recovecos albergue para que las parejas puedan retozar y vivir su amor. El casino, lugar paradigmático del poderío de las élites en cualquier ciudad que se precie, reproduce en miniatura los hábitos y comportamientos de la sociedad, aunque los revista de solaz y diversión. Y la plaza, el centro neurálgico de la ciudad, escenario en el que sus habitantes representan el propio sentido de sus vidas, que no es otro que dar vueltas sobre sí mismos.
La plaza es un espacio que se cierra sobre él mismo, de la misma manera que todos y cada uno de los núcleos familiares de la ciudad, a través de sus hábitos repetitivos y de sus costumbres heredadas, procuran que sus miembros no se desvíen del camino, para así acabar un destino que parece predeterminado. El personaje frustrado y atormentado de Elvira lo representa admirablemente.
El grupo de Yoni y de su hermana (hijos de un rico propietario y de vida permisiva, disipada y holgada) representa la modernidad, pero una modernidad que curiosamente es aceptada como punto de escape por parte de los chicos de la localidad sin que los valores de la misma traspasen lo esencial de los suyos y de su comportamiento tradicional. Son dos mundos yuxtapuestos, a veces tangenciales, que conviven en el mismo espacio (aunque uno, el moderno, sin traspasar el habitáculo de Yoni en un piso en la plaza Mayor), que se toleran siempre y cuando ninguno de ellos se imponga sobre el otro.
La novela contiene algunas claves biográficas de Martín Gaite, traspuesta en el personaje de Natalia o Tali, el único que, aparte de Pablo Klein, el profesor alemán, escenifica una notable incomodidad ante los hábitos y costumbres de la cuidad. Natalia se redimirá por los estudiosd. Aparece, además, como una mujer introspectiva,, observadora, detallista, alguna de las cualidades que son visibles en la misma Carmen Martín Gaite, tanto en su vida personal como en la concepción y concreción de su narrativa.
Entre visillos, junto a Nada de Laforet, son dos muestras excelentes de la mejor literatura en lengua castellana de la posguerra, las dos desde la escrutadora y silenciosa mirada de una mujer.
Carmen Garcías Monerris
València, febrero de 2021