El pequeño Pip no quería ser herrero

A propósito de Grandes esperanzas, de Charles Dickens, Barcelona, Alba minus, 2020.

El escritor inglés Charles Dickens nació en 1812, a principios del siglo XIX, “aquel tiempo aún recogido a la sombra de la Revolución francesa”, según palabras del también inglés y crítico G. K. Chesterton.

Murió en 1870, justo cuando todas las grandes esperanzas y el optimismo de esta primera mitad de siglo tocaban a su fin, y se alumbraba un mundo bastante distinto de aquel que había sido el referente y el contexto de los grandes personajes y de las grandes tramas del autor de Oliver Twist o David Copperfield.

Significativamente, el año 1812 fue el que marcó el comienzo del gran declive de Napoleón y, con él, el comienzo de la supremacía marítima, económica y comercial de Gran Bretaña. Eran todavía tiempos de dificultades, tiempo de guerras, de crisis económicas producidas por estas mismas guerras.

Pero también eran los tiempos del recuerdo próximo de los grandes principios de igualdad y de libertad lanzados a todo el mundo por la gran Revolución francesa; y tiempos en los que Inglaterra llevaba ya décadas sumergida en la gran experiencia social y económica que supuso la primera revolución industrial.

Dickens es un decimonónico de la primera mitad de siglo, pero es un decimonónico inglés, tanto o más inglés como pueda serlo el Parlamento británico o la Torre de Londres. En palabras de Chesterton, “tan universal como el mar y tan inglés como Nelson”.

Charles Dickens (1812-1870)

​Entender en toda su dimensión a Dickens precisa, entre otras cosas, de una serie de claves contextuales, tales como el optimismo desatado por la Revolución francesa, las grandes expectativas y cambios de los años 20 y 30 del nuevo siglo, o las transformaciones sociales y políticas de Gran Bretaña desde al menos 1760.

El autor de Grandes esperanzas no es, en principio, un escritor fácil de leer. Llevamos mucho tiempo contaminados por las versiones sencillas y fáciles de muchas de sus obras; resúmenes infantiles o juveniles y versiones llevadas al cine con mayor o menor éxito.

Decimos conocer a Dickens, aunque no lo hayamos leído. Y cuando de adultos nos enfrentamos a él, nos encontramos con muchísimas más cosas que un relator de historias fantásticas o un creador de personajesl tiernos e inigualables.

Necesitamos tener unos mínimos referentes de la época que vivió, de la sociedad y de los perjuicios que sufrió en sus propias carnes, y de las esperanzas y decepciones que parecieron atravesar en ese momento las naciones europeas.

La denominada primera revolución industrial, aquella cuyos efectos el escritor vivió y plasmó en su mundo literario y novelesco, es bastante distinta a los imaginarios comunes que tenemos respecto a la industrialización.

A pesar de los notables avances que se produjeron en las técnicas y en las formas de producir, el mundo de la primera mitad del siglo XIX era todavía un mundo dominado por el artesanado, por los pequeños o medianos productores, por la escasez de fábricas de grandes dimensiones y por una incipiente clase obrera que en muchos casos todavía vivía del recuerdo idealizado de las técnicas y de los modos de producción antiguos; del sentido de hermandad que creaba la taberna, tal como nos lo ha descrito admirablemente el historiador E. P. Thompson; o de la seguridad de transmitir una forma de vida y un oficio a los aprendices.

La gran industria siderúrgica había dado ya un salto cuantitativo muy importante a consecuencia de las guerras napoleónicas de comienzos de siglo; la máquina de vapor estaba ya descubierta y aplicada, pero la edad del ferrocarril, por ejemplo, todavía tardaría algunas décadas en implantarse y hacer notar sus efectos, especialmente a partir de los años 30.

Pero, con todo, o precisamente por todo lo dicho, nadie puede dudar que Inglaterra, concretamente Londres, era el centro del mundo en esos momentos. La reina Victoria había subido al trono en 1837 y en 1851 se inauguraría en la capital inglesa la primera gran Exposición Universal de la era moderna, con el Cristal Palace como emblema de los nuevos tiempos.

Londres se convirtió con este acontecimiento en el punto hacia el que confluían todas las miradas del mundo, no sólo del llamado “civilizado”, sino también de la periferia colonizada o empezada a colonizar por las grandes potencias.

En otro orden de cosas, Gran Bretaña llevaba ya casi un siglo acomodando su forma monárquica a los hábitos parlamentarios. Seguía siendo una sociedad dominada política y económicamente por la oligarquía comercial y agraria; pero nuevos sectores sociales, de la mano de la industrialización y de la revolución agraria del dieciocho, hacían su entrada en escena.

Las viejas oligarquías controlaban todavía (y lo continuarían haciendo por mucho tiempo) las instituciones políticas del país. En contraste, empezaron a tener que convivir con un colorido, diverso y desgarrado mundo de menestrales de todos los oficios, de pequeños productores innovadores y empeñados en nuevas técnicas de producción, de familias enteras que se desplazaban a la ciudad para ser contratadas y vivir en las nuevas fábricas.

Vieron surgir a su alrededor esos nuevos poblados que se levantaban en las inmediaciones de fábricas y minas para albergar a la cada vez más homogénea y diferenciada clase obrera. La potente demanda de las clases medias, por su parte, empujaba a nuevos y revolucionarios sectores de la manufactura al tiempo que una pléyade de comerciantes al por menor se encargaba de satisfacer sus necesidades.

Este fue el mundo que inspiró a Dickens.

Las ciudades y los grandes núcleos de población se veían sacudidos no sólo por los nuevos centros de producción y por las nuevas actividades, sino por toda una serie de instituciones (orfanatos, casas de pobres, casas de trabajo, hospicios, hospitales…), que desesperadamente intentaban dar una solución al nuevo problema social de la pobreza y, sobre todo, planteaban descaradamente el control social y político sobre la nueva mano de obra que suponía la población desarraigada de sus antiguos oficios y habilidades, y del medio rural.

El que luego conoceremos como el burgués industrial era una figura que en esos momentos no se correspondía con el imaginario que tenemos de él. Sin prestigio social y con nulo o escaso acceso a los puestos de responsabilidad y de representación política, estaba mucho más cerca de ese plural y heterogéneo mundo de “clases populares” y “clases medias” que de las elites dominantes.

Los componentes de aquellas estaban excluidos, como hemos dicho, de los derechos políticos, básicamente del derecho al voto y del derecho a la representación, a elegir y ser elegido.

Por eso, en la situación inglesa, el estallido de la Revolución francesa, aunque sin afectarle directamente, sí que supuso un acicate extraordinario para la activación de movimientos y propuestas que, por otra parte, estaban ya presentes en Inglaterra desde finales del siglo XVII. El último tercio del siglo XVIII en Inglaterra fue también un momento de una gran conmoción social y política.

La tradición inglesa de “los igualitarios”, “niveladores” o “cavadores” hundía sus raíces en la dinámica política de la revolución de la segunda mitad del siglo XVII (1640-1688). A finales de la centuria dieciochesca, a ellos se unirían “los radicales”.

En conjunto, aunque con diferencias y matices, y dinámicas diversas a lo largo del tiempo, se trataba de sectores sociales y propuestas políticas que no estaban de acuerdo con el célebre pacto con el que se cerraría la denominada “Gloriosa Revolución” en 1688 (y que había supuesto una alianza entre la nueva gentry y la antigua nobleza).

Pugnaban, por el contrario, por una serie de derechos sociales y políticos en los cuales pudieran reconocerse, tanto los sectores populares como esos nuevos industriales surgidos a raíz de los cambios económicos.

Dickens sería un radical de la primera mitad de siglo.

Profundamente anti oligárquico, siempre batalló por una reforma en profundidad de una constitución inglesa que, por otra parte, detestaba profundamente.

Según sus palabras: “A cada día que pasa, más y más me afirma en mi vieja fe de que la aristocracia política y el parasitismo está matando a Inglaterra. En todo ello no descubro nada en que apoyar la esperanza. En cuanto al espíritu popular tan divorciado está del Parlamento y Gobierno y tan sin cuidado le traen uno como otro que no puedo dejar de ver en este fenómeno un signo calamitoso…Pienso seriamente y con la gravedad con que puede reflexionar sobre estas cosas un padre con hijos que han de vivir y sufrir tras él, que el gobierno representativo entre nosotros ha venido a parar en un fracaso absoluto; que las castas y dependencias han hecho al pueblo inepto para él; que el sistema se ha venido abajo a partir del gran siglo XVII, y que no hay esperanza”.

La gran producción de Dickens, lo que realmente lo ha hecho inolvidable, no son exactamente las novelas que escribió (generalmente por entregas), sino los múltiples personajes que creó, no sólo los protagonistas o “héroes”, sino también los infinitos personajes secundarios pertenecientes a todos los sectores sociales y a todos los ámbitos imaginables.

Los personajes de Dickens son en su mayoría exagerados, algunos grotescos; las virtudes y los vicios son remarcados hasta hacerlos inverosímiles. Pero lo inverosímil en él siempre parte de la realidad; una realidad que, no obstante, es recreada y exagerada hasta límites casi fantasmagóricos.

Hay en Dickens una suerte de continuidad fluida a lo largo de toda su producción que se concreta en la infinidad de personajes que crea. Ese sentido único, largo, infinito de su obra, tiene su expresión en la literatura de cordel o por entregas que practica. Son relatos cortos, pero que se saben que forman parte de una narración mucho más amplia, infinita. Por eso, su similitud con el folklore, con el cuento y la tradición popular, es algo que la crítica también admite en él.

Por eso, su realismo es un realismo casi goticista, poblado de ambientes siniestros y sombríos, nieblas, fantasmas… Su capacidad de recrear y de crear ambientes es extraordinaria. Cuento de Navidad es al respecto un ejemplo notable.

Sus héroes y los ambientes que recoge no son “ordinarios” ni “cotidianos”, aunque partan de cosas así. Son mágicos, de ensueño, fantasmagóricos, cómicos, exagerados, entrañables.

La gran saga de la novela decimonónica se caracterizará por narrar cosas ordinarias con héroes extraordinarios. Dickens, al contrario, narra y crea ambientes extraordinarios con héroes ordinarios y que, tal vez por eso, alcanzan el carácter de irrepetibles e inolvidables.

La gran novela romántica inglesa vendrá después, con nombres como Jane Auste, Charlotte, Emily o Anne Brontë; o con las novelas posteriores, cumbre de la literatura realista inglesa, de George Elliot.

Grandes esperanzas participa de todas estas características, pero, a su vez, es una obra singular en el contexto de la producción de Dickens. Pertenece a sus últimas novelas, igual que Tiempos difíciles, donde plantea una crítica directa, esta vez sí, al sistema capitalista desde un punto de vista igualitario y nebulosamente socialista.

También en Grandes esperanzas, en neta contradicción con su título, los sueños se frustran; las grandes esperanzas se van perdiendo por el camino y el resultado al final es una crítica feroz al esnobismo de preferir el mundo de las grandes riquezas al del virtuosismo del trabajo honrado; el mundo de los “bienes portátiles” (como dirá Wemmick, el pasante del abogado Jaggers), al de los “bienes no portátiles” o producto del trabajo.

Los sueños de un niño huérfano (siempre los niños huérfanos), alimentados por un puro azar (exactamente igual que en los cuentos), parecen ir cumpliéndose milagrosamente en virtud de una herencia misteriosa que sólo al final aclarará su procedencia.

Pip, el pequeño Pip, protagonista de la novela, acaba convertido en una suerte de caballero andante que debe luchar y merecer el gran amor de su vida, la bella y cruel Estella, un producto y una mímesis de la inquietante y amargada señorita (que no señora) Havishman, anclada y fijada en su mundo de despecho y odio, en su mundo de mujer rechazada por su amante.

Pip, poco a poco, se va dejando llevar por los destellos de ese mundo nuevo que parece adoptar, contradictoriamente, las formas antiguas de la nobleza y del buen gusto, pero que se expresa también a través de la modernidad del capital, de ese mundo capaz de crear riqueza con sólo mover el dinero, tal como se practica en la City de Londres y tal como quiere y acaba llevando a cabo el amigo íntimo de Pip, el bueno de Herbert.

En la madre de este último, Belinda, encontramos la caricatura cómica de la clase noble. Casada con el señor Matheu Pocket (que será el preceptor de Pip), esta mujer es una inútil total, incapaz de coger a sus hijos en brazos (porque no sabe qué hacer con ellos) y siempre con un libro en las manos que le permite mantener la ensoñación de la grandeza que pudo tener y que al final no tiene.

Está literalmente fuera del mundo y, además, no sirve para nada. En palabras de Dickens, “tan eficaces habían sido el cuidado y la vigilancia ejercidos sobre la joven por su juicioso padre, que aquella alcanzó a ser altamente decorativa, pero completamente inútil e incapaz”.

​En su amigo Herbert y en la buena acción que realiza Pip con él (proporcionándole un capital que el beneficiario desconocerá) estará al final la clave relativamente feliz de su trayectoria: algo hecho y mantenido con amor y generosidad (a lo que cabe añadir el realismo, el trabajo y el esfuerzo de Herbert) será lo que constituya la tabla de salvación al final de la obra.  

De todas maneras, aunque Herbert será finalmente el directivo de una honrada y poderosa compañía con sucursales en Oriente, el ambiente que se ve obligado a frecuentar este joven le sirve a Dickens de recreación y crítica de ese incipiente capitalismo financiero que se desarrolla en la Bolsa de la City de Londres.

La formación de financiero, curiosamente, acaba siendo una aburrida y repetitiva espera de los aprendices, pendientes de la llegada de una oportunidad que los catapulte a la fama y la riqueza. Herbert espera ser rico, pero Pip se da cuenta que no tiene ningún capital, y que sin capital inicial, el capital no puede multiplicarse.

Es como el que espera la llegada de uno de esos grandes barcos que llegaban al puerto de Liverpool o Londres esperando que le salpique algo de la fortuna de que son portadores aunque él no posea ninguna mercancía que intercambiar. La riqueza en la nueva sociedad comercial tiene algo de aleatoria, pero no hasta ese extremo.

Mención especial merece la enorme figura del herrero Joe. La grandeza de lo simple, la dignidad de la pobreza y del trabajo, están personificadas en él.

La consciencia de su estatus y de sus propios límites (personales y sociales) no hacen sino agrandar la dignidad del personaje: “Pip, querido Pip, la vida está hecha de tantas separaciones, enredadas unas con otras, vamos a decir, y un hombre es herrero, y otro platero, y otro joyero y otro calderero. Forzosamente ha de haber división entre ellos, y cuando la hay, se ha de tomar como viene. Tú y yo no somos dos figuras que puedan ser vistas juntas en Londres, ni en ningún otro sitio, que no sea en privado y entre amigos. No es porque yo sea orgulloso, sino porque quiero ser yo mismo, por lo que tú no me verás más con este atavío. No estoy bien con estos vestidos. No estoy bien fuera de la herrería, la cocina o los marjales. No me encontrarás ni la mitad de los defectos si me imaginas vistiendo mis ropas de trabajo, con el martillo en la mano o fumando mi pipa. No me encontrarás la mitad de los defectos si, suponiendo que alguna vez desees verme, metes la cabeza por la ventana de la herrería y encuentras a Joe, el herrero, junto al viejo yunque, con el viejo mandil chamuscado, entregado al trabajo de siempre. Yo soy terriblemente lerdo, pero creo que al menos he llegado a comprender esto”.

El trasunto femenino de la figura de Joe es la que acabará siendo su segunda esposa, ejemplo de bondad, de resignación, realismo y sentido común, Biddy. En realidad, ella estaba enamorada de Pip, al que, inútilmente, intentará devolver a la cordura en los momentos de mayor arrebato y ensoñación del joven.

Ella será también la depositaria de las “grandes esperanzas” de Pip, del odio a su oficio de herrero y la vergüenza de su hogar, así como de su gran objetivo en la vida: convertirse en un caballero para cortejar y casarse con la joven más guapa del mundo, aunque fuera la más cruel y desdeñosa: Estela.

El encuentro de Pip con el preso Provis, escapado de la prisión, será el detonante que proporcione al muchacho la posibilidad de un extraordinario cambio en su vida, sus “grandes esperanzas” de convertirse en un caballero. Provis actúa en el relato a manera del “destino” o de un impersonal “deus ex machina”.

Al final, , como en los mejores cuentos, acaba siendo un buen hombre, una suerte de buen ladrón que, en el fondo, justificará toda su existencia por dos acciones: vengarse del autor de todos sus males, el malvado Compeyson; y convertir en caballero a su benefactor Pit, aquel que de pequeño le dio de comer y le proporcionó la posibilidad de ser libre, aunque luego volviera a ser apresado.

El personaje de Pip encarnó como nadie “las grandes esperanzas” que podía proporcionar el arranque de la sociedad decimonónica; “grandes”, pero también, en gran parte, “falsas”.

Lo que acaba triunfando es la dignidad del trabajo, bien sea del trabajo tradicional o bien sea del que representa el joven Herbett y su compañía comercial. El caballero que consigue ser Pip acabará diluyéndose conforme el nuevo siglo muestre su materialidad y se impongan los nuevos valores de laboriosidad y ahorro de las diversas clases medias. El desengaño de Pip es también el sentimiento de un desengaño moderno; de un malestar que marcará como ningún otro las décadas finales del siglo XIX. Una novela, en este sentido, premonitoria y muy moderna.

Carmen García Monerris

Valencia, abril de 2021

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