Juan Marsé, Viaje al Sur, Barcelona, Lumen, 2020. Fotografías de Albert Ripoll Guspí.

El escritor Juan Marsé falleció un 18 de julio…, de este año [2020], día de nefasto recuerdo. Un mes después se publicaba un inédito suyo, Viaje al Sur, escrito a comienzos de los años 60 del siglo pasado.
Estuvo desaparecido durante un tiempo y fue recuperado tras muchos avatares y peripecias por el editor Andreu Jaume, quien pudo trabajar con el propio Marsé sobre el manuscrito originario, preparándolo para su edición.
Lamentablemente, el autor no pudo ver en el mercado este libro, que cerraba un círculo de peripecias personales, profesionales y literarias.

Juan Marsé (enero de 1933/ 18 de julio de 2020) formaba parte de la denominada Generación literaria de los 50, más concretamente del Grupo catalán, también denominado por algunos “Señoritos de la Escuela de Barcelona”: Gil de Biedma, García Hortelano, Vázquez Montalbán, Terenci Moix, Carlos Barral, Juan Goytisolo, Juan Benet…
Se trataba de un generación que llegó a su madurez en los años 50, justamente cuando la España de la dictadura todavía se hallaba sumida en las brumas de los “años de plomo” y de la autarquía, pero que pronto, aprovechando una coyuntura internacional favorable, se sacudiría las políticas más casposas y se encaminaría por la senda del desarrollismo y la modernización de la mano de los tecnócratas del Opus Dei, que desplazaron a los más doctrinarios y “puros” del régimen.
Juan Marsé se definió a sí mismo como “un fronterizo y un francotirador” y, en efecto, fue una cosa y otra.
Fronterizo porque sus orígenes y su propia situación social le remitían a unos estratos no exactamente obreros, pero sí menestrales (fue joyero antes de dedicarse a la literatura). Su padre, después de la muerte de su madre en el parto, lo entregó a una familia para que lo criara y adoptara.
Se trata de unos orígenes auténticamente dickensianos que supo conjugar posteriormente con su fidelidad a los barrios obreros de Barcelona, casi siempre presentes como escenariosde sus novelas.
Su “marginalidad” se manifestó también a lo largo de su vida en temas hacia los cuales siempre mantuvo una distancia crítica: el catalán (a pesar de ser bilingüe), el nacionalismo (a pesar de que sus dos padres, el biológico y el adoptivo, habían pasado por el independentista Estat Catalá en la República) y la Iglesia católica.
Y fue francotirador por su capacidad de acerada crítica hacia casi todo lo que se movía, especialmente, como alguien dijo, a la burguesía barcelonesa a la que literalmente “desnudó”.
Sin embargo, la ironía que siempre le acompañaba fue un recurso con el que desatar una sonrisa comprensiva y complaciente del lector.
Siempre fue un “obrero” en medio de un mundo de “señoritos”, a pesar de lo cual, nunca desdeñó ninguna ayuda de ellos, especialmente de Gil de Biedma y de Carlos Barral, a quienes siempre profesó una sincera y leal amistad.
De hecho, estos dos escritores fueron una suerte de “Pigmaliones” del joven e inexperto joyero que quería ser escritor. Fueron ellos, como sabemos, los que le proporcionaron la posibilidad de residir en París durante una temporada; y esa estancia, y el contacto con los creadores de la editorial Ruedo Ibérico, está en el origen de este libro que comentamos.
Allí también, como sabemos, se afilió al Partido Comunista que seguía en casi su totalidad en el exilio y, sobre todo, apegado, como luego diremos, a una cierta concepción de la naturaleza de la dictadura y, en consecuencia, a una determinada estrategia para derribarla.
También este hecho ayuda a comprender la visión previa con la que Marsé se aproximó a un Sur que no hizo sino confirmarle, de alguna manera, en aquello que pensaba y en aquello que era el imaginario de muchos intelectuales del momento.
La excepcional Últimas tardes con Teresa (1966) fue su primera gran novela y su consagración como novelista. Recibió el premio Biblioteca Breve de Seix Barral.

Si te dicen que caí (1973) recibió el premio México de Novela; La muchacha de las bragas de oro el Premio Planeta de 1978; Ronda de Guinardó (1984) el Premio Ciudad de Barcelona; en 1990 recibió el Premio Ateneo de la Ciudad de Sevilla por El amante bilingüe; Rabos de lagartija, del 2000, le valió el Premio de la Crítica y el Nacional de Narrativa; y en 2008 recibió el Premio Cervantes de las Letras.


En muchas de las novelas de Marsé, se tiene la impresión de estar oyendo la narración de un niño sentado en el bordillo de una acera de barrio y atisbando desde esa atalaya todo el fluir de su alrededor.
En palabras de Eduardo Mendoza, el barrio es su escenografía particular y los protagonistas un elenco de perdedores. Pero no es, según sigue diciendo Mendoza, un escritor social, porque “va a su bola”. Su capacidad de construir ambientes y de delinear los rasgos y perfiles de sus personajes es proverbial.
La denominada Generación de los 50 a la que pertenece fue un elenco de escritores que intentaron superar el carácter fundamentalmente “social” y directo, casi realista, de la generación de la postguerra, tanto la de ideología fascista como la de izquierda.
Seguramente, la novela más paradigmática, y que marcará el punto de no retorno en la novelística española de esos años, sea Tiempo de silencio de Luís Martín Santos, publicada en 1962, justamente el año en que Marsé se debatía en la redacción de su Viaje al Sur o, como en realidad se titulaba, Andalucía, amor perdido.

La mirada de Marsé no deja de ser, por supuesto, una mirada social, aunque esa mirada esté mediatizada por imágenes (los tebeos, el cine de barrio…), rumores, fábulas, cuentos y percepciones que, según la tradición de su barrio del Guinardó, dieron lugar a los denominados Aventi, abreviatura de “Aventuras”.
Se trata, según definición, de un “Relato popular de expresión oral que mezcla hechos verídicos con otros que surgen de la imaginación en el momento de ser contados y que se convierte en una versión plausible de lo que ocurrió en realidad”. Es el carácter de plausible lo que otorga ese carácter de social a la narrativa de Marsé.
Centrándonos ya en el libro que vamos a comentar, Viaje al Sur, yo creo que el mismo tiene un triple valor.
En primer lugar, un valor como objeto material e intelectual producido, en tanto que artefacto literario que ha sufrido unas peripecias realmente rocambolescas y que finalmente ha acabado concretado en una edición realmente bella como es ésta de Lumen de Andreu Jaume.
El proceso de producción, desaparición y reencuentro del manuscrito está perfectamente narrado en la Introducción de Jaume y, por tanto, no creo que haga falta que nos detengamos aquí.
En segundo lugar, su valor intrínseco como libro de viaje, a mitad de camino entre la crónica, la descripción ficcional y la valoración política y moral.
El viaje de Marsé no es improvisado: responde, por una parte, al encargo que le hizo Ruedo Ibérico (José Martínez Guerricabeita) y, por otra, a los contactos previamente establecidos por Gil de Biedma y Barral, con poetas locales de diversas ciudades (al menos en la primera parte del viaje).
Además, la Andalucía que visitarán es sólo una pequeña parte de Andalucía, la costa sur occidental y sur propiamente dicha, hasta Málaga. El único interior que llegan a visitar es el de Ronda.
Es, como he dicho un viaje hilvanado por poetas de carácter más bien mediocre, casi todos pertenecientes a eso que Marsé llama la “poesía celestial”, es decir, localista, franquista y clerical.
Como contraste, algunos capítulos se encabezan con las poesías de Machado (uno de los poetas reivindicado por la Generación de los 50), de Alberti (por razones políticas obvias) y de sus amigos y acreedores Gil de Biedma y Carlos Barral; y por tabernas, omnipresentes a lo largo de todo el recorrido como escenario donde cubrir las propias necesidades de los visitantes, pero también como lugares donde contemplar y hacer ver la condición más miserable, melancólica y rutinariamente aburrida de gran parte de las poblaciones que visitan.

Jornaleros miserables, obreros resignados, putas y putillas, extranjeros chulos y dominadores, chiquillería a millares (niños omnipresentes, familias con muchos hijos…), guardias civiles, gitanas, mujeres jóvenes a la búsqueda de un marido, chiquillos ya maltrechos por el trabajo, la pobreza y la miseria, chiquillos dirigiendo cargamento de arena para la construcción, en burros, mujeres rebentadas, oscuras y calladas, vendedores ambulantes (Chiclana de la Frontera, pp. 175-176), algún que otro marica…
Y personajes inolvidables como el viejo borracho y ex falangista que se encuentran en Sanlúcar de Barrameda (pp. 122-123); el niño Paco, de Vejer de la Frontera, que trabaja en los campos de algodón y hace de cicerón (p. 187), El Cojo, contrahecho, muy alegre y mentiroso y acompañante oficial de turistas (pp. 195-196). Miguel Fernández Galán, alias el Chato en Ronda, con una gran cabeza de viejo y una voz cascada por el vino y el tabaco (16 años, pp. 240 y sgs), Joselito, el hijo del conserje de la plaza de Ronda (pp. 261 y sgs.), El Niño del Lunar de Jeréz de la Frontera, que había sido chatarrero y que se creía industrial…
Y sitios de una pobreza angustiosa como El Zapal, una zona de chabolismo en Barbate con 3.500 personas e infinidad de niños y mujeres de una belleza “que hace reflexionar”, o el barrio de El Perchel, en Málaga.


Y junto a este desfile de miserables, el contrapunto de lo más rancio del señoritismo en Cafés, Ateneos, Núcleos de propietarios, vinateros de la más rancia e histórica estirpe, nobles ausentes (pero estentóreamente presentes, como el conde de Salvatierra), marines norteamericanos dominadores, turistas en la costa del Sol autosuficientes, borrachos y despreciativos…

La Andalucia de Marsé es una Andalucía dolorosa y atrasada; que emigra hacia otras partes de la Península o hacia Alemania o, incluso, Australia, como ese barco cargado de malagueños con los que acaba el libro.
Es un escenario contradictorio de la doble dominación feudal-terrateniente y capitalista monopolista; y escenario también del despertar a un desarrollismo postizo y depredador como el de la construcción y el turismo en la Costa del Sol.

El libro tiene un valor literario indiscutible, no sólo por las cualidades intrínsecas de la prosa de Marsé, capaz de recrear ambientes y de dibujar personajes como pocos de su generación, sino también porque, de alguna manera, este libro (muy cuidado por el autor y nada circunstancial, como demuestra Jaume en la Introducción), actúa a manera de laboratorio de lo que serían personajes, tramas y formar de narrar del posterior Marsé.
Y tiene también un valor político. Primero, es evidente, porque la naturaleza del encargo y el carácter de quién se lo hizo, comportaba ya un objetivo político: poner en evidencia el atraso de una Andalucía que condensaba en sí misma la perspectiva distorsionada que la izquierda tenía de la naturaleza social y económica de España: una región, un país en el que no había cuajado la revolución burguesa y, por tanto, donde los signos o realidades próximas a un capitalismo monopolista y depredador se juntaban con los residuos feudales y clericales que el golpe de Estado del 36 no hizo sino confirmar y posteriormente agravar.
Pero, en segundo lugar, el libro contiene las múltiples y aceradas indicaciones y valoraciones de Marsé a lo largo de su trayecto.
Si ese libro se hubiese publicado, no sólo hubiera tenido una difusión clandestina en España en ese momento por la naturaleza de la editorial, Ruedo Ibérico, sino por las evidentes críticas y puyas constantes que el autor lanza..
Existe otro dato, que constituye un recurso inteligente: cada capítulo o subapartado del libro se abre con titulares o resúmenes de noticias extraídas de la prensa del momento. Estas referencias actúan a manera de espejo reflector de una realidad “externa”, “objetiva”, temporal y secuencial, que parece contraponerse a esa otra realidad vivida recreada, literaria, atemporal y ensimismada de un inmovilismo sólo alterado por el frenesí que empieza a observarse en el boom de la construcción de la costa del Sol.

Decía que para mí el libro tenía un triple valor. El tercero y último que quiero considerar es el que le convierte en reflejo de la visión que en ese momento se tenía no sólo de Andalucía, sino de la situación española a los comienzos de los años 60.
Es un reflejo perfecto de aquello que pensaba la intelectualidad de izquierdas, marxista, en ese momento ligada mayoritariamente al PCE.
Acabados los años de oposición activa y directa a la dictadura de Franco a través de la lucha armada y los maquis, el régimen, en un contexto de nacimiento de la Guerra Fría y, por tanto, de lucha contra el comunismo, se vio sorprendentemente reforzado por las democracias occidentales, especialmente por Estados Unidos.
La firma del acuerdo para el establecimiento de las bases americanas y de utilización conjunta en territorio español fueron la señal del final del aislamiento del régimen.
Los Acuerdos de Madrid se firmaron en 1953 por Martín Artajo, ministro de Exteriores, y el representante en España del presidente Eisenhower.
Años después, a finales de 1959, el presidente estadounidense visitaría España, consagrando el valor internacional de un régimen antidemocrático pero cuyo valor intrínseco como baluarte contra el comunismo era reconocido públicamente.
Unos meses antes, en julio de 1959, se lanzaba oficialmente el Primer Plan de Estabilización que supuso la apertura de la economía española y la adecuación del valor de la peseta a los medios de pago internacionales.
Fue el comienzo de lo que luego sería llamado “el milagro español”, pero también un proceso de devaluación brutal que no hizo sino arrastrar a millones de españoles hacia la emigración, uno de los pilares del éxito de la modernización de España.

La España y la Andalucía de Marsé de comienzos de los 60 es la España que está empezando esta andadura. Es la España que sentará las bases de un potente clase media sustentada en un desarrollismo económico y sobre valores claramente arraizados en la exaltación de la propiedad (vivienda, coche, televisor…). Sin embargo, oficialmente, el PCE seguía adicto a postulados tradicionales.
Y en ese contexto, tuvo lugar la polémica entre Jorge Semprún y Fernando Claudín, por una parte, y los órganos oficiales del PCE, por otra. El historiador Juan Andrade lo resume perfectamente:

“El desafío lanzado por Claudín obligó a la dirección del PCE a sistematizar las hasta entonces vagas ideas que el partido venía improvisando acerca de la naturaleza de la dictadura de Franco, de los cambios económicos y sociales que se estaban produciendo en España, del papel que correspondía al movimiento obrero y de las posibilidades de cambio que el futuro podía deparar al país (Sánchez 2004: 87). La voluntad del PCE consistía en vincular la futura crisis de la dictadura, siempre percibida como inminente, a un cambio tanto político como social que diera paso a lo que entonces denominaba “la democracia antifeudal y antimonopolista”. Se trataba de una fase de transformaciones democráticas no estrictamente socialistas, pero con fuertes contenidos sociales, en la que recuperar las asignaturas pendientes de la historia de España, al objeto de encauzarla, a medio o largo plazo, en una perspectiva de transformación ya sí socialista. El arranque del proceso vendría dado por una acción pacífica de masas que tumbaría, o al menos colapsaría, a la dictadura, y que el partido fue perfilando bajo el nombre de Huelga Nacional Política o Huelga Nacional Pacífica”
“La visión de Claudín era, sin embargo, muy distinta. En su opinión el desarrollo económico impulsado por la dictadura y los cambios sociales que estaba trayendo consigo, en un contexto internacional de estabilidad y tolerancia hacia el régimen, no hacían prever ninguna crisis social en España, sino en todo caso una crisis de la forma fascista del Estado, a la que las propias oligarquías procurarían una salida bajo formas más o menos democráticas, compatibles, en última instancia, con la primacía del capital monopolista. Ni la clase obrera, por más que se estuviera incrementando, ni el movimiento obrero, por más que viera aumentar su influencia, dispondrían de fuerza suficiente como para forzar y dirigir un proceso de cambio político, mucho menos para vincularlo a una nueva etapa de transformaciones sociales. El objetivo del partido debía centrase en supeditar toda su práctica política a acelerar e intensificar, llegado el momento, el proceso de reformas democráticas acometidas por las élites más abiertas del régimen, a fin de que luego ya, tras un largo tiempo de disfrute de libertades y maduración política, el movimiento obrero español, con el partido comunista a la cabeza, pudiera plantearse retos mayores”.
El debate, uno de los más importantes y decisivos en el seno del PCE, acabó con la expulsión de Claudín y de Semprun, y de otros muchos militantes de acuerdo con estos dos últimos.
Ello no sería obstáculo para que, andando el tiempo, la cúpula del PCE acabara adoptando la mayoría de las ideas y estrategias de los renegados, dando origen así al comportamiento que todos conocemos de la transición.
El viaje al Sur de Marsé y sus ideas respecto a lo que pensaba de Andalucía se tiene que contextualizar en esta encrucijada de finales de los 50 y primeros años de los 60.
La visión del escritor catalán, sin embargo, más allá de referentes externos, siempre estuvo salpicada de cierto pesimismo y, sobre todo, escepticismo respecto a la remoción de los males que pudieran aquejar no sólo a Andalucía, sino a España entera.
València, 22 de octubre de 2020
Carmen García Monerris1