Orlando Figes y el siglo XIX europeo

Orlando Figes, Los europeos. Tres vidas y el nacimiento de la cultura europea, Madrid, Taurus, 2020.

Hace muchos años, el Servicio de Publicaciones de la Universidad de Valencia, con muy buen criterio editorial y, sobre todo, con muy buen asesoramiento, publicó una obra conjunta de Orlando Figes y el historiador ruso Boris Kolonitskii, Interpretar la revolución rusa.

Es un libro que, de acuerdo con una nueva concepción de la política y de su visión también como proceso cultural, ofrece unas pautas realmente novedosas y sugerentes a la hora de abordar un proceso: el de la Revolución rusa.

Es este un fenómeno que hasta ese momento habíamos tenido encasillado entre dos propuestas excluyentes: la interpretación liberal, por una parte, o la narrativa marxista o de izquierdas en todas sus versiones, por otra.

Estoy hablando, como muy pronto, de comienzos del nuevo milenio y os puedo asegurar que, por aquellos años, cuando los estudiantes buscaban referencias del autor de este libro, generalmente no encontraban nada.

El libro deslumbraba y, sobre todo, sorprendía por el descubrimiento de un momento histórico que creían conocer y que con esta obra se les ofrecía con perfiles absolutamente novedosos.

Pero del autor, nadie podía decir casi nada.

En el año 2001, la editorial EDHASA (que sería la de las ediciones en español de sus sucesivas obras) publicó un monumental libro: La revolución rusa (1891-1924). La tragedia de un pueblo, Barcelona, EDHASA, 2001.

Este libro me impactó y marcó como ninguno mi forma de entender y enfocar (y, por tanto, explicar) la Revolución rusa. Gozaba de evidentes virtudes historiográficas e históricas y representó un hito en el proceso de renovación historiográfica de los estudios sobre la antigua Unión Soviética y la naturaleza de la revolución que fue su origen.

Además de todo ello, hubo algo que creo conveniente comentar aquí: me sorprendió gratamente su narración, tremendamente fluida y fácil para una obra de cerca de 900 páginas.

Pero también destacaba y destaca por su gran capacidad de dramatización y por su carga expresiva extraordinaria, aspectos todos estos muy convenientes al tema que se trataba y que convertía y convierte este libro de historia en casi una novela de Tolstoi.

Se trata de obras traducidas a muchos idiomas y que han sido objeto también de muchos premios, tanto de carácter histórico como literario.

Figes se graduó en Cambridge, fue miembro del Trinity College y actualmente es profesor e investigador en la universidad de Londres.

Tal vez lo más llamativo de su biografía sea el hecho de que se nacionalizase alemán en 2017, a consecuencia de la deriva ultra nacionalista del Brexit y, en consecuencia, de algo que debió percibir como la pérdida del espíritu y del sentimiento europeísta en Gran Bretaña.

A esta obra siguieron otras muchas: El baile de Natacha (2006), un fresco extraordinario sobre la cultura rusa; Los que susurran. La represión en la Rusia de Stalin (2009); Crimea. La primera gran guerra (2012).

Y todo ello hasta llegar a nosotros el libro que hoy comentamos, un libro con el que de nuevo nos sorprende.

Supongo que para muchos de vosotros supone también el primer contacto con un historiador hasta ahora muy centrado en el conocimiento del mundo y de la cultura rusas.

Orlando Figes tiene, entre otras muchas peculiaridades, la de representar admirablemente dos de las características más distintivas de la historiografía británica y anglosajona en particular.

Me refiero a una capacidad narrativa extraordinaria y a su atención por una dinámica histórica en la que están muy presentes los sujetos históricos, bien sean individuales o colectivos.

Con respecto a lo primero, recordemos que Winston Churchill fue el primer premio Nobel en literatura en ganarlo no por una obra literaria, sino histórica.

Con respecto a lo segundo, recordar también la gran aversión de la historiografía británica (por contraposición a la francesa) por las grandes estructuras y los grandes meta relatos históricos.

La conjunción de ambos aspectos hace que las obras de Figes se lean con gran fluidez, como novelas; y que el dinamismo que transmiten pueda ser producto tanto de esta gran capacidad narrativa como del poder de dramatización inherente al hecho histórico, pero aumentando sin duda por la capacidad del historiador para contarlo, narrarlo y, en consecuencia, explicarlo.

La Europa que describe Orlando Figes en Los europeos es la Europa que acababa de salir de la Revolución Francesa y de la gran aventura napoleónica.

Es la Europa que las potencias ganadoras contra Francia y contra su revolución rediseñaron de acuerdo a losprincipios de equilibrio europeo, de solidaridad antirrevolucionaria y del legitimismo dinástico.

Europa se convirtió en una constelación de testas coronadas entre las que sobresalían la del Imperio ruso, la del Austríaco (posteriormente austrohúngaro), la del Turco y el reino de Prusia (posteriormente Imperio Alemán).

Curiosamente, esta Europa que Figes describe como la que dio origen y cimentó el carácter cosmopolita de su cultura, era la Europa que se había articulado y ordenado en contra de la primera gran experiencia “universalista” que fue la Revolución francesa y, sobre todo, el intento de Imperio napoleónico.

No deja de ser curioso que fuera en esta Europa que se repliega sobre sí misma y que, de alguna manera, quiere volver a las ordenaciones territoriales y políticas anteriores a Napoleón y a la Revolución, en la que arraigó el espíritu de una Gran República de las Letras y de la Cultura con mayúsculas.

Tal como reconoce el propio Orlando Figes, fue el tipo de nacionalismo que se desarrolló a partir de 1870 el que acabó mostrándose como el enemigo imbatible del cosmopolitismo de la primera mitad del siglo.

Sin embargo, en la primera mitad de la centuria existía también un principio nacionalista, un principio inherente a las revoluciones liberales de los años 20, 30, y 40, que, no obstante, todavía no se había desprendido de las características utópicas y libertarias del primer liberalismo y que, por tanto, no mostraba de manera tan sangrante aquellos principios excluyentes y antropológicos del nacionalismo tardío del último tercio del siglo.

Fue, por tanto, una Europa que posibilitó, de manera más o menos armónica, la convivencia de principios cada vez más universales y cosmopolitas con aquellos otros derivados de un necesario nacionalismo como marco de desarrollo del primer capitalismo y con características poco excluyentes.

Es la Europa burguesa, pero de una burguesía que, aunque dominante económica y culturalmente, no consigue, sin embargo, controlar los todavía escasos espacios de poder representativo y de las instituciones.

Fue una burguesía que en muchos aspectos se confunde con aquella aristocracia y nobleza que ha conseguido sobrevivir al vendaval revolucionario.

Y fue una aristocracia que, también en muchos aspectos, se confunde con una burguesía a la que mira con envidia pero con recelo al mismo tiempo.

Es un mundo deslumbrante. Pero, aunque lo sea, hay que advertir que ese no es aún nuestro mundo, por mucho que podamos reconocernos ya en tantos aspectos y por mucho que nos muestre y nos presente una y otra vez un cosmopolitismo que en estos momentos reivindicamos y anhelamos.

Es el mundo en que se manifiestan de manera decidida alguno de los aspectos más llamativos de la primera revolución industrial, pero que es una Europa todavía eminentemente agraria.

Es el mundo en que los valores que empiezan a dominar son los de una burguesía que hace ostentación de los mismos en espacios y escenarios públicos, pero es una Europa en que la visibilidad es todavía la de las grandes formas nobles y aristocráticas y las de las monarquías poderosas de la Europa central y oriental.

Es el mundo que ha hecho muchas revoluciones, pero que es regido por escasos principios de la política representativa y, desde luego, que desconoce la democracia.

Es el mundo en que el capitalismo y la agricultura comercial, y la pequeña o mediana propiedad parece consolidar a un campesinado libre, pero es una Europa en la que masas enormes de campesinos soportan y sufren todavía una servidumbre sólo empezada a mitigar a partir de los años 60 del siglo.

Es un siglo de emergencia de una nueva clase social, los obreros de fábrica, el proletariado, pero es una Europa carente todavía de organizaciones específicas de clases y de instrumentos privativos de lucha obrera.

Todos éstos y otros muchos elementos se precipitarán, efectivamente, a partir de 1870.

Los años que transcurren entre 1890 y 1914, el inicio de la Primera Guerra Mundial, son los años de vértigo, los de un crecimiento vertiginoso, los de una aceleración del capitalismo industrial sin precedentes, los del dominio de los “capitanes de la industria”, los de la desaparición de la vieja aristocracia, los de la aparición de los nuevos movimientos de masas, los del experimento de esa simbiosis aparentemente imposible entre liberalismo y democracia, los de la acumulación de una serie de inventos vertiginosos y revolucionarios, los de una consolidación extraordinaria de un Estado que inicia un despliegue amplísimo de sus instrumentos de dominación entre los que deberemos anotar la creación de los Ejércitos nacionales y de una carrera armamentística que notará un impulso notable de la mano de un colonialismo realmente agresivo… ese empieza ya ser nuestro mundo.

Seguramente un mundo en el que, como apunta Figes, ese espíritu cosmopolita empieza a desaparecer de la mano de los nacionalismo excluyentes.

Los europeos es una excelente y trepidante obra de historia cultural. Figes sabe articular perfectamente los procesos estructurales y generales con aquellos más concretos, anecdóticos o individuales.

De hecho, la narración se articula en torno a la vida y vicisitudes de un peculiar y maravilloso trío formado por la cantante de ópera Pauline Viardot (hija del pionero músico español Manuel García y hermana de la famosa María Malibrán), su esposo, el activista cultural Louis Viardot y el escritor ruso Ivan Turguénev.

A ellos tres se sumará el ferrocarril como auténtico motor y factor de una red territorial, económica y cultural sobre la que empezarán a circular personas, mercancías, ideas y obras de arte. La cultura, en suma.

Asistimos a través de sus páginas al origen y desarrollo de unas elites burguesas cuyas nuevas formas de sociabilidad llenarán Europa de teatros, paseos, editoriales, espacios de música, lugares de recreo, balnearios…

El artista y su obra se insertarán cada vez más en los mecanismos de un mercado capitalista cuyas reglas empiezan a dominarlo todo: también el gusto y el consumo; también las obras de arte.

¿Cultura de masas?

En absoluto. Como he dicho, no es todavía nuestro mundo aquel que describe Figes, aunque sí el de sus orígenes múltiples y sinuosos, surgidos desde la universalidad de los grandes procesos revolucionarios de finales del siglo XVIII y primera mitad del XIX.

Desde ellos se irá asentando de manera dialéctica y contradictoria el desarrollo de la individualidad y la articulación cada vez más sólida de un cosmopolitismo supranacional. La mercancía, ese nuevo dios tan admirablemente analizado y descrito por Karl Marx, se enseñoreará no sólo de la producción material, sino también de la espiritual, del mundo de las ideas y de sus productos.

Nuevas elites enriquecidas se apuntarán al consumo del arte y, con él, al de unas formas de relación y de sociabilidad dulces, suaves y exquisitas.

A fin de cuentas, como ya apuntara el sabio Montesquieu, el comercio suaviza las costumbres, propende a la civilización y a su desarrollo. Y toda sociabilidad es, a fin de cuentas, un intercambio.

​​​​​Carmen García Monerris

València, septiembre de 2020

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