A propósito de un ilustrado y de mi vida

El 27 de julio de este año, exactamente ese día, salió publicado en una colección del Centro de Estudios Políticos y Constitucionales (CEPyC) mi último libro titulado Mérito, virtud y ciudadanía. José Canga Argüelles (1771-1842).

La colección la dirige el catedrático de Historia Moderna, Ricardo García Cárcel, y fue una gran satisfacción para mí saber que el libro fuese aceptado para su publicación en una editorial de tanta solvencia.

Hacía años, yo había publicado, en una colección de clásicos del pensamiento político y constitucional de esta misma editorial, una de las obras más importantes de este ilustrado asturiano, Reflexiones sociales…

Después, creo que fue en 2005, Publicacions de la Universitat de València (PUV) editó mi obra La Corona contra la Historia.

En dicha obra me hacía cargo de los años pasados por José Canga Argüelles en Valencia, como contador de Ejército y encargado, por tanto, del Real Patrimonio, institución que sometió a una profunda reforma entre 1804 y 1805.

¿Por qué cuento todo esto?

Cuando salió a la luz Mérito, virtud y ciudadanía yo llevaba ya dos años jubilada. El libro lo había empezado en realidad en 1982 o1983 ( sí, han leído bien) y acabé mi carrera profesional sin que el mismo estuviera concluido.

Abandoné mis tareas en la Universitat de València con la desagradable sensación de haber pegado un portazo sin echar la llave.

Mi curriculum era aceptable, incluso notable (según los insignes evaluadores y medidores de nuestro trabajo), pero a mí lo que me importaba era saber si iba a cerrar aquello que empecé antes incluso de doctorarme o, por el contrario, iba a pasarme el resto de mi vida columpiándome en la nostalgia de lo que pudo ser y no fué.

¿Por qué tanta “historia” y tantos años con un proyecto de libro en permanente construcción?

Pues no lo sé. Yo siempre he trabajado a mi ritmo, más bien sosegado. Incluso en trabajos a cuatro manos y dos cabezas, con mi hermana Encarna, casi siempre hemos actuado como el panadero que amasaba y cocía su pan sin preocuparse por quién se lo comería. Una actitud, es verdad, poco acorde con los vientos y los frenesíes académicos actuales, pero que a nosotras nos proporcionó siempre esa agradable sensación de encontrarnos satisfechas con nuestro trabajo.

Es verdad también que mi vida se ha visto muchas veces interrumpida o, más bien, sacudida por acontecimientos no muy gratos. Pero eso no me ha impedido, en líneas generales, continuar con mi ritmo, seguir dando clases y seguir escribiendo y publicando. a

Sin embargo, el libro sobre Canga Argüelles ahí continuaba, como si tuviera miedo de concluirlo, o hubiera decidido, sin saber exactamente porqué, que iba a acompañarme en sus infinitas posibilidades de obra en permanente construcción y nunca concluida. Sólo lo inacabado o no realizado contiene en sí mismo toda la riqueza de múltiples mundos posibles.

Imaginarse la reconstrucción biográfica de cualquier personaje puede resultar paralizante por el fantasma de la totalidad: abarcarlo todo, contarlo todo, escrutar todos los rincones, iluminar los ángulos ocultos… A pesar de que los historiadores sabemos que nunca lo contaremos todo y que nunca lo sabremos todo, el hecho de tener que recorrer la vida y la trayectoria de un sujeto, sin embargo, aumenta esa tentación y la convierte en angustiosa.

Luego resulta que puedes contar lo que puedes contar, dentro de los parámetros de la coherencia y de la honestidad de la profesión. Resulta también, como ocurre tantas veces, que tienes que limitarte a la vida profesional y/o intelectual del individuo, porque las fuentes y los datos sobre su vida privada son escasísimos.

Pero, a fin de cuentas, concluyes, es un personaje público y eso es lo que interesa. Y te encuentras con que, como personaje público, el individuo en cuestión fue muy activo. No sólo hizo muchas cosas, sino que escribía mucho. Y reescribía. Y cada vez que escribía y reescribía se reconstruía a sí mismo… Un no acabar.

Todo un tipo, llegué a pensar. Ilustrado, racionalista, trabajador infatigable, polemista incisivo, rigorista moral, buen conocedor de la naciente Economía Política, apurador de las posibilidades reformistas del absolutismo, liberal luego, y constructor teórico y práctico del armazón del nuevo Estado en la administración de la Hacienda liberal, que convirtió en el puente desde el que conectar la naciente ciudadanía con el nuevo Leviathán.

José Canga Argüelles (1771-1842)

Luego, en dos ocasiones, el inefable Fernando VII le hizo pagar su liberalismo y su defensa de la Constitución de 1812. La primera vez lo encarceló en Peñíscola, a donde pudo ir con su orgullo de servidor de la monarquía destrozado, pero con sus papeles a cuestas, entre otros, el borrador del que luego sería su famoso Diccionario de Hacienda. La segunda, tuvo que huir con lo puesto, como muchos liberales, y cambiar su condición de diputado de las Cortes del Trienio por las de exiliado en Inglaterra. Sólo pudo volver a España cuando el rey felón estaba a punto de abandonar este mundo.

Ya no volvió a ser el mismo. Y no porque regresase con la fama de “renegado”, que había hecho lo posible (hasta casi la indignidad) por reconciliarse con el rey, sino porque, cumplido ya su gran anhelo de ver publicadas sus más importantes obras, se recluyó en un segundo discreto plano. Los furores de la Nación empezaban a ser sustituidos por el pragmatismo de un Estado y de una Administración que requería de frecuentes informes y análisis de hombres con la experiencia y el conocimiento de Canga.

¿Es posible quedar subyugado por el personaje que se está estudiando? Es posible. Su trayectoria, más que apasionante era ejemplar, en el sentido más literal de la palabra, tanto del grupo social y profesional al que perteneció (hidalgo de ascendencia humilde, con el único patrimonio de su virtud , de sus méritos y de sus conocimientos), como del momento histórico que vivió (crisis de la monarquía hispánica, invasión napoleónica, impulso a la cultura constitucional y promulgación de la Constitución de 1812, revolución liberal y construcción de la nueva sociedad en el marco de los derechos de libertad y propiedad).

Yo iba poco a poco, meditando muy bien cada paso que daba el biografiado, como si de uno mío se tratase. Siempre había algo que me sorprendía, que me costaba asimilar o comprender o que, simplemente me indignaba. ¿Buscaba acaso en sus acciones una coherencia sólo imaginable desde el devenir natural del tiempo biológico?

Al final, gracias a que fui dosificando la investigación y la redacción por etapas muy marcadas y sucesivas, pude llegar a aceptar las múltiples fracturas de que en realidad se componía la unidad José Canga Argüelles. Eran también las fracturas del tiempo histórico, la capacidad de nombrar lo nuevo para crearlo, las herencias de un lenguaje que se resiste a desaparecer, la necesidad de cerrar los convulsos años de la revolución y del absolutismo o el esfuerzo desesperado por no romper su condición de hijo de 1812, de hijo de la Revolución.

Curiosamente, cada vez que reemprendía el trabajo, el libro que acudía a mi mente era el de Las pequeñas virtudes, de Natalia Ginzburg, como si en él quisiera significar esa extraña simbiosis entre mí realidad y mí yo y la historia que estaba construyendo. ¿Éramos pequeños, en el sentido inglés de pueblo menudo? ¿Eramos virtuosos y conscientes de nuestros méritos como único patrimonio? ¿Había que enorgullecerse del valor del trabajo y del equilibrio de una medianía tan pequeño burguesa? ¿O, por el contrario, nos desgarraba tanto rigor mal entendido?

El día en que por fin analicé la testamentaría de Canga Argüelles, respiré satisfecha al descubrir que moría casi tan pobre como había vivido.

No he aprendido más sobre Canga Argüelles por haber estado tanto tiempo con él. Pero sí que he aprendido muchas cosas de mí misma. Al final, no sé si yo he hecho el libro o el libro me ha hecho a mí.

Sí que puedo decirles que el día que salió publicado fue el primero efectivo de mi jubilación.

Carmen García Monerris

Valencia, septiembre de 2021

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